Muerte de una influencer (Baker Street 1) 27 El plan
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27 El plan

El plan

Nina intentó abrocharse la chaqueta de pelo falso de colores que apenas le cubría la cintura.

Estaba congelada. Normal, por otra parte, teniendo en cuenta que era de noche y todavía estaban en febrero, invierno puro, y que se encontraba en medio de la calle, a la intemperie.

Llevaban un buen rato haciendo cola a la entrada de “Loop”, uno de los clubs de moda de Londres. Se rumoreaba que era el nuevo punto de encuentro favorito de futbolistas, actores, influencers y famosos en general. El lugar ideal para ver y dejarse ver.

¿Qué hacían allí? Buena pregunta.

Max había dicho “necesitamos un plan”, y después de una “investigación” en las redes sociales de su clienta —habían pasado una hora escrutando fotos, vídeos y leyendo comentarios—, decidieron acudir al club nocturno donde pasaba prácticamente todas las noches de la semana y desde donde subía incontables fotos y vídeos cada noche.

Aquello no era exactamente un plan. De hecho, fue lo primero que se les ocurrió: ir al “hábitat natural de Gigi”, como Max lo había llamado, y observar a la gente de su alrededor.

Así que allí estaban, un lunes por la noche, en la cola para entrar al club de moda, congelándose los dientes. Y el resto del cuerpo.

Nina se apoyó primero en un pie y luego en el otro, nerviosa. Miró al resto de la gente en la cola. Sus treinta y dos años le pesaban como si fueran ochenta. Se sentía anciana, rodeada de gente más joven, más alta, mejor vestida y más todo que ella.

Max, sin embargo, parecía estar en su elemento. Con una simple camisa oscura, pantalones negros y una americana por encima, el pelo en una especie de tupé y las gafas de pasta negra parecía recién salido de la portada de una revista.

Era la misma ropa con la que había ido a trabajar, pero se había quitado el jersey de cuello de pico gris que llevaba aquella mañana.

Apostados a unos metros de la puerta del club, media docena de paparazzi intentaban combatir el frío con termos de café y una botella de ginebra que compartían entre todos.

De vez en cuando, un coche se detenía frente al club, salía alguien (o varios alguienes) de él, los fotógrafos se volvían locos y un guardia de seguridad del club salía corriendo para escoltar a la celebrity de turno al interior.

—No me van a dejar entrar —dijo Nina por quinta vez en menos de media hora.

—Claro que sí —respondió Max, distraído, mirando por encima de las cabezas que les precedían en la cola—. Conozco un poco a uno de los tipos de la puerta. Ahora no me acuerdo de su nombre, pero lo tengo en la punta de la lengua.

—Si solo te dejan entrar a ti, sabes lo que tienes que hacer, ¿verdad?

Habían repasado aquello un montón de veces.

Pero no podía evitarlo, estaba nerviosa.

No era una detective, daba igual lo que pusiera en la placa de su oficina.

No sabía qué estaba haciendo allí, se había metido en un jardín y quería salir corriendo y olvidarse de todo el asunto.

Salir corriendo a casa, actualizar su currículum, cerrar la oficina, devolver los muebles.

De repente pasarse el resto de su vida mirando una pantalla de ordenador ocho horas al día bajo luces fluorescentes ya no le parecía tan malo.

—Mezclarme. Observar. No interferir —repitió Max, paciente—. Pero vamos a entrar los dos, no te preocupes.

Nina ni recordaba cuándo había sido la última vez que había ido de clubbing.

Seguramente en la universidad. A partir de los veintipocos, la música alta y los cócteles elaborados e hipercaros habían perdido su atractivo.

Ahora era más de pubs, sentada en una mesa con amigos, conversaciones tranquilas.

O lo había sido, antes de dinamitar su vida social por completo.

Empezó a tirar del top que llevaba hacia abajo, con la esperanza de que cubriera un poco más de su anatomía.

—Esto es ridículo —musitó entre dientes.

—No es para tanto.

Miró de reojo a Max.

—Es muy fácil para ti decirlo —dijo, en voz baja—. Tú no estás medio desnudo.

Tenía que reconocer que el noventa por ciento de las mujeres de la cola estaban todavía menos vestidas que ella. Volvió a echar un vistazo. Noventa y cinco por ciento.

Cuando decidieron ir al club aquella misma noche, Nina no había tenido más remedio que salir disparada a comprar algo de ropa “adecuada para la misión”. Obviamente, no guardaba ropa de fiesta en el armario de la oficina, e ir hasta casa estaba descartado: era una hora de ida y otra de vuelta.

Afortunadamente, Oxford Street, con sus dos millones de tiendas, estaba a quince minutos andando de su oficina.

Había comprado un top con brillos, unos tacones de plástico que la estaban matando y la chaqueta de pelo de teleñeco.

Era una absurdez, demasiado corta, y solo le quitaba frío en los brazos, pero imaginó que no podía entrar en uno de aquellos sitios envuelta en un abrigo hasta los pies, con gorro y bufanda de lana.

Había reciclado los pantalones negros que se había puesto esa mañana para la oficina.

Miró el reloj. Las diez y media de la noche. Intentó disimular un bostezo.

—Sabes que no puedo pagarte horas extra, ¿verdad? —le dijo a Max.

Se suponía que solo trabajaba cinco horas, aunque normalmente tenía que echarle de la oficina.

Todavía no podía aumentarle las horas del contrato ni pagarle horas extras, por lo menos no hasta que tuvieran cierto flujo de dinero. Con un cliente no bastaba, por muy famoso que fuese.

—No puedo irme, ¿cómo piensas entrar sin mí? Además, no me perdería esto por nada del mundo. Es... divertido —dijo, como si la palabra le sorprendiese incluso a sí mismo.

Nina le miró como si fuera un marciano. Su concepto de diversión estaba muy lejos del suyo.

Pero bueno, no era ella quien iba a decirle dos veces que se fuera.

Después de dos años en la cola —se le estaban empezando a poner los labios azules—, llegaron hasta los gorilas de la puerta y, sorprendentemente, tal como había vaticinado Max, no tuvieron problemas para pasar al interior del club.

Max saludó a uno de los porteros por su nombre —al final se había acordado—, se palmearon la espalda un par de veces, y el tipo abrió el cordón rojo para que pudieran pasar.

Nina se tropezó ligeramente con los tacones en la puerta y estuvo a punto de arruinar el efecto glamour.

¿A quién quería engañar? No había nada de glamour que arruinar.