Muerte de una influencer (Baker Street 1) 24 La primera clienta
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24 La primera clienta

La primera clienta

Nina estaba sentada en el suelo del recibidor, frotándose la sien, contemplando todas las decisiones que la habían llevado a aquella posición exacta en la vida, cuando Max entró por la puerta de la oficina con dos cajas de pizza entre los brazos.

—¿Por qué está la puerta abierta...? —empezó a decir, y luego, al verla en el suelo—: ¡Nina!

Soltó las pizzas sobre la mesa de recepción y se agachó a su lado.

—¿Qué ha pasado? ¿Te has caído? —preguntó, como si tuviese ochenta años.

—No me he caído —respondió ella entre dientes.

El olor a pizza inundó la oficina y agudizó las náuseas que el golpe del desconocido le había provocado. También le recordó que tenía hambre.

Se llevó de nuevo la mano a la sien. Le dolía horrores, pero al menos no vio sangre cuando se miró la mano.

—¿Qué ha pasado? —volvió a preguntar Max—. ¿Te has dado un golpe en la cabeza?

Le puso una mano en la sien y presionó ligeramente.

—¡Aaaaaaah!

Le apartó la mano a manotazos.

—No seas quejica —dijo Max—. Será mejor que no te muevas. Quizás tengas una conmoción. ¿Has perdido el conocimiento?

Empezó a negar con la cabeza, pero el movimiento hizo que el golpe le doliera aún más.

—No.

Se había caído al suelo por el golpe, pero no había perdido el conocimiento. Algo era algo.

—¿No te habrás tropezado con un tipo con un dardo clavado en el hombro, verdad? —preguntó Nina—. ¿Por las escaleras, o en el callejón...?

—¿Un dardo? ¿Un tipo? —La miró con el ceño fruncido—. ¿Qué ha pasado exactamente?

Decidió que ya llevaba demasiado tiempo en el suelo, sintiendo pena de sí misma. Max la ayudó a levantarse y a sentarse en una de las dos sillas que tenían para los clientes, al otro lado de la mesa de recepción.

—Estaba en mi despacho cuando he oído la puerta —rememoró Nina—. Pensé que eras tú con las pizzas, pero al salir del despacho, alguien me ha dado un golpe en la cabeza. Tenía un dardo en la mano; se lo he clavado al tipo en el hombro.

Le había lanzado el dardo al asaltante sin pensar. Había sido sobre todo la adrenalina. El intruso había salido corriendo, aullando de dolor, con el dardo todavía clavado.

—¿Estás segura de que era un hombre?

—O era un hombre, o la mujer más grande y fuerte que he visto en mi vida.

—¿Le has visto la cara?

La verdad era que todo había pasado muy deprisa, y la adrenalina y el temor por su vida hacían que una no se fijara en los detalles.

—No. El golpe ha sido desde un lado, y cuando ha salido corriendo solo le he visto la espalda.

Sonrió un poco al recordar el grito del tipo cuando le había clavado el dardo. Se lo tenía bien merecido, por atacar a gente que estaba tranquilamente en su oficina, esperando el almuerzo sin meterse con nadie.

—¿Te has quedado con algún detalle más?

Se lo pensó unos segundos.

—Era un poco más alto que tú. Más corpulento. No sé. Tenía barba, creo. —Se frotó la sien de nuevo—. Aunque eso último quizás me lo estoy inventando. Pregúntame dentro de un rato y te diré que tenía un diente de oro y un halcón en el hombro.

—Estás delirando. Será el golpe en la cabeza. ¿Cuántos dedos ves?

Max, en cuclillas frente a ella, agitó tres dedos a dos centímetros de su cara.

La miraba con preocupación, con sus ojos verdes, a veces azules, dependiendo de la luz.

Tenía una envidia terrible de la gente con ojos de colores.

Los suyos eran marrones, aburridos, como su pelo y toda ella en su conjunto.

Max tenía el suyo revuelto, seguramente del viento o de las manos de Lisa, y las gafas un poco torcidas. La verdad es que era adorable. Casi prefería que no hubiese estado cuando entró el intruso, no fuera a hacerle daño.

—Veo tres dedos, Max. Tengo un golpe en la cabeza, no me he quedado ciega. Y no estoy delirando. Pero digo tonterías cuando estoy nerviosa.

Max sonrió un poco.

—¿Solo cuando estás nerviosa?

Nina suspiró. Hora de pasar página. Tenía hambre, y llevaba media hora oliendo a pizza.

—¿Comemos, o qué? —preguntó, irritada.

Max se enderezó las gafas y se sentó a su lado, en la otra silla destinada a los clientes.

—¿Y ya está? ¿No vamos a llamar a la policía?

—¿Para qué? No se ha llevado nada. Está claro que el tipo pensó que la oficina iba a estar vacía, le he sorprendido y ha salido corriendo.

Max no parecía muy convencido.

—¿Estás segura?

Se encogió de hombros.

—¿Qué va a hacer la policía? Ya te digo que no se ha llevado nada... Considéralo una advertencia, para que la próxima vez cierres la puerta al salir.

La puerta de la oficina tenía una cerradura absurda: había que cerrarla con llave por fuera para mantenerla cerrada, pero no hacía falta llave para abrirla desde dentro.

Max frunció el ceño y la miró con extrañeza.

—He cerrado la puerta —dijo, serio—. Con llave.

No se lo tuvo en cuenta, seguramente se le habría olvidado. Al fin y al cabo, era un gesto mecánico. No merecía la pena darle más vueltas. Aquello era Londres y, aunque estaban medio escondidos en un callejón, la oficina estaba bastante céntrica.

Comieron las pizzas en silencio, sumidos cada uno en sus propios pensamientos, ella con un dolor de cabeza brutal por culpa del golpe.

—¿Qué ha sido de tu novia?

Max se revolvió un poco en su asiento, nervioso, como cada vez que Nina mencionaba la palabra novia en su presencia. Lo había hecho a propósito.

—Tenía que volver al trabajo. Era su hora del almuerzo.

—¿Cuántos años tiene Lisa? —preguntó Nina.

—¿A qué viene esa pregunta ahora?

Nina ojeó la caja con su pizza, dudando si coger otra porción. Todavía no se le habían quitado las náuseas del todo.

—Curiosidad.

—Veintitrés —respondió, incómodo—. ¿Qué? No me mires con esa cara. Solo le llevo cuatro años.

—¿Sabes que la corteza prefrontal del cerebro, la que toma las decisiones, no acaba de desarrollarse hasta los veinticinco años, verdad? —Nina se decidió por fin y cogió otra porción de pizza—. ¿No te molesta estar saliendo con una semiadulta?

Max se quedó pensando unos segundos, mientras masticaba su pizza.

—Si tengo que ser sincero, seguramente yo tampoco tenga la corteza esa desarrollada.

Buen argumento, y probablemente cierto. Tenía que reconocérselo.

—Además —añadió—, tampoco me voy a casar con ella. Solo estamos pasando el rato.

De repente, sintió una inesperada camaradería hacia la pobre infeliz.

—¿Lo sabe ella? —preguntó, levantando las cejas.

—No estamos en la fase de declarar nuestro amor incondicional el uno por el otro.

—No lo estarás tú —musitó Nina.

* * *

Por si aquel día no hubiese sido lo suficientemente memorable, un par de horas después apareció por fin el primer cliente de Addington Investigaciones.

O, mejor dicho, la primera clienta. La mujer entró en su despacho envuelta en una nube de perfume caro y ropa que costaba más que el alquiler anual de su oficina.

Igual de caro era el corte de pelo perfecto, un bob castaño oscuro a la altura de la barbilla, con las puntas y el flequillo tan rectos como si los hubieran cortado con láser. Unas gafas de sol enormes le tapaban la mitad de la cara.

Se desprendió del abrigo que llevaba puesto, de color crema, largo hasta los pies, y se lo tendió a Max sin mirarle, como alguien acostumbrado a que le colgaran los abrigos.

Después de que Max las dejase solas en su despacho, la mujer se quitó las gafas de sol dramáticamente, como si fuera una actriz de Hollywood a la que estuviesen persiguiendo los paparazzi.

—Necesito ayuda —dijo.

Nina tuvo que morderse la lengua para no responder: “pues ha venido al lugar correcto”.