Muerte de una influencer (Baker Street 1) 32 Una comisaría en Charing Cross
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32 Una comisaría en Charing Cross

Una comisaría en Charing Cross

Bajaron los escalones de la comisaría de policía de Charing Cross y salieron por fin a la calle. Nina respiró hondo. Aire fresco, por fin, después de horas encerrados en aquel edificio de luces fluorescentes y paredes grises que suspendían el paso del tiempo.

Eran las seis de la tarde, se había hecho de noche y tenía un hambre atroz. No había comido nada en todo el día, aparte de los cafés de aquella mañana.

Después de que apareciera la prensa —“ahora casi todo son podcasters”, les había informado en tono irritado el inspector Chambers, el más bajo de los dos—, les llevaron a comisaría para tomarles las huellas.

Les preguntaron qué habían tocado en casa de Gigi: aparte del picaporte y el timbre de la puerta, creían que nada más.

El resto del tiempo lo habían pasado casi todo esperando.

Les dejaron en un pasillo, sentados en unas sillas de plástico blanco pegadas a la pared, con los dedos manchados de tinta.

“Tienen que terminar de tomarles declaración, esperen aquí”, les dijeron, pero después parecieron olvidarse de ellos. Ni un té, ni un nada.

Eso sí, la espera no fue en vano: la muerte de Gigi Hargrave debía de ser un acontecimiento para la comisaría, porque allí, sentados como pasmarotes, se habían enterando de prácticamente todo.

La gente que pasaba por el pasillo, ya fueran policías o personal administrativo, lo hacía comentando el caso sin prestarles la más mínima atención.

Acabaron cazando todo tipo de información al vuelo.

“Dicen que se ha caído por las escaleras…”

“No, no; fue por la barandilla del segundo piso...”

“¿Están seguros de que no han sido las drogas? Porque con su historial...”

“¿No tenía un novio violento? ¿Y si ha sido él?”

“No, eso fue hace por lo menos tres años...”

Al inspector Chambers le iba a dar un ictus cuando todo aquello llegase a los tabloides. Que llegaría, a la velocidad que viajaban los cotilleos.

Cuando por fin hablaron con ellos, sabían casi más del caso que los propios inspectores.

Les llevaron a una sala de interrogatorios, con ventanas altas y una mesa de hierro con cuatro sillas. “Pero esto no es un interrogatorio”, repitió un par de veces Chambers, para que quedara claro, a pesar de que las miradas del otro inspector, Grayson, decían lo contrario.

A continuación, les hicieron dos millones de preguntas y les exprimieron toda la información que pudieron, desde por qué les había contratado Georgina Hargrave hasta todo lo que había pasado la noche anterior.

La policía comprobó su historia con el taxista que les había llevado hasta Belgravia. Menos mal que le había pedido un tiquet para pasarle los gastos a su clienta. Aunque ya no servía de nada, pero bueno.

A media tarde se apiadaron de ellos y les llevaron un sándwich de la máquina del pasillo de la comisaría. Tenía una pinta ciertamente sospechosa, así que Nina decidió no probar el suyo. Además, justo acababa de encontrar a una persona muerta. Lo último en su cabeza era comer.

Max se comió los dos. Al parecer, a él encontrar un cadáver no le quitaba el hambre.

A pesar de la batería de preguntas, era obvio desde el principio que la policía no consideraba la muerte de Georgina Hargrave sospechosa.

No solo por lo que habían oído por los pasillos, sino por el tono de las preguntas.

Imaginó que su intención era recabar toda la información posible.

Aunque acabasen dictaminando que la muerte de su clienta había sido un accidente, en un caso tan mediático como ese, con toda la prensa encima, no tenían más remedio que prestar atención a todos los detalles. No podían dejarse ningún cabo suelto.

Tampoco parecieron darle mucha importancia a las amenazas de muerte que había recibido por internet.

En cuanto a las cartas, les dijeron que enviarían a alguien a por ellas al día siguiente.

De todas formas, las habían manoseado bastante —eso también se lo había dicho—, iba a ser imposible sacar huellas.

Según los rumores que habían oído en el pasillo, cuando la encontraron, la pobre infeliz llevaba unas cuantas horas muerta. Probablemente había llegado a su casa como una cuba la noche anterior, se había puesto el camisón, había decidido tomar una última copa de vino, y plof. Barandilla abajo.

¿Habrían podido evitarlo si la hubiesen acompañado ellos desde el club? Lo dudaba bastante. Se habrían asegurado de que llegase a casa sana y salva, pero tampoco iban a quedarse a hacer de niñeras toda la noche.

Había un montón de cosas que no sabía y que, si tenía que ser sincera, ni siquiera eran ya asunto suyo. Aquel caso se terminaba allí, al menos la parte que a ella le tocaba.

De los detalles supuso que se enteraría más temprano que tarde, por los periódicos.

La Policía Metropolitana de Londres no era famosa por guardar secretos.

Tenían más filtraciones que un colador. A pesar de las amenazas del inspector Chambers, no se imaginaba a los oficiales de policía que habían llegado a la escena callados como momias.

Ni a los tipos de la ambulancia. Aparte de todo lo que habían oído por los pasillos.

Como mínimo, alguien lo comentaría en el pub, y de ahí a las redes sociales y los tabloides había dos microsegundos.

Pero como había dicho, nada de eso era ya asunto suyo. Lo importante era que por fin habían salido de la comisaría.

—En fin. —Max se puso el abrigo y se enderezó las gafas—. Ha sido... toda una experiencia —dijo, en tono irónico—. ¿Vamos a cenar a alguna parte? Me muero de hambre.

Le miró de soslayo.

—Te has comido dos sándwiches.

—Hace horas. No puedo sostenerme con dos sándwiches. Además, estaban malísimos. Eran de máquina.

Lo cual no le había impedido comerse los dos.

Estaban parados en la acera, al pie de la comisaría, sorteando a viandantes apresurados que amenazaban con arrollarles.

La estación de tren de Charing Cross estaba al lado y, a esa hora, cuando todo el mundo salía de la oficina, era un sálvese quien pueda.

Ríos de gente caminaban deprisa hacia la estación, con vasos de café y sándwiches en la mano, para meterse como sardinas en un tren que olía a ropa mojada y desesperación, junto con otros dos millones de personas dispuestas a acuchillarse por coger el último asiento libre.

Nina tuvo ganas de hacer lo mismo, coger un tren e irse a casa, sobre todo después de haber pasado la noche anterior en el sofá de dos plazas de su despacho. Necesitaba una ducha y quemar la ropa que llevaba puesta. Pero todavía tenía cosas que hacer en la oficina.

—Vete a casa, Max. Es tardísimo.

Siempre se le olvidaba que le había contratado solo para trabajar cinco horas al día.

—¿Qué vas a hacer tú?

—Volver a la oficina.

Quería poner en orden los archivos del caso, actualizarlos con la nueva información.

Cerrar el caso, en definitiva. Su primer caso, y el que seguramente sería uno de los más breves de su carrera. Igual había batido un récord.

Max pareció pensarlo un instante. Sacó la mano derecha del bolsillo del abrigo y puso la palma hacia arriba. Estaba empezando a llover.

—Te acompaño.

—¿Estás seguro?

Asintió con la cabeza.

—Pero cogemos unas pizzas de camino. Estoy a punto de comerme a un transeúnte.