Muerte de una influencer (Baker Street 1) 29 La mañana siguiente
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29 La mañana siguiente

La mañana siguiente

La alarma del móvil le taladró los tímpanos.

Nina alargó la mano para apagarla, pero solo encontró aire en el lugar donde se suponía que debía estar su mesilla de noche.

Abrió los ojos apenas un milímetro. La luz que se colaba por la ventana tampoco estaba en el lugar correcto, y aparte de eso, ¿en qué superficie estaba tumbada? ¿Qué era aquello, la cama de un faquir?

Levantó la cabeza y miró a su alrededor con los ojos pegados, desorientada, hasta que finalmente recordó dónde estaba.

Se incorporó en el sofá de su despacho y se frotó la cara con las manos.

El abrigo con el que se había tapado esa noche cayó al suelo, justo encima de su móvil, que seguía con la alarma a todo trapo. Lo recuperó y la apagó.

Lo malo de salir de un club en el centro de Londres a medianoche era que no podía volver a casa a dormir.

Había perdido el último tren y, aunque no lo hubiese perdido, no le daba tiempo a volver a la oficina para cambiarse de ropa.

Y no iba a volver a casa en mitad de la noche con la ropa de clubbing, con las temperaturas bajo cero.

Echaba de menos vivir en Londres. No echaba de menos el microestudio en el que había vivido los últimos meses con su renta estratosférica, pero la hora de tren hasta casa a veces le parecía eterna.

Estiró los brazos por encima de la cabeza y se levantó para abrir la ventana.

Movió el cuello a uno y otro lado y escuchó un crujido. Le dolían todos los huesos. El sofá de la oficina era de dos plazas, no cabía tumbada y había tenido que doblarse como un cuatro para poder dormir.

Le costó abrir los ojos y se dio cuenta de que no se había quitado el maquillaje la noche anterior y tenía las pestañas pegadas.

Prioridades: lo primero que tenía que hacer era lavarse la cara para volver a sentirse humana. Estaba cruzando recepción para entrar en el baño cuando oyó la llave en la cerradura de la puerta de entrada.

Max era asquerosamente puntual.

Pero eso significaba café, así que decidió perdonárselo.

Entró con una bandeja de cartón en la mano con dos cafés incrustados.

Él tenía un aspecto estupendo, por supuesto: el pelo todavía húmedo de la ducha, un abrigo gris, uno de sus doscientos jerséis de pico —el de hoy era verde botella— y unos pantalones negros de raya.

Cerró la puerta tras él y se paró en seco al verla.

La miró de arriba a abajo, desde la ropa de clubbing que todavía llevaba puesta —era eso o dormir con la ropa que había dejado en la oficina, y tenía que usarla ese día—, hasta el maquillaje del día anterior y el pelo revuelto.

—Ni una palabra —dijo Nina, y la voz le salió como si no la hubiese usado en cien años.

—¿Has dormido aquí? —preguntó Max, con una sonrisilla—. ¿Cómo los detectives de las novelas negras?

Cogió el café que Max le tendía camino del baño.

—Si viene o llama alguien, no estoy. Al menos no hasta que esté presentable.

O mínimamente presentable. Tampoco podía hacer milagros.

* * *

Estaba abriendo el portátil, abrazada a su vaso de café, cuando Max entró en su despacho.

Nina sacó del cajón de su mesa una caja de ibuprofeno y se tomó dos con el café. Solo había bebido un par de copas la noche anterior —la segunda después de que Gigi se fuera, porque estaba incluida con la entrada: no iban a desaprovecharla—, pero tenía la cabeza como un bombo.

—¿Has visto el Insta de Gigi? —preguntó Max.

¿El qué de quién?

Apartó la cara de la pantalla para mirarle. Su recepcionista estaba radiante, perfecto. Sin ojeras. Fresco como una lechuga. Ni rastro de la noche anterior.

El olor de su colonia —algo genérico, entre limón y madera— llegaba hasta su lado de la mesa.

Ella tenía la cara cenicienta y los ojos rojos. Se había vestido en el baño y había tenido que quitarse el maquillaje del día anterior con agua y jabón de manos.

Entre eso y las pocas horas que había dormido doblada en el sofá, se sentía como si le hubiesen pasado por encima un par de trenes.

Menos mal que por lo menos tenía una miniatura de crema hidratante en el bolso, y otra de pasta de dientes y un mini cepillo de viaje. Eso le había salvado la vida.

—No he visto el Insta de nadie —señaló vagamente la pantalla del ordenador—. No me ha dado tiempo todavía.

La verdad, mirar Instagram no estaba entre sus actividades matutinas. Aunque teniendo en cuenta quién era su clienta más le valía empezar a ponerse las pilas.

—Permíteme.

Max pasó detrás de su mesa y se inclinó sobre su portátil.

Empezó a teclear y abrió Instagram, varios perfiles en diferentes pestañas del navegador. Empezó a cambiar de una a otra.

En la página de Gigi lo último que había subido eran fotos de la noche anterior, selfis con la gente de la mesa, sobre todo las dos amigas que la acompañaron a casa.

Max empezó a clicar en las otras pestañas que había abierto.

—¿Qué estoy viendo? —preguntó Nina. La cabeza la estaba matando y la luz de la pantalla le provocaba pinchazos detrás de los ojos. Sabía que Max quería decirle algo, pero esa mañana iba a tener que deletreárselo.

—Estos son los perfiles de las amigas de Gigi, o por lo menos las que estaban anoche en el club. Y más gente que presenció la escena.

Podía ver fotos del hombre al que Georgina le había tirado la bebida encima, e incluso un vídeo oscuro de no muy buena calidad, grabado por algunos de los testigos. También había fotos y vídeos de su clienta huyendo después del incidente.

—Y eso no es todo —dijo Max, y abrió otra pestaña más todavía, para enseñarle un artículo en el Daily Mail, uno de los tabloides —o periódico amarillo o como quiera uno llamarlo— más vendido en Inglaterra.

El titular, en letras gigantescas negras, decía:

La heredera Hargrave pierde los estribos —¿es el final de “GigiCharles”?

—¿“GigiCharles”? —se mofó Nina—. ¿Ese es el apodo que le han puesto a la pareja?

Qué poca imaginación. De todas formas, confirmaba lo que había sospechado el día anterior: su clienta tenía una relación sentimental —o del tipo que fuera— con el tal Charles, el tipo de la bebida, y no les había dicho nada.

Aquello no iba a funcionar si no había confianza.

Le echó un vistazo por encima a las fotografías que acompañaban el artículo: Gigi y su séquito llegando al club Loop; unas cuantas imágenes del interior del local, oscuras y de poca calidad —seguramente de los fans—; un par de ellas granuladas del momento bebida —probablemente sacadas de uno de los vídeos—, y alguna más del citado Charles abandonando el club, con la camisa blanca empapada de rosa —quizás era la misma bebida que la suya— y cara de furia infinita.

Por lo menos no tenían ninguna de Gigi cuando se fue del club. Habían hecho bien esperando al taxi en el callejón trasero.

—Lo de anoche se ha hecho viral —dijo Max—. Está todo el mundo hablando de ello.

Salió de detrás de su escritorio y se sentó en una de las sillas del otro lado. Ella se echó hacia atrás en la suya.

—¿En serio?

La verdad, no era para tanto. Una influencer le había tirado una bebida a la cara a su pareja, o expareja. Lo que fuera.

Paren las rotativas.

Max jugueteó con el cuaderno y el bolígrafo que Nina siempre tenía encima de la mesa.

—Igual deberíamos llamarla, a ver qué tal está. Si llegó bien a casa.

La última vez que la vieron estaba entrando en un taxi con sus dos amigas.

—No es mala idea.

Se le tenía que haber ocurrido a ella. Pero con la resaca no podía pensar. Resaca de dos copas. Se sentía como si tuviera cien años.

Además, así también podía explicarles qué había pasado exactamente la noche anterior, y quién era la otra mitad de GigiCharles.

Nina miró el reloj del ordenador. Ni siquiera eran las diez de la mañana.

—¿Crees que estará despierta?

Max se encogió de hombros.

—Tampoco era tan tarde cuando se la llevaron sus amigas.

Teniendo en cuenta el estado en el que estaba la última vez que la vieron, no las tenía todas consigo. Aun así, buscó en su móvil el número de Gigi y levantó el auricular del teléfono que tenía sobre la mesa del despacho.