Muerte de una influencer (Baker Street 1) 34 Un ladrillo y una nota
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34 Un ladrillo y una nota

Un ladrillo y una nota

El inspector de policía Nigel Grayson se paseaba por la oficina tomando notas en su libretita. Nina no lo conocía de nada, quizás estaba siendo rápida al juzgarle, pero juraría que todo aquello le estaba divirtiendo.

El otro inspector, Chambers, se acercó mascando un chicle de nicotina. Había dejado de fumar, o lo estaba intentando, les había dicho esa tarde en la comisaría para justificar el continuo —y molesto— mascar de chicle.

Los inspectores trabajaban en parejas, como en la televisión, pero Nina había observado la dinámica entre ellos y era obvio que Chambers tenía un rango superior. También era obvio que Grayson no lo llevaba bien.

—Se han ensañado bien —dijo Chambers innecesariamente al llegar a su lado, con las manos en los bolsillos de su abrigo.

No me diga, pensó Nina, pero no dijo nada. No tenía ánimo ni para ser sarcástica.

Se frotó la frente con la yema de los dedos.

Max estaba dándole a uno de los policías uniformados una lista de todo lo que les habían robado, mientras otro agente sacaba fotos.

Antes habían tomado las huellas del picaporte de la puerta, pero la verdad, Nina no tenía esperanzas.

No creía que fuesen a encontrar más huellas que las suyas propias.

No se hacía ilusiones: sabía que aquel despliegue de medios policiales era por su conexión con Georgina Hargrave. No era habitual que dos inspectores y dos oficiales se movilizasen por un vulgar robo.

Aunque para ella fuera desastroso, para la policía aquello era el pan de cada día.

Oyó la risa de Grayson, un sonido extraño, como el chirrido de una puerta a la que le falta aceite en las bisagras.

Le hizo un gesto al policía que tomaba fotos para que se acercara.

No entendía qué le estaba haciendo tanta gracia hasta que se apartaron y pudo ver un libro en el suelo, al que el oficial le estaba sacando muchas más fotos de las necesarias, mientras sonreía.

El libro era Guía completa para idiotas sobre investigación privada.

No se podía caer más bajo.

Sí, era un libro de verdad: se lo había regalado Max como broma, pero tenía que reconocer que algunos capítulos eran interesantes.

Normalmente lo tenía guardado en un cajón de su escritorio, fuera de la vista, pero ahora estaba tirado en el suelo, visible, para regocijo de Grayson y el policía que sacaba las fotos.

Era lo único que los ladrones, o el ladrón, habían dejado intacto.

Muy amable de su parte.

—¿Tiene cámaras de seguridad? —preguntó Chambers.

Había sacado de uno de los enormes bolsillos de su abrigo una libreta enana hecha polvo —la misma de aquella tarde— y un boli con el capuchón azul mordido. ¿Llevaría también una petaca, para poder soportar su día junto a Grayson?

Volvió a frotarse la frente. Estaba cansada.

Había dormido doblada sobre sí misma en el difunto sofá de su oficina.

Habían encontrado a su clienta muerta. Luego, habían pasado horas en comisaría para volver y encontrarse con que le habían destrozado el negocio.

El día y sus acontecimientos estaban empezando a pasarle factura.

—No, no tenemos cámaras de seguridad.

Pero era algo que tenía que solucionar ya, porque era la segunda vez que entraban a su oficina.

—¿Sabe cuándo han podido hacer todo esto?

—En cualquier momento desde que salimos de la oficina a mediodía para ir a casa de Georgina Hargrave, hasta hace una hora, cuando llegamos de la comisaría.

Llevaban casi todo el día fuera.

—¿Las cartas de Georgina Hargrave?

Se suponía que alguien de comisaría iba a pasarse a por ellas al día siguiente, pero ya era tarde para eso. Para eso y para muchas más cosas.

Max respondió desde el otro lado de la puerta abierta, en recepción. Había acabado de darle al poli la lista de objetos robados y ahora estaba recogiendo y analizando cada trocito de papel que había en el suelo.

—De momento, nada.

Las cartas habían desaparecido, junto con el archivador del caso, el contrato que su clienta había firmado y cualquier cosa física de importancia que guardaban en la oficina.

—¿Cree que todo esto puede tener relación con su clienta? —preguntó Chambers.

—No, no lo creo, la verdad. —Tenía pinta de ser un simple robo.

Aunque no entendía ese ensañamiento. Quizás esperaban encontrar algo más de valor, y al no hacerlo habían pagado la decepción con sus muebles.

O era el mismo tipo que había entrado días atrás, vengándose por lo del dardo—.

Además, no es la primera vez que entran a la oficina.

Le contó al inspector el ataque del tipo del dardo. Chambers tomaba notas y arrugaba cada vez más el entrecejo.

—¿Y no se le ocurrió denunciarlo?

No era que no se le hubiese ocurrido, era que había decidido no hacerlo, pero bueno. No le iba a decir al inspector la verdad, que pensaba que llamar a la policía no servía para nada.

—No le di mucha importancia.

—¿Cuándo fue eso?

Intentó hacer memoria, pero estaba tan cansada que no le funcionaba el cerebro.

—¿Hace unos días?

Max asomó la cabeza por el vano de la puerta.

—Fue ayer. Justo antes de la hora de almorzar.

—¿Ayer? —preguntó, atónita.

La cantidad de cosas que les habían pasado en menos de cuarenta y ocho horas era absurda.

—¿Y esto fue antes de que Gigi Hargrave se presentase en la oficina?

—Sí, unas horas antes.

El inspector cerró su libreta de golpe y la volvió a guardar en el bolsillo de su abrigo.

—Estupendo —masculló, alrededor del chicle de nicotina que seguía masticando.

* * *

—¿Qué has hecho con las pizzas? —preguntó Max.

Nina levantó la cabeza. Estaba sentada en una de las butacas que había enderezado. El tapizado de piel estaba rajado por todas partes, pero aún servía para sentarse. Si una no era muy exigente.

La policía se había marchado casi inmediatamente después de contarle a Chambers que era la segunda vez que entraban en su oficina.

Habían concluido en menos de dos segundos que aquello era un vulgar robo y se habían ido al instante: los inspectores, los oficiales de policía, todos.

Ella se había quedado allí sentada, la cabeza entre las manos, pensando en todo lo que le quedaba por delante.

Todo lo que tenía que hacer, reconstruir, sustituir.

Se quedó mirando a Max. ¿Qué le había preguntado? Ah, sí; las pizzas.

—Están... —iba a decir “al lado de la cafetera”, pero había desaparecido. La cafetera, el hervidor de agua para el té y todo lo que tenían en la micrococina de recepción—. Están donde estaba antes la cafetera.

La policía no le había dado muchas esperanzas de encontrar al culpable.

La oficina justo debajo de la suya estaba vacía.

En la planta baja había un despacho de abogados, pero justo ese día estaban fuera de la oficina.

Los policías habían preguntado por el resto de la calle, sin éxito.

Casi todos los negocios estaban cerrados a esas horas, y en los que estaban abiertos nadie había oído ni visto nada.

Max volvió a entrar en su despacho con las dos cajas de pizza en la mano y las colocó encima de su mesa, lo único que se había mantenido en pie.

Imaginó que era porque pesaba demasiado para volcarla.

Se habían concentrado en los cajones, que habían vaciado y sacado, y ahora estaban tirados por el suelo.

Nina se levantó con un suspiro. Miró su reloj. Las ocho de la tarde. Le dio la sensación de que era medianoche y llevaba una semana sin dormir.

Lo mejor sería que cada uno cogiera su pizza y se fuera a su casa.

Allí ya no había nada más que hacer. Además, se le había quitado el hambre otra vez al ver la oficina y, la verdad, prefería pizza recalentada en el microondas en su casa, aunque tuviera que esperar más de una hora, que pizza fría en ese momento.

Empezó a decirle eso mismo a Max, que estaba inspeccionando el contenido de su caja de pizza.

—Escucha, Max, ¿por qué no...?

Sonó un estruendo de repente, y la ventana del despacho saltó hecha añicos.

Se tiró al suelo instintivamente.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Nina, un par de segundos después, desde el suelo.

Max asomó la cabeza por encima de su escritorio, donde se había refugiado al oír el estruendo.

—Un ladrillo. —Se levantó y se acercó a la ventana rota—. Han tirado un ladrillo desde la calle.

Nina se levantó y se sacudió el pantalón.

—Ten cuidado con los cristales —dijo Max. Se agachó para coger el ladrillo.

Habían tenido suerte de no estar al lado de la ventana, o les habrían caído encima todos los cristales rotos.

El ladrillo tenía una hoja de papel pegada con celo, con unas palabras escritas. Max lo giró hacia ella para que pudiera leerlas:

—“Dejad el caso o habrá más represalias” —leyó Nina con voz monótona.

Le miró con cara de incredulidad.

—¿Es una broma? Tiene que ser una broma, ¿verdad?

Pero ninguno de los dos se reía.

Nina se quedó mirando los cristales en el suelo, la lluvia empapando la moqueta bajo la ventana.

Estaba a punto de ponerse a llorar a lágrima viva. También tenía ganas de patear cosas, pero como todos los muebles estaban ya en el suelo, no tenía mucho sentido.

Su única clienta, muerta. Su oficina, destruida. ¿Qué le quedaba?

De momento, irse a casa. Ese día ya no iba a solucionar nada más.

—Tenemos que avisar... —empezó a decir Max, pero Nina le cortó, negando vigorosamente con la cabeza.

—No voy a volver a llamar a la policía. —No quería pasar ni un minuto más allí. Estaba siendo el día más largo de su vida—. Te lo digo en serio, Max. No puedo más. Me quiero ir a mi casa.

A su casa con su pizza fría, recalentarla en el microondas y olvidarse del día que había tenido y de su nombre.

Max miraba la ventana rota pensativo, con una mano en la nuca.

—No te importa que te acompañe, ¿verdad?

—¿Adónde?

—A casa.

—¿A mi casa? ¿Hasta Tunbridge Wells? —preguntó, extrañada, no fuera que a Max se le hubiera olvidado dónde vivía y lo lejos que estaba de allí.

Max asintió.

—¿Por qué?

Si ella estaba deseando llegar a casa, imaginaba que Max también.

—Después de todo esto —señaló el desastre de alrededor—, y el ladrillo... ¿Y si nos están vigilando? Han esperado a que se fuera la policía para lanzarlo. No puedes quedarte en una casa perdida en medio del campo.

—No está en medio del campo. Es una ciudad.

Para la gente que vivía en Londres, cualquier sitio donde no llegara el metro era campo.

—Es un pueblo —insistió Max—. Imagina que alguien te sigue hasta casa.

No sabemos a qué viene todo esto, quién nos ha destrozado la oficina, no sabemos nada.

Aunque lo de Gigi fuese un accidente, imagínate que al tipo de las amenazas se le ha ido la pinza y ahora se obsesiona contigo.

O al que le clavaste el dardo. Imagínate que está pirado y quiere vengarse...

Si tienes una habitación de sobra, o un sofá, me da igual, no me cuesta nada acompañarte. Me quedaría más tranquilo.

Iba a seguir protestando, pero se dio cuenta de que Max, que era una de las personas más relajadas y calmadas que había conocido nunca y que siempre tenía un chiste en la punta de la lengua, estaba realmente preocupado.

Y si él estaba preocupado, seguramente ella también debería estarlo.

—Vale —dijo por fin, resignada—. Pero solo para que te quedes tranquilo.

La verdad, no creía que corriera ningún peligro. Pero tampoco tenía ganas de discutir a esas alturas. Ni de hablar. Solo quería llegar a casa, recalentar la pizza y que se acabara aquel día de una vez.