28 El club Loop
El club Loop
Si el infierno existía, tenía que parecerse un montón al interior de aquel club.
El aire tenía una consistencia sólida, pegajosa, casi masticable: una mezcla del sudor que emanaban los cuerpos que se apretujaban en la pista de baile, de perfumes caros y, se imaginó, también de productos para el pelo y la brillantina que el treinta por ciento de las mujeres llevaba en los brazos y el escote, o la cera o gomina con la que los hombres sujetaban sus peinados.
Aunque llamarlos mujeres y hombres era un poco aventurado. La edad media de toda aquella gente debía rondar los veintidós años, quizás menos. Estaba claro que sin la ayuda de Max no habría entrado allí en la vida.
La masa humana se movía en la pista de baile como si fuera un mismo organismo, al ritmo de la música (o lo que fuera aquello) que estaba pinchando un DJ en una plataforma elevada, como si fuera un dios al que adorar.
Nina estaba apartada de la zona cero, intentando que la masa bailante no la arrollase.
Cruzó los brazos sobre el pecho para ocultar un poco su anatomía, pero volvió a descruzarlos casi de inmediato: hacía un calor horrible, asfixiante.
Ahora entendía la poca ropa de la gente de la cola.
Merecía la pena sufrir un rato en el exterior para no morir en el interior.
Había dejado su ridícula chaqueta en el ropero —otro gasto más, aparte de las entradas— y ahora estaba en medio del club, fuera de lugar, incómoda, preguntándose cuál era el sentido de su vida, cómo era posible que toda aquella gente estuviese allí un lunes por la noche, si es que nadie trabajaba, y esperando a que Max volviera de la barra con sus bebidas, cosa que hizo en ese preciso instante.
El pastizal que habían pagado por las entradas incluía dos copas por cabeza. No iban a desaprovecharlas.
Nina cogió el vaso de tubo que Max le tendía y lo miró con sospecha. El líquido era rosa y tenía azúcar —también rosa— por el borde.
—¿Qué es esto?
Le había pedido un mojito.
—No sé, no he entendido el nombre. El cóctel especial de hoy.
La suya era igual, pero en verde lima.
Max empezó a bailar, un poco ridículamente. Aunque todo el mundo a su alrededor bailaba así.
—¿Qué haces? —preguntó Nina, espantada.
—Mezclarme.
Dejó de luchar consigo misma. Todo aquello era ridículo, su top era ridículo, y Max era ridículo.
Le dio un trago a su bebida y ella también empezó a bailar.
De perdidos al río.
* * *
Nina tomó otro sorbo de su bebida rosa mientras se movía de un lado a otro, sin ningún tipo de coordinación ni amor propio. No se acordaba de la última vez que había ido de clubbing, menos iba a acordarse de bailar.
No sabía qué era lo que había en su copa, pero estaba buenísimo. Refrescante y no muy dulce, a pesar del azúcar del borde del vaso y del color rosa.
—¿Ves a Gigi? —le preguntó a Max, gritando para hacerse oír por encima de la música.
Él la miró con extrañeza.
—¿Tú no? Porque no puede estar más a la vista...
Max desvió la mirada hacia su derecha y hacia arriba, señalando sutilmente con la cabeza.
Se dio cuenta de a lo que se refería. La verdad, la única razón para no haberla visto era que estaba distraída, incómoda y no quería estar allí.
Gigi estaba sentada a una mesa en la planta superior abalconada, acompañada de un grupo de gente.
Los hombres —eran solo tres— iban de traje, con las camisas ligeramente desabrochadas, el pelo en diferentes tonos de rubio, aire de escuela privada y de no necesitar madrugar para ir al trabajo.
El resto eran mujeres, amigas o conocidas de Gigi, a las que reconoció de las fotos de Instagram que habían estado analizando.
Sobre la mesa tenían varias botellas de champán y cócteles de todo tipo.
—¡Una mesa VIP! —gritó Max a su lado—. No quiero ni pensar lo que puede costar eso.
—Para toda la noche, cuatro mil libras —gritó Nina de vuelta. Lo había visto en las reviews del local—. Bebidas incluidas. Hasta cierto punto, claro.
El precio era para la mesa más grande, donde podían sentarse hasta doce personas. Merecía totalmente la pena, solo a trescientas libras por cabeza, según la opinión más valorada.
La mesa en la que estaba su clienta parecía la más grande y animada de la planta superior.
O al menos la que acaparaba más atención.
Varias personas orbitaban a su alrededor, como satélites de los planetas más brillantes.
Gente que quería sacarse fotos con ellos.
Que gritaban su nombre desde unos metros de distancia —no solo el de Gigi, también el de las otras influencers que estaban con ella.
Una catenaria roja y un par de empleados de seguridad del local, grandes y amenazantes, se aseguraban de mantenerlos separados de la plebe.
Aquello era el paraíso de un acosador, a pesar de los tipos de seguridad: una marabunta de gente, música alta, confusión.
Aunque todavía no sabían de dónde provenían las amenazas. Le había preguntado a Gigi si creía que alguien la estaba siguiendo, si se había tropezado con la misma persona en sitios distintos, si había visto algo raro en su rutina, y había contestado que no.
Georgina Hargrave paseó la vista por el piso inferior del club, distraída.
Cuando sus ojos se tropezaron con Max, pareció reconocerle.
Le saludó con la mano, sonriendo de oreja a oreja.
Luego le hizo un gesto para que subiese hasta su mesa, aunque no sabía cómo, porque primero, ella estaba en el piso superior y les separaban tres mil personas y una escalera, y segundo, su mesa estaba completa, doce personas, allí no podía sentarse nadie más.
No se había hecho ilusiones, sabía que la invitación iba dirigida solo a su recepcionista, a ella ni siquiera la había mirado.
Uno de los hombres de la mesa, el que estaba sentado frente a su clienta, deslizó la vista hacia Max y pareció decirle algo a Gigi, enfadado. O al menos eso indicaban sus gestos y la expresión de su cara. También se estaba poniendo rojo.
Aunque con aquel calor, no era de extrañar.
Su clienta no tenía ninguna relación sentimental en ese momento, o al menos eso les había dicho esa tarde. ¿Había mentido?
Otro de los hombres hizo un gesto para calmar los ánimos, pero no sirvió de nada. Gigi y el tipo de la cara roja siguieron discutiendo acaloradamente, y en un momento dado ella se levantó, cogió una copa de la mesa y le tiró el contenido a la cara.
Todo lo siguiente pasó muy deprisa: el hombre también se levantó, como un resorte, y se habría lanzado a través de la mesa si el otro par de tipos no le hubiesen sujetado.
Su clienta se dio la vuelta y salió corriendo en dirección contraria a los tipos de seguridad y los fans.
Hubo una conmoción generalizada en los alrededores y perdieron a Gigi de vista.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está?
Intentó seguir el top de lentejuelas fucsia de Gigi entre las mesas del piso superior, sin éxito.
—Tiene que haber alguna forma de bajar por el otro lado —dijo Max, escaneando el piso de arriba y los alrededores.
La música electrónica pulsaba a su alrededor y dentro de su cabeza, contribuyendo al agobio.
Intentó abrirse paso entre la gente que se movía como zombis al ritmo de la música.
El DJ dijo algo que no pudo descifrar. Se puso de puntillas para intentar ver por encima de las cabezas de la gente, pero era demasiado bajita, incluso con tacones.
—¿Ves algo? —le gritó a Max por encima de la música.
Max, que estaba escaneando la muchedumbre desde su altura, empezó a negar con la cabeza, pero de repente dijo:
—¡Va hacia la salida de emergencia!
Su ayudante se adelantó y desapareció, tragado por la multitud.
Le fue imposible seguirle, pero al menos sabía dónde estaba situada la salida de emergencia. Era lo primero que había comprobado cuando habían entrado en el local, dada la cantidad de seres humanos que había allí dentro. No tenía claustrofobia, pero aquel club se la estaba generando.
Maldijo los tacones, el top y la bebida rosa que todavía tenía en la mano. Se la terminó de un trago para poder soltar el vaso.
Mala decisión. La cabeza le empezó a dar vueltas. Aunque quizás no era el alcohol, sino la horrible música y la situación en general.
Por fin llegó hasta la salida de emergencia, empujó la puerta y se abrió. Fue todo un triunfo. No sería el primer club que la cerraba y luego ocurría una desgracia.
La puerta se abría a un callejón trasero que olía a basura y orín, como todos los callejones traseros del mundo, sobre todo los que estaban detrás de clubs nocturnos.
—¡Estoy bien! ¡Dejadme sola!
La que gritaba era Georgina Hargrave, quien, solo por el tono y la forma de arrastrar las palabras, contradecía lo que acababa de decir. Era obvio que no estaba bien. Y menos para dejarla sola.
Lo de “dejadme sola” se lo decía a unos tipos que intentaban meterla en un todoterreno negro, mientras Max tiraba de su brazo en dirección contraria.
Max les llevaba ventaja, era más alto que ellos y parecía a simple vista más fuerte, pero los tipos eran tres.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Nina, con toda la autoridad que fue capaz de reunir—. ¿Quiénes son? ¿Los conoces? —le preguntó a Gigi.
—No les he visto en mi vida —dijo su clienta con fuerza, inclinándose hacia delante. Estuvo a punto de caerse sobre la acera.
—¿Cómo que no? —preguntó uno de ellos, jovial—. ¡Gigi!
Como no tenía tiempo ni ganas de intentar averiguar si aquellos tipos eran realmente amigos o conocidos, o si sabían su nombre por haberla visto en tabloides y en TikTok, decidió cortar aquella absurda situación.
Dio un par de palmadas, como si fuese una maestra en medio de clase, para que todos le prestaran atención.
—Chavales —dijo, mirando a los que eran, efectivamente, chavales: veinteañeros con aquel corte de pelo brócoli que todos los de su edad llevaban ahora—.
No sé qué hacéis en un callejón oscuro de noche, pero no quiero saberlo.
Gigi no se va a ir con vosotros, es obvio que no quiere, me da igual si sois amigos o parientes.
Así que desapareced, o llamo a seguridad.
La bebida rosa se le estaba subiendo a la cabeza a una velocidad alarmante, pero ahora que se había librado de la música y el calor del club podía pensar y actuar con un poco más de claridad. No mucha. Semiclaridad.
Parecía que los chavales querían discutir, y uno de ellos musitó en voz baja en dirección a Max, “¿y tú quién eres, su guardaespaldas?”, pero se dieron por vencidos enseguida. Se encogieron de hombros, se montaron en el coche y salieron de allí quemando rueda.
Casi en ese mismo instante, la puerta de emergencia se abrió de repente, con fuerza —menos mal que se había quitado de en medio, o la habrían aplanado contra la pared, como en los dibujos animados—, y dos de las amigas que estaban sentadas con Gigi en la mesa salieron tropezándose sobre sí mismas, en una amalgama de brazos, piernas y microbolsos de Chanel.
—¡Gigi! ¡Te has dejado el bolso! —gritó una de ellas, mientras la otra decía a la vez, también gritando:
—¡Te has pasado con Charlie, tía! ¡Está enfadadísimo! ¿Quién es este?
Nina estaba empezando a acostumbrarse a la capa de invisibilidad que la envolvía cuando iba acompañada de Max.
Gigi seguía colgada del brazo de su recepcionista. Estaba llorando a lágrima viva y tenía la cara llena de churretones negros, cortesía de su máscara de pestañas.
Nina respiró hondo. Todo ese drama empezaba a parecerse demasiado a sus veinte años, y recordó de repente por qué había dejado de ir de clubbing.
La noche se había deteriorado bastante, y lo mejor que podía hacer su clienta era irse a casa. Sobre todo en ese estado.
La entrada principal del club estaba llena de paparazzi. De ninguna manera podía salir Gigi así, con toda la máscara corrida hasta el cuello. Además, el top de lentejuelas rosas se le estaba moviendo en direcciones peligrosas. Tenían que sacarla de allí discretamente.
Volvió a dar una palmada para captar la atención del personal.
—Chicas, ¿qué os parece si os pido un taxi, que venga hasta aquí y lleváis a Gigi a casa?
No era una sugerencia, aunque la hubiese formulado así. Podrían haberla llevado ellos, pero no creía que fuese necesario. Las amigas eran tan insustanciales como ella, pero al menos parecían algo más sobrias. Y si tenía que desahogarse con alguien, mejor que fuera con ellas.
—¿Y tú quién eres? —le preguntó una de ellas, con el pelo castaño largo liso como una tabla, mirándola de arriba a abajo con el ceño fruncido. De repente puso cara de horror—. ¿Ese top es de Primark?