Muerte de una influencer (Baker Street 1) 25 Gigi Hargrave
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25 Gigi Hargrave

Gigi Hargrave

Antes de abrir la agencia, Nina tuvo que tomar una decisión. Bueno, tuvo que tomar más de una, pero aquella tenía que ver con la decoración: podía amueblar la oficina con muebles baratos o podía elegir lo mejor para reflejar el tipo de servicio que quería ofrecer.

La pega era que los ahorros de los que disponía no eran infinitos, y no quería gastarse una fortuna sin saber si el experimento le iba a salir bien o no. Así que contrató a una empresa especializada en decorar espacios con muebles de alquiler.

Eligió el estilo —clásico, cálido y confortable; nada de cristal ni muebles blancos— y ellos se encargaron de todo lo demás.

Además de la mesa de su despacho y los armarios pesados de madera oscura para guardar archivos, habían diseñado un espacio frente a la chimenea, con un par de butacas y un sofá de dos plazas de piel color whisky sobre una alfombra mullida.

Era un rincón para que los clientes se sintieran más cómodos a la hora de hablar.

Una casi se olvidaba de que estaba en una oficina y podía relajarse frente al fuego, con un té y un libro.

Allí fue donde decidió entrevistarse con su primera clienta.

Antes de que la mujer pudiera contarle qué la había llevado hasta allí, Max llamó a la puerta y entró con la bandeja del té.

Se inclinó para colocarla sobre la mesita entre ellas, y la mujer le miró con los ojos muy abiertos, como si se hubiera quedado hipnotizada observando la perfección que era Max visto de cerca.

Mientras la clienta escrutaba a su recepcionista, Nina aprovechó para hacer lo mismo con ella: nariz demasiado perfecta para ser real (o había ganado la lotería genética, que también era posible), delgada como una modelo de pasarela, igual de alta, los ojos color miel, más marrones que verdes, y los labios pintados de color rojo oscuro.

Manicura perfecta, pelo perfecto, maquillaje perfecto.

Pantalones anchos de tiro alto, blusa de satén y botines de piel, todo color crema, como el abrigo que Max había colgado en el perchero al lado de la puerta, cogiéndolo casi con reverencia, como si fuera un recién nacido.

Un color de ropa que no sobreviviría un viaje en el metro de Londres.

Pero la mujer tampoco tenía pinta de pisar mucho el metro, la verdad.

Completaban su look de portada de revista unos pendientes grandes de aro dorados que oscilaban con cada movimiento de su cabeza, y un Rolex en la muñeca lo suficientemente grande y ostentoso para convertirla en una víctima perfecta del delito de moda en Londres: separar a los relojes de lujo de sus dueños para luego huir en una vespa.

Max terminó de colocar la bandeja y las dejó solas.

El ritual de preparación del té —“¿cómo lo toma?”, preguntó Nina, justo cuando la clienta decía “¿no tenéis matcha?”— rellenó un poco el silencio incómodo que se había instalado en el despacho.

La mujer cogió su taza de té como si fuera un artefacto explosivo y miró a su alrededor por encima del borde de la taza, con su perfecta nariz levantada en el aire, como si lo que estuviera viendo no acabara de convencerla del todo.

Nina se quedó sentada en el borde de su butaca, con el cuaderno de notas en la mano. Parecía una terapeuta, esperando a que su paciente le dijera qué le preocupaba.

El pánico la invadió de repente, sin avisar.

No tenía ni idea de lo que estaba haciendo.

No estaba preparada. En absoluto.

¿Qué sabía ella de investigar, qué cualificaciones tenía? Respuesta rápida: nada, y ninguna.

Se podía haber dado cuenta antes, mientras estaba buscando una oficina para alquilar, o antes de llenarla de muebles, o antes de contratar a un recepcionista.

Pero no: había esperado a tener a su primera clienta sentada frente a ella, sorbiendo delicadamente de su taza de té, para darse cuenta de que estaba infracualificada, perdida, absurdamente fuera de lugar.

Decidió no entrar en pánico. En realidad, decidió que no podía permitirse entrar en pánico.

Intentó recordar en qué estaba pensando cuando decidió abrir la agencia, aquel aciago día de noviembre.

Estaba pensando en que no podía ser tan difícil —ja—, y en que siempre le habían gustado los misterios.

Como aquella vez, en su penúltimo trabajo, cuando descubrió quién estaba robando de la nevera el almuerzo de Randy, el nuevo becario. Resultaron ser varias personas, porque se lo preparaba su madre y había que reconocer que era delicioso.

En realidad, tampoco fue muy difícil de descubrir: con husmear un poco alrededor de la oficina y ver la cara de culpable de los responsables había bastado.

Luego estaba aquella otra vez en que había ayudado a Jimmy, otro compañero de trabajo, a desenmascarar a su malvado marido infiel.

Tampoco había sido un trabajo tremendamente difícil, teniendo en cuenta que el citado malvado e infiel marido había dejado pruebas por todas partes: por ejemplo, una factura de una noche de hotel en Brighton en el cajón de la mesita de noche, en las mismas fechas en que se suponía que estaba de viaje de negocios en Edimburgo.

Vale, no era precisamente Sherlock.

Pero era una Holmes.

Podía aprender. Todo se podía aprender en la vida. Más o menos.

Una gota de sudor resbaló por su espalda. Tragó saliva y por fin se decidió a preguntar:

—¿En qué puedo ayudarla?

La mujer dejó la taza de té sobre el platillo con un “clac” de la porcelana y, acto seguido, empezó a lagrimear.

Se secó los ojos con un pañuelo blanco bordado —en serio— que sacó de su bolso Birkin de piel de cocodrilo. Amarillo. El bolso era amarillo; imaginó que el cocodrilo original no.

Nina dejó sus divagaciones mentales cuando la mujer decidió por fin abrir la boca.

—No sé qué hacer —dijo, con el punto justo de desesperación.

Nina esperó pacientemente a que la mujer terminara de explicarse.

Nunca hay que meter prisa al cliente. Hay que dejarle hablar, darle espacio para que nos cuente su problema, por qué ha acudido a nosotros.

Lo había leído en alguna parte, no estaba segura si en un libro o en un artículo en internet.

Nina se inclinó ligeramente en su asiento, ladeó la cabeza y puso cara de preocupación. Esperaba no estar sobreactuando.

La mujer suspiró, se secó las lágrimas dándose golpecitos en las mejillas —imaginó que para no arruinar su maquillaje— y guardó el pañuelo en su Birkin amarillo.

—Estoy recibiendo amenazas.

Por fin.

—¿Amenazas? —preguntó Nina, para darle pie a seguir hablando.

—Alguna por TikTok... —la mujer sorbió de la taza de té, para darse valor. Luego se inclinó y susurró—. Pero sobre todo por Instagram.

—¿Facebook? —preguntó Nina.

La mujer arrugó la nariz.

—Eso es de viejos.

Teniendo en cuenta que su clienta no parecía pasar de los veinticinco, no se lo tuvo mucho en cuenta.

—¿Ha ido a la policía?

Hizo un gesto con la mano, como apartando la sugerencia.

—¿Para qué? No me van a hacer caso. Eso si no se ríen de mí directamente.

No le faltaba razón. Las amenazas por redes sociales no eran inusuales. No había suficientes policías en el mundo para investigarlas todas.

—¿Qué tipo de amenazas?

La mujer sacó su móvil del bolso amarillo. Era uno de esos que se desplegaban como si fuese un libro.

—Las borré de los privados, pero tengo pantallazos.

Empezó a mover el dedo por la pantalla y le tendió el móvil.

Nina echó un vistazo a los mensajes. Los había metido en un álbum al que había llamado AMENAZAS DE MUERTE.

“Prepárate para morir”, “Ha llegado la hora de morir”, “Empieza la cuenta atrás”, etc., leyó Nina en silencio. Todo bastante genérico. Contó de veinte a veinticinco mensajes en el mismo día, hasta que se cansó de pasar imágenes.

Las amenazas provenían del mismo usuario, su nombre una amalgama de números y letras aleatorios que no decía nada. Su foto de perfil era un cactus.

Si eso era todo, poco podían hacer.

—Puede poner Instagram en modo privado —sugirió Nina. Era lo único que se le ocurría.

La mujer la miró horrorizada.

—¿Poner mi Instagram privado? —preguntó, como si hubiese sugerido vender a su primogénito en el mercado negro—. ¿Es que no sabes quién soy?

Llevaban allí sentadas un rato, pero la clienta todavía no le había dicho su nombre. Aunque estaba segura de que era lo siguiente que iba a salir de su boca, y no se equivocó.

—Georgina Hargrave —dijo, en tono altivo—. Gigi.

Gigi Hargrave... Le sonaba el nombre, pero no estaba segura de qué. No terminaba de ubicarla.

Cuando su declaración no suscitó el efecto deseado, su clienta —Gigi— resopló, impaciente.

—Tengo diez millones de seguidores en Instagram —añadió la mujer, y Nina casi tiró al suelo el móvil de su clienta que todavía tenía en la mano.

No sabía mucho de redes sociales, pero imaginó que eso era mucho. Diez millones de cualquier cosa eran mucho.

Lamentablemente, eso lo complicaba todo. Con esa cantidad de seguidores, las amenazas eran más o menos normales. Gajes del oficio.

Volvió a ojear los pantallazos en el móvil. La verdad, ahora le parecían hasta pocos.

—¿Estos son todos los mensajes?

La mujer asintió con la cabeza.

—Pero no empecé a preocuparme de verdad hasta que me llegó esto...

Entonces fue cuando sacó un manojo de cartas del bolso de cocodrilo amarillo.