Muerte de una influencer (Baker Street 1) 35 Gatson
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35 Gatson

Gatson

El tren dio un tumbo y Max abrió un ojo.

—¿Hemos llegado ya?

Estaba medio derrumbado en el asiento frente a ella, con la cabeza apoyada contra la ventanilla y su abrigo haciendo de improvisada almohada.

Llevaba desde que salieron de Londres con los ojos cerrados, dormitando. Las cajas de pizza descansaban en la mesa entre los asientos, ligeramente húmedas de lluvia.

Nina levantó la vista hacia el letrero luminoso, donde las letras naranjas se deslizaban de derecha a izquierda con la información del tren. Solo les quedaban dos paradas.

—Diez minutos —dijo.

Llevaban cuarenta y cinco de viaje.

—No sé cómo puedes hacer este viaje todos los días —dijo Max, arrastrando un poco las palabras mientras se enderezaba en su asiento.

—Todo es acostumbrarse.

Aunque ella todavía no lo había hecho, y no sabía si lo conseguiría alguna vez. Dos horas al día perdidas en viajes. Sabía que miles de personas hacían el trayecto hasta Londres todos los días sin inmutarse, incluso desde ciudades más lejanas, pero a ella se le hacía eterno.

Era una de las cosas que echaba de menos de Londres. No su micropiso, no su trabajo, no el ruido ni la suciedad, pero sí lo cerca que estaba de todo.

El viaje en tren normalmente tampoco se le hacía tan pesado, pero a esas horas y después de aquel día y sus desastres, ella también estaba empezando a desesperarse.

Después del episodio con el ladrillo, Max había bajado a una de las tiendas cercanas para que le prestaran unos cartones, y taparon la ventana como pudieron.

Si llovía mucho o hacía viento no iba a aguantar, pero algo era algo.

Los altavoces anunciaron por fin la próxima estación, que era la suya.

Max pareció revivir y se puso el abrigo.

—¿Está muy lejos tu casa?

—Diez minutos andando.

En realidad se acercaban más a quince, y eso a paso ligero, pero no quería desanimarle.

Podría ser peor, pensó, saliendo del tren. Por lo menos había dejado de llover.

* * *

Abrió la puerta trasera de la casa con la llave —por fin, una puerta que se encontraban cerrada, empezaba a creer que tenían una maldición encima— y le hizo un gesto a Max para que pasara.

Cuando cerró la puerta tras ella, estuvo a punto de agacharse y besar el suelo de la cocina.

Nunca se había alegrado tanto de llegar a casa.

—Quédate aquí, voy a hacer un reconocimiento —dijo Max.

—¿Un qué? —preguntó Nina, mientras dejaba las pizzas frías sobre la mesa de la cocina.

—Comprobar que no haya gente oculta por las esquinas.

Desapareció en dirección al salón antes de que pudiese preguntarle cómo iba a hacer un reconocimiento si no conocía la casa. El propio término en sí era una contradicción.

Se quitó la bufanda, los guantes, el abrigo y las botas, y lo dejó todo en el pequeño recodo junto a la puerta, donde tenía un perchero y un banco de madera para quitarse el calzado lleno de barro.

Había llegado a un punto en que le daba igual todo. Solo quería comerse su pizza recalentada (había recuperado el hambre y de repente le parecía un manjar), hacerse un té y terminar con aquel día de una vez.

A poder ser, durmiendo de un tirón, ocho horas, en su cama. Le dolían todos los huesos de la noche pasada en el sofá de la oficina.

Max reapareció treinta segundos después con un gato en brazos. Era gris y blanco, con los ojos azules y un collar también azul.

—Tienes un gato.

Nina no dijo nada. Era obvio, lo tenía entre los brazos.

—No me habías dicho que tenías un gato.

—Solo nos conocemos desde hace tres semanas. No lo sabes todo de mí.

El gato había aparecido por sorpresa, poco después de mudarse, en el jardín trasero, rascando la puerta de la cocina.

Empezó a darle de comer en la semana que siguió a su mudanza.

No tenía collar, no tenía chip, no parecía ser de nadie, así que lo llevó al veterinario y lo adoptó.

Eso sí, seguía haciendo lo que quería. Había una gatera en la puerta de la cocina, estaba allí desde el anterior gato de su abuela, que había muerto al menos diez años antes.

La habían tapado con una madera, pero quitó los clavos y volvió a estar operativa.

Era un gato bastante independiente. Iba y venía cuando quería. Había comprado un dispensador que soltaba comida cada cierto tiempo, y también agua, para que sobreviviese mientras ella pasaba el día en Londres.

—¿Cómo se llama? —preguntó Max, mientras le rascaba la barriga.

Nina carraspeó y dijo el nombre en un murmullo casi inaudible.

—¿Qué?

En fin, de perdidos al río.

—Gatson —respondió, ya a un volumen normal.

Max levantó la mirada.

—¿Vives en una casa que se llama Holmes House, eres detective privado y tienes un gato que se llama Gatson? —Movió la cabeza de un lado a otro, mientras sonreía de oreja a oreja—. Es... brillante.

Tenía que reconocer que sí: aunque dicho en voz alta sonara un poco ridículo, el nombre se le había ocurrido en un momento de brillantez. Estaba bastante orgullosa. No en ese preciso instante, pero en general.

—¿Y Gatson se pasa todo el día aquí solo?

—Los gatos no son perros —dijo, un poco a la defensiva—. Tiene comida, agua; tiene su caja de arena.

Gatson no solía ser muy sociable, pero en ese momento, con los ojos cerrados y la barriga siendo rascada, estaba en la gloria. Dijo miau.

Nina decidió encender el horno para recalentar las pizzas. Era un poco menos patético que el microondas. No mucho, pero algo.

La cocina era grande, la estancia más grande de toda la casa; era donde se hacía la vida no solo en tiempos de su bisabuela, sino también de su abuela.

Todavía no podía sentarse a la larga mesa de madera oscura sin sentir una punzada de nostalgia.

Recordaba las tardes de su infancia haciendo galletas o los días de invierno en que llegaba del colegio, empapada y helada, y su abuela le preparaba un chocolate caliente.

Se lo bebía en aquella misma mesa, envuelta en una manta, al calor de la chimenea.

Quizás, vista desde fuera, la cocina necesitara una renovación, pero para ella, todo era perfecto: los armarios de madera verde, los mostradores de granito gris oscuro, la enorme mesa rectangular de madera barnizada donde hacía los deberes de pequeña mientras su abuela preparaba la cena, con sus sillas y sus cojines verdes en el asiento.

Los tarros de especias seguían en el mismo lugar bajo la ventana, la pizarra colgada de la pared que la abuela Lu utilizaba para apuntar la lista de la compra, el tarro con las bolsitas de té en forma de cabeza de vaca sobre la encimera.

La luz amarilla cálida de la lámpara del techo —nada de fluorescentes— hacía la estancia todavía más acogedora, si era posible.

Ahora la cocina estaba infrautilizada. Lo único que usaba era el microondas para calentarse cualquier cosa por la noche. Y ya no tenía voces, ni vida.

De repente, se sintió extraña, fuera de lugar, como una intrusa, comiendo pizza recalentada en la mesa enorme, con Max enfrente y Gatson cenando en su cuenco en un rincón.

Max miró a su alrededor mientras masticaba, pensativo, fijándose en las alegres cortinas de cuadros amarillos y blancos, los armarios altos con puertas de cristal que dejaban ver platos de colores y tazas desparejadas, de diferentes tamaños y formas, con mensajes absurdos, recuerdos de vacaciones, que se habían ido acumulando con el paso de los años.

—Me gusta tu cocina.

Su cocina. Algún día tendría que acostumbrarse.

—A mi abuela le gustaba cocinar.

Max sabía que había heredado la casa, habían hablado de ello en los tiempos muertos en la oficina.

Nina no era muy dada a explicar su vida, pero la conversación había surgido con la sola mención de su casa en Tunbridge Wells. ¿Cómo podría permitirse una casa así de otra manera?

El móvil de Max vibró encima de la mesa.

Ya lo había hecho antes, al menos media docena de veces, mientras calentaban las pizzas y cuando habían empezado a comerlas.

Max hizo lo mismo que las veces anteriores: lo cogió, deslizó el dedo por la pantalla y la vibración paró.

Lo volvió a dejar encima de la mesa, boca abajo.

Nina no le preguntó quién le estaba llamando de forma tan insistente, y él tampoco ofreció la información de forma voluntaria.

Siguieron comiendo en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos.

* * *

Después de la pizza y de recoger la mesa, Max encendió el fuego del salón y Nina preparó dos tazas de té caliente hasta arriba. Descafeinado, por supuesto: aparte de la hora, no necesitaban más emociones fuertes ese día.

Nina se desplomó en una de las butacas del salón. Rodeó la taza con las manos para calentárselas.

No tenía muy claro cómo había acabado Max allí. La había pillado en un momento débil, después de lo de la ventana, pero la verdad, no creía que corriese ningún tipo de peligro. De momento no podía explicar lo del ladrillo, pero no creía que el asunto mereciese un guardaespaldas.

Ya no tenía remedio, de todas formas. Max observaba las fotografías de encima de la chimenea, con su taza de té en la mano.

Fue desplazándose por todas ellas, desde la más nueva —la de la boda de sus abuelos— hasta la más antigua.

Cuando llegó a la de Rose Holmes y su hija, cogió la fotografía para observarla mejor.

—¿La Holmes original? —preguntó.

Nina se atragantó con el sorbo de té que acababa de tomar.

—¿Perdón? —preguntó, con un hilo de voz, cuando se le pasó la tos y pudo volver a hablar.

Max señaló el resto del salón con la foto en la mano.

—¿Esta casa? ¿Holmes House? Le pondrían el nombre por alguien, ¿no?

El aire volvió a llegar a sus pulmones. A veces se le olvidaba que Holmes era un apellido común.

—Sí —dijo simplemente, sin profundizar más.

Max siguió observando el salón a su alrededor mientras bebía su taza de té. Su vista se posó en las cajas de cartón apiladas junto a la puerta.

—¿Te estás mudando?

Nina se rascó la nariz. Más de tres meses, era el tiempo que llevaban aquellas cajas allí apiladas. Pero eso Max no tenía por qué saberlo.

Normalmente solía ignorar la pila de cajas, que seguían exactamente en el mismo sitio donde los tipos de la mudanza las habían dejado. Era fácil, teniendo en cuenta que casi siempre entraba por la puerta de atrás, la de la cocina.

Se vio obligada a mirarlas. Allí seguían, juzgándola.

—Todavía no he tenido tiempo de desempaquetar.

Ni tiempo, ni ganas. Tampoco quería hablar de ello. Ni pensar en ello.

Las cosas en las que no quería pensar empezaban a ocupar un espacio parecido al universo.

Max dejó la foto en su sitio y se sentó en el sofá. El gato saltó a su regazo.

—¿Vas a secuestrar a mi gato? —preguntó Nina con el ceño fruncido, mientras Gatson ronroneaba encima de los abdominales de Max, que le acariciaba con la mano.

Le iba a dejar el jersey perdido de pelos.

—No es secuestro si viene conmigo voluntariamente. ¿Verdad, Gatson?

Max y Gatson se miraron y le dio la sensación de que había perdido a su gato.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Max, tomando un sorbo de su taza de té, sin dejar de acariciar a Gatson.

—¿Qué voy a hacer? —Nina repitió la pregunta. No sabía a qué se refería. Estaba medio dormida.

—Me refiero a en la vida. Con la oficina. Con todo en general.

Se quedó unos segundos mirando al infinito.

—De momento, llamar al seguro, y a la policía para contarle lo del ladrillo...

No había pensando más allá de eso. Necesitaba dormir primero.

Max se quitó los zapatos y se estiró en el sofá, los pies con calcetines de rayas de colores sobresaliendo ligeramente por el reposabrazos.

—Lo mejor es esperar a mañana. Es demasiado tarde para pensar.

En eso estaba de acuerdo, pero era él quien había preguntado.

Rescató a Gatson del regazo de Max y lo transfirió al suyo. Después del día que había tenido, necesitaba un poco de calor gatuno.

—Lo que no entiendo —dijo Nina, pensando en voz alta—, aparte de por qué nos han destruido la oficina, es a qué viene lo del ladrillo por la ventana, y la nota...

Dejad el caso o habrá más represalias.

¿Cuál era la represalia? ¿El destrozo de la oficina, la ventana rota, o ambas cosas?

Max bostezó.

—¿A lo mejor hay algo que alguien no quiere que descubramos?

Se quedaron en silencio, ella acariciando el gato, él mirando al techo. Al cabo de un par de minutos se dio cuenta de que Max tenía los ojos cerrados.

—¿Estás dormido?

—No —dijo, arrastrando la voz, sin abrir los ojos.

Soltó a Gatson, que fue inmediatamente a acomodarse en el sofá, junto a Max —traidor— y se levantó a por una almohada y un par de mantas.

Max tenía razón. Era demasiado tarde para pensar. Era demasiado tarde para cualquier cosa que no fuese dormir.