Muerte de una influencer (Baker Street 1) 30 Una casa en Belgravia
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30 Una casa en Belgravia

Una casa en Belgravia

Max se bajó del taxi negro. Nina esperó a que el taxista le diera el recibo del viaje e hizo lo mismo.

No estaba segura de si incluiría ese gasto en la cuenta de su clienta, pero prefería empezar a recopilar todos los comprobantes, por si acaso.

Se unió en la acera a su recepcionista, que miraba la fachada de la casa que correspondía con la dirección que les había dado Georgina Hargrave cuando rellenó su ficha de cliente.

La casa, de fachada blanca y rejas negras, era típica de Belgravia, uno de los barrios más exclusivos de Londres.

Tan exclusivo que ya casi nadie vivía allí: la mayoría de las casas se habían convertido en embajadas u oficinas.

Otras permanecían casi siempre vacías, en manos de magnates extranjeros que apenas pasaban allí unos días al año.

Eso hacía que las calles tuviesen un extraño aire deshabitado, abandonado, y que el único ruido fuese el lejano murmullo del tráfico de otras zonas más concurridas de Londres.

La casa de Belgravia había pertenecido a los padres de su clienta. Era una de las propiedades que las gemelas Hargrave habían heredado, junto con una “casa de campo” —que en realidad era una mansión en Oxfordshire—, un piso en París y otro en Nueva York.

Llevaban toda la mañana intentando comunicarse con Gigi, sin éxito. Para ser alguien que vivía pegada al teléfono, no parecía prestarle mucha atención. O eso, o estaba durmiendo la mona todavía.

O una tercera opción: les estaba ignorando, que también era posible.

A lo largo de la mañana, los artículos sobre la debacle del día anterior se habían multiplicado. El Daily Mail había publicado media docena más de “piezas” en su versión online y las reacciones e historias en redes sociales se habían disparado.

Al final, habían decidido ir hasta la casa de Gigi para hablar con ella en persona. Algo le decía que estaba evitando al mundo esa mañana, pero si se presentaban en su casa, no tendría más remedio que abrirles la puerta. O eso esperaba.

Pulsó el timbre de latón dorado.

Esperaron un par de minutos, pero nadie abrió. Volvió a pulsarlo.

Miró su reloj. Era casi la una de la tarde, se le había tenido que pasar ya la resaca. O a lo mejor no estaba en casa.

—Cuando acabemos con Gigi vamos a comer —dijo Max—. Estoy muerto de hambre.

Su recepcionista siempre tenía hambre y siempre estaba comiendo. Debía pasarse tres horas al día en el gimnasio para quemarlo todo, si no, no lo entendía.

Max pulsó el timbre por tercera vez.

Nina ya había sacado el móvil para volver a llamar a su clienta, cuando Max probó a girar el picaporte de la puerta de entrada.

Estaba abierta.

—¿Qué hacemos? —preguntó Nina. Una puerta abierta no era una invitación para entrar en una casa ajena. Pero tampoco podían irse y dejarla así... qué menos que avisar a Gigi, ya que estaban allí.

Era eso, o seguir llamándola por teléfono. Pero llevaban horas haciéndolo y no había dado resultado.

Max se encogió de hombros, y después de echar un vistazo rápido a su alrededor —ella hizo lo mismo: la calle estaba desierta—, empujó la puerta de entrada.

* * *

La policía les preguntaría después por qué habían entrado en la casa. Por qué no se quedaron fuera, en la acera, cuando se dieron cuenta de que la puerta estaba abierta.

Era muy fácil pensar lo que deberían haber hecho a posteriori. Pero ni Max ni ella pensaron nada malo cuando encontraron la puerta abierta.

Gigi Hargrave era el tipo de persona que probablemente se olvidaba de cerrar la puerta de vez en cuando.

Aunque quizás no con amenazas de muerte de por medio, pero bueno.

Como había dicho, era muy fácil pensar lo que deberían haber hecho después de hacerlo, sobre todo sabiendo lo que supieron después.

La puerta de entrada se abría a un vestíbulo inmenso, con un techo de doble altura coronado por una imponente lámpara de araña de cristal. Quién limpiaría eso, y cómo, se preguntó Nina.

A la izquierda, una escalera de trazado curvo, con una barandilla de forja negra, conectaba con el segundo piso. Las mismas barandillas decoraban la galería superior.

El suelo parecía un tablero gigante de ajedrez, con enormes baldosas blancas y negras que hacían juego con el exterior de la casa.

Fue lo primero que pensó, que todo hacía juego con el exterior de la casa: las paredes blancas, las escaleras de mármol también blanco, la barandilla negra, el suelo.

Fue lo primero y lo único que pensó, porque solo tuvo un segundo para echar un vistazo a su alrededor, antes de ver a la persona tirada en el suelo, en medio del enorme vestíbulo.

—¡Gigi!

Corrió hacia ella y estaba a punto de agacharse a su lado cuando Max la detuvo, sujetándola por los brazos.

—No te acerques. Es mejor que no toquemos nada —dijo, con voz inusualmente calmada y fría.

No podía entenderlo, cómo podía mantener la calma, cuando su clienta estaba tirada en el suelo, en medio de un charco de líquido rojo oscuro.

—¡Pero hay que llamar a una ambulancia! ¡Hay que...!

A mitad de frase se dio cuenta de por qué la sujetaba Max, y por qué no la había dejado acercarse.

No era porque fuese frío y no tuviese alma, era porque su clienta, Georgina Hargrave, les miraba —o mejor dicho, no les miraba— desde el suelo con ojos color miel —más marrones que verdes— fijos y vacíos, abiertos, sin vida.

* * *

—Respiraciones profundas —dijo Max a su lado.

Estaban en la misma acera donde el taxi los había dejado solo unos minutos antes. Max la había sacado de la casa a toda prisa, porque tenía miedo de que vomitara sobre el cadáver. Y no iba muy desencaminado.

Se inclinó, doblándose por la cintura, con las manos en las rodillas, mientras Max le daba ligeras palmaditas en la espalda.

Cerró los ojos un instante y se concentró en respirar.

Solo habían sido unos segundos, pero la imagen se le había quedado grabada en el cerebro para siempre.

Aunque cerrara los ojos, seguía viendo a Georgina Hargrave tirada en el suelo de su recibidor, con un batín de raso color cereza sobre un camisón crema, y una copa de vino aún en la mano, el vino —tinto— derramado a su lado.

Al principio había pensado que era sangre, pero el olor era inconfundible.

Milagrosamente, la copa había quedado intacta. No podían decir lo mismo de su dueña.

—Max. Max —no le salía nada coherente, aparte de repetir el nombre de su recepcionista. Por fin se enderezó y le miró, con los ojos muy abiertos—. Está muerta.

No se lo podía creer. Lo acababa de ver con sus propios ojos, y aun así no se lo podía creer.

Siguió con las respiraciones profundas e intentó poner orden en su cabeza.

—¿Qué crees que ha pasado?

—Ni idea —contestó Max—. Tiene pinta de que se ha caído desde la barandilla del piso de arriba.

—Pero... ¿y las amenazas?

Max pareció pensarlo un instante.

—A ver qué dice la policía. Pero tenía una copa de vino en la mano. Y mira en qué estado estaba anoche.

Nina no respondió. Quería estar de acuerdo con él, y de hecho era lo lógico, pero después de que les hubiera contratado el día anterior... ¿no era mucha casualidad?

Y la puerta de entrada no estaba cerrada con llave. Estaba abierta. Cualquiera podía haber entrado.

Aunque Belgravia no era el típico barrio donde los cacos se ponían a girar picaportes aleatorios a ver si había suerte, sobre todo con la cantidad de oligarcas rusos que tenían casa allí.

De todas formas, era muy pronto para intentar formar pensamientos coherentes. Todavía estaba en shock. Max tenía razón, lo mejor sería esperar a que llegara la policía.

De momento, lo único claro era que acababan de encontrar a Georgina Hargrave muerta.

Su primera clienta, muerta menos de veinticuatro horas después de que apareciera en su oficina por primera vez.