Muerte de una influencer (Baker Street 1) 23 Maxwell Brown
37%

23 Maxwell Brown

Maxwell Brown

Max estaba apoyado en la mesa de recepción, con una rubia pequeñita prácticamente encaramada a él.

Había olvidado mencionar una cosa. Y esa cosa era Lisa: la novia ocasional o intermitente de Max. Nunca sabía cuándo habían roto o cuándo se habían vuelto a reconciliar.

Nina carraspeó y se cruzó de brazos. Lisa se despegó de Max —no sin esfuerzo— y se volvió para mirarla.

Max también la miró, encogiendo un poco los hombros, con una expresión que decía qué se le va a hacer, es Lisa.

Nina le devolvió la mirada. La suya decía: ¿y si llega un cliente de repente, qué? Vale, no había entrado nadie en casi un mes, pero tenían una imagen que mantener.

Era curioso: Max llevaba solo tres semanas trabajando para ella, pero prácticamente podían comunicarse sin palabras. Demasiado tiempo juntos, jugando a los dardos y haciendo nada.

Lisa soltó una de sus risitas.

—Uy, jijiji, Nina.

Es Ms. Addington para ti, pensó, pero no dijo nada. Prefería no interactuar con Lisa, si podía evitarlo.

Lisa era una de esas personas empeñadas en perpetuar estereotipos y prejuicios absurdos, como si no hubiese pasado ya más de un cuarto de siglo del nuevo milenio y todos estuviesen anclados en una serie de televisión de los noventa.

Entre otras cosas, creía que una jefa mujer era una amenaza para la integridad de su relación y se presentaba en la oficina sin avisar, a diferentes horas cada día.

Con el tiempo, Nina se dio cuenta de que el problema no lo tenía con ella personalmente: Lisa era igualmente celosa con cualquier elemento femenino que entraba en la órbita de Max.

Lo más curioso era que tenía un puesto de becaria en un despacho de abogados.

Cómo se las apañaba para escaparse del trabajo y pasarse por la oficina casi todos los días, era un misterio.

Se la imaginaba corriendo por las aceras londinenses, con uno de sus trajes de chaqueta de color pastel —el de hoy era amarillo claro—, para intentar pillarles in fraganti.

Haciendo qué, no estaba segura. Prefería no pensarlo mucho.

—Lisa —dijo Nina, por todo saludo.

Max tuvo el detalle de parecer un poco avergonzado.

—Estaba por la zona haciendo un recado, y me he dicho, ya sabes, voy a hacerle una visita a mi Max.

—Sí, ya sé. —No sabía lo que tenía que saber, pero bueno. Irrelevante. Se volvió hacia Max—. Escucha, has perdido. Te toca comprar la comida. ¿Quieres ir ahora, aprovechando que está aquí Lisa?

Traducción: por favor, llévatela de aquí.

Max suspiró, resignado —antes de descolgar la diana, su dardo estaba claramente clavado en el tres— y rescató su chaqueta del respaldo de la silla.

—¿Qué toca hoy? —preguntó.

Nina pensó un instante en el calendario online que habían hecho, teniendo en cuenta los locales de comida para llevar que había alrededor de la oficina.

Ya lo había dicho: demasiado tiempo libre.

—Pizza.

—¿Alguna petición?

—No piña.

—Sabes, Nina... —Lisa movió la cabeza de un lado a otro, como si fuese a decir algo muy doloroso, pero necesario—. Tendrías que empezar a cuidarte un poco. Ya sabes, comer más ensaladas, fruta... no creo que la comida procesada te haga bien, a tu edad.

Max se quedó con el gesto de ponerse la chaqueta a medias.

Sí: aparte de celosa, irritante y esencialmente molesta, Lisa era la persona más maleducada que había tenido la desgracia de conocer en su vida. Y había conocido a unas cuantas.

—Me gusta vivir peligrosamente —se dirigió a Max—. Que tenga carne. Mucha.

Se dio la vuelta y se metió en su despacho. Tres segundos después oyó el ruido de la puerta de la calle al cerrarse.

* * *

Nina aprovechó que se había quedado sola para volver a colgar la diana y practicar un rato.

Tampoco tenía nada más que hacer hasta que volviese Max con la comida.

Su recepcionista no era el summum de la profesionalidad —para muestra, la diana—, y Nina no solía quejarse, o mejor dicho, no podía quejarse, con lo que le pagaba. Pero aun así, iba a tener que hablar con él: la presencia constante de Lisa y su risita la estaban volviendo loca.

Tendría que hacerlo con tacto, claro. Nada de ultimátums. No podía permitirse perder a Max: encontrarle había sido un pequeño milagro.

El mismo día que puso un pie en su nueva oficina, se dio cuenta de que iba a necesitar un recepcionista.

La oficina se dividía en dos estancias: la puerta de entrada daba a un vestíbulo amplio, con un cuarto de baño y, oculta tras una puerta, una micrococina equipada con un minúsculo fregadero.

Nina había comprado un microondas, hervidor para el té y una cafetera de filtro. No cabía nada más.

Otra puerta conducía a lo que acabaría siendo su despacho: una estancia mucho más grande y con la única ventana de toda la oficina.

Ya que tenía una recepción, lo lógico era instalar allí una mesa y contratar a alguien para recibir a los clientes, llevar las cuentas y contestar el teléfono. Al menos, si quería que la tomaran en serio.

El mismo día que firmó el contrato de alquiler de la oficina puso un anuncio en varias webs de empleo para buscar a su recepcionista.

Tenía que ser alguien joven, por fuerza, porque el sueldo iba a ser horrible, exiguo, casi testimonial.

El sueldo mínimo, que en Londres no llegaba casi ni para pagar el metro y los cafés.

E incluso eso era demasiado para su presupuesto, así que había tenido que reducir la jornada de su futuro recepcionista a cinco horas al día.

Ella ni siquiera se había puesto un sueldo todavía. Primero tenía que sacar para el alquiler.

Las respuestas a su anuncio habían sido nulas, para sorpresa de nadie.

Pasaron unos cuantos días y, cuando ya había perdido la esperanza y se había resignado a contestar ella misma la puerta y el teléfono, le llegó un currículum.

Lo leyó con atención, vio que era moderadamente normal —un estudiante de posgrado con algo de experiencia en atención al público— y concertó una entrevista en su recién estrenada oficina.

Así fue como conoció a Max.

Lo primero que pensó cuando abrió la puerta a su potencial nuevo empleado fue que se había equivocado al llamar.

Decidió contratarle al instante. No hacía falta ni que abriese la boca.

Alto, pelo castaño, joven. Vestido normal, con un jersey de cuello de pico gris encima de una camisa blanca, vaqueros oscuros. Gafas de pasta negra y mandíbula de superhéroe.

Las gafas de pasta negra y el jersey le hicieron dudar. Esperaba que no fuese un hipster. No tenía nada en contra de los hipsters, pero prefería no trabajar con uno.

El hombre —Maxwell Brown, según su currículum— sonrió, y Nina se vio cegada por una perfecta sonrisa de anuncio. Por un momento temió que se hubiese confundido de oficina, que estuviese buscando una agencia de modelos o algo así y hubiese llamado a su puerta por error.

—¿Nina Addington? —preguntó.

Y la voz... la gente iba a llamar a su oficina solo para oírla al otro lado del teléfono.

Qué demonios, ella iba a llamar a su propia oficina solo para oírla.

Nina carraspeó.

—Yo. Soy yo. La misma.

Se suponía que era el entrevistado quien tenía que estar nervioso, y no ella. Tras una breve charla —el hombre le contó que estaba haciendo un doctorado y buscaba algo con pocas horas y flexible—, le contrató en el acto. No quería darle tiempo a arrepentirse.

Aun así, el sueldo era miserable y las horas, pocas, así que casi se vio en la obligación de preguntarle por qué quería ese trabajo. A riesgo de que reflexionase y saliese corriendo.

—¿Ayudante de detective privado? —Maxwell “pero todo el mundo me llama Max”, como le había dicho al principio de la entrevista, sonrió de nuevo, con su sonrisa deslumbrante. Nina parpadeó un poco, como si estuviera mirando directamente al sol—. Suena divertido.

—Recepcionista —matizó ella, no fuese a ser que se llevase la impresión equivocada.

Le repitió el sueldo, para estar segura de que lo había entendido bien.

Dijo que sí.

No le hizo falta nada más.

Y así fue como Max (y con él, desgraciadamente, Lisa) habían entrado en su oficina y en su vida.

Nina siguió lanzando dardos, uno detrás de otro, con mayor o menor suerte, mientras pensaba en formas de matar a Lisa y que pareciese un accidente, cuando volvió a oír el ruido de la puerta de entrada al abrirse.

No oyó risitas. Eso quería decir que Max había vuelto solo.

Miró su reloj. Y muy rápido. Habían pasado solo veinte minutos. Teniendo en cuenta que se había ido con Lisa, no le esperaba antes de media hora, como mínimo.

Abrió la puerta de su despacho con uno de los dardos en la mano.

—Max, no me importa que tu novia venga a visitarte de vez en cuando, pero...

La segunda parte de la frase se perdió para siempre, como lágrimas en la lluvia. Vio una sombra moverse a su izquierda y alguien le dio un golpe en la cabeza.