Muerte de una influencer (Baker Street 1) 26 Las amenazas
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26 Las amenazas

Las amenazas

Nina observó las cartas desplegadas sobre su escritorio. Había exactamente una docena.

Eran igual de genéricas que las amenazas online —como si alguien hubiera utilizado una plantilla de “amenazas de muerte”: nada personal, nada revelador—, pero en este caso los mensajes estaban compuestos a la vieja usanza, con trozos de letras recortadas de revistas.

Había que reconocer que el sujeto, fuese quien fuese, había tenido paciencia. No sabía que la gente siguiera haciendo ese tipo de cosas fuera de las películas de los noventa.

Tenía una sensación extraña. Todo parecía... falso, como un escenario de cartón piedra. Como si alguien estuviera siguiendo un guión de cómo amenazar a alguien.

La clienta, Gigi, se había quedado en recepción con Max, rellenando una ficha con sus datos y firmando el contrato que habían acordado.

Cien libras la hora, dos mil libras por adelantado. Gastos aparte.

Ni siquiera había pestañeado cuando le dijo la cifra.

Nina había investigado y era la tarifa base para ese tipo de trabajos, por lo menos en Londres.

Más bien tirando a barato, pero teniendo en cuenta que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo —suerte que su clienta no lo sabía—, era más que suficiente.

Sonaron dos golpes en la puerta y, un segundo después, Max asomó la cabeza.

—Ya se ha ido.

Entró en el despacho y se sentó en una de las sillas al otro lado de su mesa.

Dio un silbido y agitó los papeles que llevaba en la mano, grapados en una esquina.

—Gigi Hargrave como primera clienta. No está mal. No está nada mal. Ha pagado las dos mil libras como quien paga un café.

Perfecto. Ahora solo necesitaban media docena más de clientes como ella para poder seguir pagando el alquiler de la oficina, comer y mantener el negocio a flote.

Pero bueno, poco a poco. Lo importante era que tenían un cliente. Por fin.

—¿Esas son las cartas? —preguntó Max, señalando con la barbilla los papeles sobre la mesa.

Nina asintió.

—Me lo ha contado todo —continuó Max—. También me ha enseñado los mensajes del móvil.

Genial. Ya sabía otra cosa de su primera clienta: la discreción no era su fuerte.

—Ha borrado los mensajes originales, pero nos va a pasar los pantallazos por email —dijo Nina.

No sabía qué iba a hacer con ellos, pero bueno. La verdad, no sabía por dónde empezar.

—Por cierto —Max se inclinó hacia adelante en la silla—, nos ha encontrado por el anuncio de Facebook que puse el otro día. De nada.

Sonrió, satisfecho. Nina frunció el ceño. ¿No había dicho Gigi que Facebook era “de viejos”?

Era Max quien la había convencido para poner un anuncio allí y quien se había ocupado de ello. Ella no tenía ni idea de cómo funcionaba el asunto.

La miró, una sonrisa bailándole en los labios.

—¿De verdad no la habías reconocido?

—¿Te lo ha dicho?

—Estaba ligeramente... molesta, digamos.

Nina se encogió de hombros.

—Yo qué sé... me sonaba de algo, pero no he caído. ¿No era antes rubia?

—Eso fue hace dos años. El año pasado, pelirroja; y este, morena.

—No estoy muy puesta en el mundo influencer, si te soy sincera.

—Ahora se llaman “creadores de contenido” —le advirtió Max.

Nina se acercó el portátil y tecleó el nombre de su clienta en el buscador. Su cuenta de Instagram era el primer resultado.

La abrió, y echó un vistazo al collage de fotos en la pantalla. Fiestas en Ibiza, fotos al borde de la piscina en villas de lujo, noches de clubs, tardes de compras en las tiendas más caras de Londres...

—¿Contenido? Son fotos de sus bebidas y poses de yoga con puestas de sol de fondo. —Siguió desplazándose por la página—. ¿Cómo consigue uno diez millones de seguidores con esto? ¿Me he confundido de profesión?

Max negó con la cabeza.

—Tienes que ser famosa de antes.

Y Georgina Gigi Hargrave lo era desde su nacimiento: sería una influencer, creadora de contenido o como se llamase ahora, pero su clienta no estaba al mismo nivel que las mujeres de futbolistas, por mucho dinero que tuviesen, y exconcursantes de reality shows.

Gigi pertenecía al grupo de socialités de familia con abolengo, colegios privados —más bien internados— y familiares en la Cámara de los Lores. O al menos eso ponía en su página de Wikipedia. Eso y que tenía veintinueve años, no los veinticinco que le había echado en un principio.

Su árbol genealógico incluía un bisabuelo en el gobierno de Churchill, unos padres famosos —su madre había sido modelo en los noventa— que habían muerto en un accidente de coche, y una hermana gemela que en ese momento estaba “desestresándose” en un spa en el Lago de Como.

Sabía quién era Gigi Hargrave; que no la hubiera reconocido al primer vistazo no quería decir que su nombre —y sobre todo su apellido— no lo conociese casi todo el mundo. Lo que no sabía era cómo había acabado en su despacho, siendo su primera clienta.

Apoyó los brazos cruzados sobre el escritorio y enterró la cara en ellos.

—¿Cómo me he metido en esto?

No especificó en qué, pero no hacía falta; como siempre, su recepcionista le leyó la mente.

—No te preocupes —dijo Max, con su habitual y absurdo optimismo—. Podemos aprender sobre la marcha. No son más que amenazas, tampoco es que sea un caso de vida o muerte.

Nina levantó la cabeza para mirarle.

—Son amenazas de muerte. Es un caso de vida o muerte por definición.

Max hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.

—¿Qué influencer no recibe amenazas? Lo raro sería lo contrario.

Nina cogió una de las cartas y se la tendió. Max la miró como si fuera una serpiente, sin cogerla.

—No deberíamos, no sé... ¿no tocarla para poder sacar huellas?

—A buenas horas, le he preguntado a Gigi y dice que se las ha enseñado a no sé cuántas personas, y ella también las ha tocado.

Max cogió la carta.

—¿Se las ha enseñado? ¿A quién?

—A unas cuantas de sus amigas, para empezar. “Para ver qué opinaban ellas”. A saber a quién más, lleva días paseándose con las cartas en el bolso.

Max movió la cabeza a uno y otro lado. Luego empezó a leer la carta que tenía entre las manos y silbó.

—Ya no se ven muchas de estas... alguien ha tenido que comprar un montón de revistas para recortar letras. ¿Cuántas hay?

—Doce en total. Y le han llegado todas en las últimas dos semanas. La última es de hace dos días.

Levantó la vista de la carta y la miró a través de los cristales de sus gafas ligeramente torcidas.

—¿Doce cartas en dos semanas?

—Eso no es lo peor. —Nina se frotó la frente. Aquello le quedaba grande. Enorme. Y había cogido el dinero de la clienta, había firmado el contrato. Ya no podía echarse atrás—. Lo peor es que no tienen matasellos. Las han echado directamente en su buzón.

Su recepcionista frunció el ceño, la vista fija en las cartas.

—¿Por qué no ha ido a la policía? Una cosa son los privados de los colgados en Instagram, y otra esto.

—Dice que no quiere que se filtre y que empiecen a seguirla paparazzi a todas partes.

Una pensaría que eso le vendría bien. Publicidad gratis y todo eso. Otro millón de seguidores más.

—No sé ni por dónde empezar —dijo Nina, mirando al infinito.

—Necesitamos un plan —dijo Max, como si eso lo arreglara todo.