36 Las Hargrave
Las Hargrave
Nina llenó la cafetera de agua, colocó un filtro y añadió varias cucharadas del café molido que guardaba en el frigorífico. Pulsó el botón, la luz roja de encendido se iluminó y el café oscuro y cargado comenzó a gotear en la jarra.
Se metió las manos en los bolsillos de la sudadera gigante con forro de borreguito que usaba para estar en casa. Normalmente utilizaba una bata gruesa de invierno, pero con Max dormido en el sofá del salón, un poco de decoro no venía mal.
Aunque no estaba segura de si podía llamar “decoro” a una sudadera gigante morada con estampado de piñas (comprada de oferta) que le llegaba hasta las rodillas, unos leggins polares y unas zapatillas de casa mullidas con pelo por dentro.
Todavía no había amanecido, y el cristal de la ventana de la cocina le devolvió su propio reflejo mientras esperaba a que se hiciera el café.
Había cerrado la puerta que conectaba la cocina con el salón para evitar que el ruido de la cafetera y la luz de la cocina despertaran a Max.
No había podido ofrecerle más que el sofá para pasar la noche.
Entre la habitación de su abuela, que todavía no había sido capaz de vaciar, y la pequeña, que estaba llena de trastos y donde no había cama, el único sitio disponible era el sofá.
Miró los números verdes del reloj del microondas: las seis y diecisiete de la mañana.
Se frotó la cara con las manos. A pesar del cansancio del día anterior había dormido fatal. Cada vez que cerraba los ojos la asaltaban imágenes de la oficina destruida, la ventana rota, el ladrillo, la nota.
Gigi Hargrave, muerta sobre el suelo blanco y negro de su recibidor, los ojos abiertos.
Daba igual las vueltas que le diese, nada tenía sentido. Pensaba que la destrucción de la oficina había sido un simple robo, pero después del ladrillo, ya no estaba segura de nada.
¿Quién sabía que estaban trabajando para Georgina Hargrave? Se imaginaba que todos o casi todos sus amigos; no creía que Gigi hubiese sido discreta. Pero llevaban menos de un día trabajando para ella cuando murió. Solo se habían dejado ver en el club la noche anterior a su muerte.
No habían avanzado absolutamente nada en el tema de las amenazas. No les había dado tiempo.
¿A menos que la persona que les había tirado el ladrillo por la ventana no lo supiera?
Max le había dicho que, de todos los trozos de papel que había recuperado del suelo, ninguno correspondía a las cartas amenazantes. Con las letras recortadas y pegadas, eran bastante fáciles de identificar.
La cafetera emitió un pitido. Nina cogió una de las tazas de los armarios con puerta de cristal y la llenó hasta arriba de café.
Prefería empezar el día con café; ya tendría tiempo de pasarse al té.
Algo le decía que el día que tenía por delante iba a ser bastante largo.
Llevó la taza a la mesa de la cocina y se sentó, bebiendo el café a sorbos pequeños para no quemarse.
La muerte de su clienta y la destrucción de su oficina la habían dejado fuera de combate. De hecho, solo hacía falta lo primero: sin nadie que les pagara, seguir con la investigación era inútil.
Al menos habían recibido las dos mil libras iniciales. Algo era algo.
Pero eso era una de las cosas que le molestaba, una de sus piedras en el zapato: habían cobrado las dos mil libras.
Descontando los gastos de taxis y la noche en el club, todavía le debía a su clienta unas cuantas horas de trabajo.
¿Era ético y moral quedarse con su dinero si no había investigado las horas que tenía que investigar?
Aunque no era como si hubiese nadie a quien pudiera devolvérselo...
y además, el caso les había generado pérdidas: las horas que habían pasado en la comisaría, la ventana.
Además, si hubieran estado en la oficina, en lugar de perdiendo el tiempo en comisaría, no habrían podido entrar y destrozársela.
Vale, el seguro se haría cargo de todo —o eso esperaba—, pero le iban a subir la cuota, y además, hasta que la oficina volviera a estar en condiciones, no podían trabajar. Al menos no recibir clientes. ¿Y de dónde iban a sacar ahora más clientes? Les había costado casi un mes conseguir el primero.
Cogió su bolso y sacó el portátil, su cuaderno de tapas negras y un bolígrafo. Era lo único que había sobrevivido a la destrucción de la oficina, y solo porque el portátil era tan ligero que casi siempre lo llevaba encima.
Era cierto que no sabía nada sobre ser detective privado, y un curso online no iba a solucionar eso, tampoco un libro para idiotas, pero algo podía hacer.
Para empezar, decidió reunir toda la información posible sobre Georgina Hargrave.
Lo poco que sabía de su clienta era lo que ella misma le había contado y lo que habían descubierto después de mirar su Instagram. Prácticamente casi nada.
Abrió el portátil, tomó un sorbo de café y empezó con ello.
* * *
Iba por su tercera taza de café cuando, una hora después, Max asomó por la puerta de la cocina. Tenía el pelo levantado en picos, una marca vertical en la cara de la almohada y su gato en brazos.
Gatson saltó al suelo y empezó a demandar su desayuno a maullido limpio.
—¿Café? —preguntó Nina, y se levantó de la silla. Aprovechó para estirar el cuello y los brazos.
—Por favor —dijo Max, con voz de dormido, y se sentó a la mesa.
Nina preparó una taza de café hasta arriba como Max lo tomaba —mucha leche y mucha azúcar—, y se la puso delante.
Café era lo único que podía ofrecerle, porque no tenía nada para desayunar. Tenía el frigorífico vacío. Había tenido suerte de tener leche.
Le puso el desayuno a Gatson para que dejara de quejarse. Luego volvió a sentarse para terminar su tercera taza de café y le contó a Max todo lo que había averiguado sobre su difunta clienta en la última hora.
Y no era poco.
Tommy y Amelia Hargrave, los padres de Gigi y Elektra, habían muerto veinte años antes, cuando las gemelas tenían nueve años.
La madre había sido una socialité y modelo de relativa fama dentro del país, no tanto fuera: había intentado, sin mucho éxito, formar parte del grupo de top models de los noventa.
No se le conocía otro oficio aparte del de modelo ocasional, pero tampoco le hacía mucha falta: su familia tenía dinero suficiente para permitirse tener un trabajo-hobby.
El padre, Tommy Hargrave, había sido piloto de carreras —mediocre— y, al parecer, le gustaba creer que estaba en un circuito también en su vida diaria. Había estampado su Ferrari al doble de la velocidad permitida en una carretera rural cerca de Niza, en Francia, cargándose a su mujer de paso.
Tampoco ayudó el nivel de alcohol en sangre que tenía en el momento del accidente. De ambos padres, si los rumores eran ciertos.
Las niñas, Elektra y Georgina, quedaron bajo la tutela de su tía, una hermana de su madre que vivía en York, aunque continuaron su educación en el internado donde habían ingresado a los seis años.
Apenas existían fotos de las niñas hasta que cumplieron los dieciocho, momento en que tomaron posesión de su fortuna y entraron en los círculos sociales londinenses.
Georgina, o Gigi, como se había rebautizado a sí misma, se convirtió en una habitual de los tabloides y las redes sociales: fiestas salvajes hasta altas horas con sus novios estrellas del pop/raperos/disc-jockeys/sin oficio conocido, y diversos escándalos.
Había pasado un año estudiando moda, luego arte, luego cine...
saltó de carrera en carrera y fue expulsada de varias universidades —por no aparecer y por copiar—, hasta que se cansó de fingir que necesitaba una educación superior.
Al fin y al cabo, con todo el dinero que había heredado, no le hacía falta trabajar para vivir.
El resto de su vida podía seguirse perfectamente, en orden cronológico, en páginas de cotilleos y periódicos sensacionalistas: fotografías con sus últimas parejas, su meteórica carrera como influencer, colaboraciones publicitarias, etc.
Su hermana Elektra, sin embargo, sí había hecho algo con su vida: estudió Derecho en Oxford y parecía haberse dedicado a gastar su dinero y a vivir de manera más discreta.
De hecho, apenas había información disponible sobre ella, salvo algún artículo suelto a lo largo de los años.
Un artículo en particular le llamó la atención, por lo absurdo: se titulaba “La escandalosa vida de Elektra Hargrave en Oxford” y estaba ilustrado con fotografías que alguien de su círculo había vendido al tabloide.
En ellas, Elektra (o “la gemela normal”, como la llamaban) aparecía ligeramente despeinada, con un botellín de cerveza en la mano y las pupilas rojas por el flash.
Luego, al leer el cuerpo del artículo para enterarse de lo escandaloso de su vida universitaria, vio que citaban fuentes (imaginó que la misma “amiga” que había vendido las fotos) diciendo que la menor (por dos minutos) de las gemelas Hargrave se pasaba la vida en la biblioteca y “era un muermo”.
Nina no tenía ni idea de qué estaba haciendo Elektra en la actualidad, si trabajaba o dónde; no había encontrado ninguna información al respecto.
La verdad, no creía que un trabajo de nueve a cinco y “relajarse en un spa en el Lago de Como”, como les había dicho Gigi cuando estuvo en su oficina, fuesen compatibles.
Aunque qué sabía ella. Quizás se había cogido días de vacaciones, como los simples mortales.
Cuando terminó de relatar la vida y milagros de la familia Hargrave Max la miró con curiosidad.
—¿Cómo sabes todo eso?
Nina suspiró, cansada, y tomó un sorbo de su taza de café.
—Pregúntame cuánto he dormido.
Max removió su café, la cucharilla chocando contra la loza de la taza. Gatson levantó la cabeza de su cuenco de desayuno, molesto por el ruido.
—¿Sabes algo del tipo con el que estaba en el club, el de la bebida?
Nina buscó las notas que había apuntado en su cuaderno.
—Charles Fitzberger III, treinta y nueve años, trabaja en la empresa familiar, un fondo de inversión en la city.
Se le ha relacionado con Gigi los últimos meses; de hecho, hay una burrada de fotos de ellos juntos entrando y saliendo de restaurantes, pero no se sabe cuánto tiempo llevaban saliendo, si es que estaban saliendo, o si era serio o no.
Eso sí, si te fías de la información de los tabloides, estaban a un paso del altar.
Sinceramente, no creo que sea verdad. El tipo es un poco playboy.
Le habían fotografiado con tantas mujeres en los últimos años que Nina había perdido la cuenta. Tenía un par de compromisos rotos a sus espaldas, por infidelidades suyas, si había que creer a los tabloides.
—Una pregunta —dijo Max—, ¿para qué quieres toda esa información? ¿Vas a seguir con el caso?
Era la única explicación a haberse pasado una hora recopilando todo aquello, pero aun así Nina encogió un hombro.
—Todavía no he tomado ninguna decisión.
El dinero que su clienta les había pagado seguía molestándole, pero con todo el desastre de la oficina tampoco le sobraba tiempo. Al menos no ese día. Tenía una lista de cosas por hacer más larga que su brazo.
Y lo primero de la lista era ir en busca de un desayuno decente.