Muerte de una influencer (Baker Street 1) 31 Los dos inspectores
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31 Los dos inspectores

Los dos inspectores

Nina imaginaba que, en la profesión que había elegido tan a la ligera, tener un encontronazo con la policía era cuestión de tiempo. Lo que no se imaginaba era que iba a ser tan poco tiempo.

Max había sugerido salir corriendo (“¿y si salimos corriendo y aquí no ha pasado nada?”, habían sido sus palabras exactas), pero no era serio, ni viable. Londres estaba plagado de cámaras, lo único que les faltaba era una visita de la policía, o que les echaran el muerto encima.

O la muerta, más bien.

Así que llamaron a emergencias, siguieron las instrucciones de la persona al otro lado —no tocar nada y salir de la casa, cosa que ya habían hecho— y se quedaron en la acera, esperando a la policía.

Llevaban allí media hora, y aunque lo había dicho en broma —o eso esperaba— empezaba a plantearse que quizás Max tenía razón y deberían haber salido corriendo, cuando una ambulancia apareció por el extremo de la calle con las sirenas a todo trapo.

No entendía las sirenas, la verdad; no era como si se hubiesen dado una prisa horrible en llegar hasta allí.

—A buenas horas las sirenas —dijo Max, leyéndole el pensamiento.

Se había subido los cuellos del abrigo, tenía el pelo casi vertical por el viento y las gafas de pasta negra ligeramente torcidas.

Le habían dicho al operador de emergencias que la persona que habían encontrado estaba muerta, pero imaginó que tenían que asegurarse, porque de la ambulancia se bajaron dos paramédicos con maletines que entraron en la casa corriendo.

Justo en ese momento apareció un coche patrulla, también con las sirenas puestas, que aparcó sin ningún tipo de cuidado, subiéndose a la acera.

Dos policías de uniforme se bajaron del coche. Estaban tomándoles los datos cuando los tipos de la ambulancia salieron por la puerta de la casa y los policías se retiraron a hablar con ellos. Los paramédicos negaron con la cabeza y uno de los agentes se apartó ligeramente para hablar por radio.

—Vamos a estar aquí todo el día —dijo Max, y le rugieron las tripas.

Los policías terminaron de tomarles los datos a Max y a ella, por separado. Tuvo que repetir lo mismo que habían dicho cuando llamaron a emergencias.

—Tienen que esperar aquí hasta que lleguen los inspectores —dijo uno de ellos, y Max la miró con cara de desesperación.

Se notaba que no había casi vida en esa calle, porque con el follón que había montado, las sirenas y el trasiego de gente y vehículos de emergencia, no había nadie asomado a las ventanas, curioseando.

Un rato después llegó el equipo forense, dos personas que se pusieron unos monos blancos antes de entrar en la casa.

Justo detrás de ellos aparcó un Audi negro, largo y reluciente.

De él se bajaron dos tipos: uno alto, vestido con un traje oscuro impecable, del asiento del conductor; y del lado del copiloto, un hombre con abrigo gris, más bajo y orondo, con bigote, al que le costó un poco salir del coche.

Los hombres —imaginó que serían los inspectores— pasaron por su lado sin echarles ni una mirada.

Antes de entrar en la casa, se cubrieron el calzado con unas bolsas azules como las que dan en los controles de seguridad de algunos aeropuertos.

A buenas horas, pensó Nina: aparte de ellos, el equipo de emergencias también había pisado todo aquello.

Uno de los agentes de policía sacó un rollo de cinta azul y blanca del maletero del coche patrulla y empezó a colocarla de lado a lado de la verja. Estaba tapando la entrada de la vivienda, se fijó Nina, pero no dijo nada. Él sabría lo que hacía.

Estaba terminando de darle su número de teléfono al otro agente cuando el inspector bajito y con bigote salió de la casa mascullando y jurando entre dientes.

—Joder, odio mi vida. Georgina Hargrave. Se nos va a llenar esto de paparazzi... ¿qué hace esta cinta aquí?

Quitó la cinta azul y blanca de un manotazo, y el oficial jovencito que la había colocado se puso rojo como un tomate.

Se dirigió a los policías y les señaló con el dedo, uno por uno.

—Una palabra, un comentario en un grupo de WhatsApp, una foto de la escena del crimen, y os empapelo a todos. —Luego dirigió su dedo acusador hacia Max—. Tú, conmigo.

Se apartaron un poco y el inspector sacó del bolsillo de su abrigo una libreta arrugada y hecha polvo.

Le vio probar el bolígrafo que llevaba encima, volver a jurar entre dientes, hasta que uno de los agentes se acercó y le dio un bolígrafo que sí tenía tinta, antes de que al tipo le diese una apoplejía.

El segundo inspector, el conductor del Audi negro, salió en ese momento por la puerta de la casa y se acercó a ella.

* * *

Les tomaron declaración por separado. No creía que lo hiciesen para ahorrar tiempo (que quizás también), sino para ver si sus historias coincidían.

A ella le tocó contarle su vida al tipo alto, que se presentó como inspector de policía Nigel Grayson y que tenía un poco pinta de enterrador.

Él no tuvo problemas ni con la libreta que sacó de un bolsillo de su traje impecable, ni con el bolígrafo, uno plateado de botón con el que no dejaba de hacer ruiditos, clic-clic-clic.

Se preguntó si era una estrategia para ponerla nerviosa.

De momento la estaba distrayendo. Sabía que el tipo le había preguntado algo, pero no recordaba el qué...

Ah, sí. De qué conocía a Georgina Hargrave.

Dejó de mirar el bolígrafo plateado y se centró en el inspector Grayson.

—Era mi clienta.

—Su clienta —repitió, y tomó nota en su libreta—. ¿A qué se dedica?

—Soy detective privado.

El tipo levantó la vista y la miró durante tres segundos sin decir nada. Y sin pestañear.

Tenía los ojos azules, fríos e inquietantes. Le recordó a un pescado congelado.

—¿Detective privado?

Eso había dicho. No lo repitió.

—¿Y qué formación tiene para ser detective privado? —preguntó el tipo, con cierto retintín.

La pregunta no era pertinente, pero aun así la respondió.

—No hace falta formación específica para poder ser detective —recitó ella de memoria. Era algo que, aunque la beneficiaba, todavía le asombraba.

Aunque la verdad, dicho en voz alta, no sonaba nada bien.

—¿Qué hacían aquí? —preguntó el inspector Grayson.

—Visitar a Miss Hargrave. Intentamos comunicarnos con ella durante toda la mañana, la llamamos al móvil varias veces, pero no contestó. Al final decidimos acercarnos a su casa.

El tipo sacó una bolsita de plástico con cierre zip del bolsillo interior de su americana y la sujetó abierta frente a ella.

—Meta el móvil aquí.

Ni un por favor, ni un nada. Le miró con desconfianza.

—¿Por qué?

El tipo suspiró, como si le costase un esfuerzo sobrehumano tener que dirigirle más de dos palabras seguidas.

—Para que lo analicemos.

—¿Por qué?

No quería repetirse, pero si pretendía que le diese su teléfono móvil, con la aplicación del banco, su calendario y toda su vida dentro, iba a tener que darle alguna explicación más convincente que esa.

—¿No ha dicho que ha estado llamando a la víctima toda la mañana? Tenemos que asegurarnos.

—La llamé desde el teléfono de la oficina, no desde el móvil.

El tipo siguió sujetando la bolsa mientras la miraba fijamente, y ella no apartó la mirada. Si aquello era alguna especie de desafío, o de juego, no pensaba perderlo.

—No le voy a dar mi móvil —dijo Nina, por fin. Aquello era ridículo—. A no ser que tenga una orden judicial.

—Es necesario que...

—Déjalo, Grayson —dijo el otro inspector, con voz cansada, como si estuviera acostumbrado a tener que intervenir.

El tipo se quedó todavía unos instantes más con la bolsa abierta, hasta que la cerró, la dobló y volvió a metérsela en el bolsillo, todo esto sin dejar de mirarla y sin parpadear.

No sabía por qué, pero sintió el impulso de quitarle el boli plateado y clavárselo en el ojo.

En ese momento apareció una furgoneta blanca, casi derrapando, y aparcó al otro lado de la calle. De ella salieron dos tipos. Uno llevaba una cámara de fotos al cuello y el otro estaba grabando con el móvil.

La prensa.

—Joder, odio mi vida —dijo el inspector bajito.