Muerte de una influencer (Baker Street 1) 33 La segunda puerta abierta
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33 La segunda puerta abierta

La segunda puerta abierta

Su oficina estaba en el segundo piso del edificio en Sherlock Mews, y se llegaba a ella a través de una estrecha escalera enmoquetada de gris por la que había que subir en fila de a uno.

Eso hicieron Max y ella, con una pizza familiar cada uno, dejando un rastro de aroma a comida por la escalera.

Habían cogido una pizza grande para cada uno porque les gustaban distintas, y también para tener sobras que poblarían sus respectivos frigoríficos los siguientes días.

No eran las personas más saludables del mundo. Nina recordó que necesitaba encontrar un gimnasio cerca de allí. Tanta pizza y no moverse acabarían pasándole factura.

Tenía que preguntarle a Max que, por lo que parecía, se pasaba la vida en el suyo. Siempre iba con la bolsa del gimnasio a cuestas.

Estaba casi desfallecida de hambre y por eso apenas prestó atención a la puerta de la oficina, hasta que Max la detuvo, cogiéndola del brazo.

—¿Qué? —preguntó, molesta. Tenía hambre y estaba cansada. Quería entrar a la oficina y cenar, y las distracciones no eran bienvenidas.

Siguió la dirección de la mirada de Max. La puerta estaba entornada. Y no solo eso: alrededor de la cerradura había marcas evidentes de haber sido forzada.

Era la segunda puerta abierta con la que se topaban ese día. Y detrás de la puerta número uno habían encontrado un cadáver.

Nina no quería saber qué les esperaba detrás de la puerta número dos.

Max colocó su pizza encima de la que Nina sujetaba entre las manos.

—Espera aquí —susurró.

Le miró por encima de las dos cajas de pizza.

—Solo será un momento. No sabemos si hay alguien dentro —explicó Max, todavía susurrando. Por qué susurraba, no lo sabía. Quizás para no alertar con su voz a un posible intruso.

Cuando se quiso dar cuenta estaba sola en el pasillo, con dos pizzas familiares entre los brazos. Se apartó un poco de la puerta por si alguien salía corriendo, como el día del incidente del dardo.

Sinceramente, no sabía si era la zona en general o su edificio en particular, pero la seguridad dejaba mucho que desear.

No pagaba tan poco de alquiler como para que estuvieran entrando en la oficina cada dos por tres.

Max reapareció quince segundos después. Se le había ido el color de la cara y tenía los ojos más abiertos de lo normal. No parpadeaba.

—Vale, no flipes —dijo, pero su tono de voz y su expresión lograron precisamente lo contrario.

Le empezó a latir el corazón en la garganta. ¿Qué había en la oficina? ¿Otro cadáver? ¿Un nido de arañas? ¿Un dinosaurio?

—Tarde —dijo Nina.

Le pasó las pizzas a Max y entró en la oficina para, efectivamente, flipar.

La palabra se quedaba corta. Estuvo a punto de darle un infarto.

Miró a su alrededor. Nada de lo que Max le hubiera podido decir, absolutamente nada, la habría preparado para lo que encontró al cruzar el umbral.

Tuvo que apoyarse en la pared cuando las piernas dejaron de sujetarla.

—Oh Dios, Dios, Dios mío.

La oficina, tal como la conocía, había dejado de existir. Esa mañana existía, ahora ya no. Todo estaba destruido.

Todo.

El suelo estaba cubierto de papeles y trozos de objetos irreconocibles. La silla de Max estaba tirada en una esquina, con la tela del asiento y del respaldo rajada. Los armarios abiertos. El ordenador de recepción había desaparecido, junto con la impresora-escáner.

Se despegó de la pared y avanzó hacia la puerta de su despacho, pisando papeles esparcidos por el suelo. Algo crujió bajo sus pies. Probablemente trozos de loza rota de las tazas con las que ofrecían té a los clientes, los vasos de agua, sus propias tazas. Tomó aire antes de entrar en su despacho.

Menos mal que lo hizo.

El armario con baldas que había detrás de su escritorio estaba volcado sobre su silla de oficina, rajada y con el relleno expuesto. El sofá y las dos butacas de piel color caramelo, también. La mesa de café. Las lámparas de pie y de escritorio, rotas. Las cortinas, arrancadas y hechas jirones.

Todo el mobiliario de alquiler, destruido. Todo.

Se habría sentado a llorar, pero no tenía dónde.

Fue fácil comprobar, a simple vista, que todo lo que pudiera tener algún valor había desaparecido. Y el resto estaba hecho trizas.

—¿Los archivos del caso? —preguntó con un hilo de voz, sin darse la vuelta, la vista fija en los asientos de piel profanados, rajados y caídos, como soldados en medio de una batalla.

Las cartas amenazantes de Gigi Hargrave y el contrato estaban guardados en uno de los archivadores, en las baldas tras la mesa de recepción. Las mismas baldas que había visto en el suelo, nada más entrar.

—En su sitio no están —dijo Max—. Imagino que estarán por el suelo...

Dejó la frase en el aire, porque ambos habían visto el estado en el que estaban los papeles que alfombraban la oficina: rotos en trozos minúsculos.

Nina se frotó la cara con las manos y se dio la vuelta para mirar a Max, que estaba parado en el quicio de la puerta de su despacho y todavía no había recuperado el color.

—¿Puedo empezar a flipar ya?

* * *

Max localizó su taza favorita: estaba tirada en el suelo, junto a su silla volcada. Se agachó para recogerla. Era una taza con la forma de la cabeza del pato Lucas. Le faltaba el pico y el asa.

Chasqueó la lengua mientras le daba vueltas a la taza mutilada entre las manos.

No le pagaban lo suficiente.

Aunque tenía que reconocer que, de todos los trabajos que había tenido, ese era, con diferencia, el más relajado.

Podría decir que también el más aburrido: no hacía nada o casi nada en todo el día.

Decidir a qué local pedir el almuerzo. Contestar un teléfono que había sonado media docena de veces en un mes, y las llamadas eran de telemarketing.

Aunque la cosa estaba empezando a animarse, por fin. O eso había pensado el día anterior, cuando apareció su primera clienta. Por fin tenían algo que hacer.

Miró a su alrededor, catalogando la destrucción que alguien se había encargado de ejecutar, como si un huracán hubiese pasado por el medio de la oficina.

Al parecer, el relax y la tranquilidad se habían terminado.

Siguió inspeccionando el suelo de recepción en busca del resto de su taza.

Apartó con el pie los escombros del suelo, los restos de otras tazas y vasos que también habían sucumbido al desastre.

Localizó el pico naranja, de una pieza, en una esquina, y se agachó a cogerlo.

Nina emitía sonidos ininteligibles en la otra habitación, su despacho.

No sabía si estaba llorando, gritando, jurando, o todo a la vez.

Seguramente estaba demasiado en shock para decantarse por solo una de las tres cosas.

Era normal, por otra parte. Se alegró de que aquello fuese solo un trabajo para él —y uno temporal, o eso esperaba—, de que no fuese su dinero ni su futuro lo que estaba en juego.

Colocó el pico que acababa de recuperar en la taza que tenía en la mano. ¿Se podría pegar?

Vio el asa por el rabillo del ojo. Se había partido en un trozo entero, estaba de suerte.

Metió la taza, el asa y el pico en su bolsa del gimnasio, que milagrosamente se había salvado del desastre. Probablemente porque la había dejado colgada por dentro de la puerta del baño y los ladrones, o quien fuera quien les había destrozado la oficina, no la habían visto.

Podía intentar pegar la taza cuando llegase a casa. Aunque no le sirviese para beber, podía usarla para meter bolis. Se podía salvar. Quizás lo único que se podía salvar de toda la oficina.

Nina salió de su despacho, con el pelo revuelto y ojos de loca. Paseó la vista por recepción, como si estuviese grabando en su memoria cada mueble destruido, cada papel por el suelo.

—¡Se han llevado el módem! —gritó, indignada, como si ese fuera el ultraje definitivo: dejarles sin wifi.