22 Addington Investigaciones
Addington Investigaciones
Tres meses después
—Si le doy al centro, pagas tú la comida —dijo Nina. Entrecerró los ojos para concentrarse en la diana colgada detrás de la puerta de su despacho.
Lanzó el dardo y, a pesar de la preparación y del tiempo que llevaba practicando, acabó clavado a la derecha, en la zona blanca y negra.
Diez miserables puntos. La puntería nunca había sido lo suyo.
Max, su recepcionista, había aparecido tres días antes con la diana, que había conseguido en una tienda de segunda mano.
“Para entretenernos hasta que aparezcan los clientes”, había dicho.
La habían colgado detrás de la puerta de su despacho, por dentro.
Como se les escapase un dardo ya podía ir despidiéndose de la fianza de la oficina.
Como acababa de demostrar, tres días no eran suficientes para convertirse en una maestra de los dardos, pero si los clientes tardaban un poco más en aparecer, Max y ella iban a acabar en las Olimpiadas.
¿Había dardos en las Olimpiadas? Otra cosa que tenía que googlear. Últimamente, ese parecía su oficio: buscar cosas en internet.
—¿Dos de tres tiradas? —preguntó, esperanzada.
Max negó con la cabeza.
—¿Con lo que me pagas? —dijo, con una media sonrisa. Era el enésimo comentario del día sobre su exiguo sueldo, pero ya estaba acostumbrada—. Prefiero no arriesgarme. No me importa bajar a por la comida, pero quien saque más puntos, gana. Y el que pierda, paga.
Max fue a lanzar el dardo justo cuando llamaron a la puerta de la oficina. La distracción hizo que su dardo acabara clavado en la parte baja de la diana, en un sitio todavía peor que el de Nina.
Se movieron con rapidez: Max descolgó la diana —primero quitó los dardos—, se la pasó a Nina, que la metió debajo de su escritorio. Max fue a abrir la puerta de entrada, cerrando primero la de su despacho, mientras ella se sentaba tras la mesa e intentaba parecer profesional.
Todo el proceso había durado menos de treinta segundos. Lo habían ensayado un par de veces para que los potenciales clientes —si aparecían, cuando apareciesen— no les pillasen jugando a los dardos.
Nina respiró hondo, nerviosa, y movió el cuaderno y el bolígrafo que tenía sobre la mesa. Luego movió el ratón para despertar la pantalla del portátil.
Muchas cosas habían pasado desde aquella tarde lluviosa de noviembre, cuando tomó la decisión de convertirse en detective privado.
Porque era eso lo que había hecho: esa era la “gran revelación”, la señal que había estado esperando.
Aunque ese día en concreto, tres meses después, casi había dejado de creer en señales, en revelaciones, en su destino, e incluso en su sentido común. Si es que alguna vez lo había tenido.
Como iba diciendo, muchas cosas habían pasado en los últimos meses: ahora tenía una oficina, una placa de latón en la entrada del edificio que decía “Addington Investigaciones” —la había colgado ella misma casi un mes antes, justo antes de abrir la oficina—, y un recepcionista.
Lo que no tenía era clientes, la más remota idea de lo que estaba haciendo y, dentro de poco, tampoco tendría dinero para sobrevivir.
¿Qué sabía ella de llevar una agencia de detectives, de investigar? Absolutamente nada. Pero se le había ocurrido la genial idea aquella tarde lluviosa en la que Frederick Pearson la había amenazado en un club pijo de Londres, y no había conseguido quitársela de la cabeza.
Una vez tomada la decisión, no había parado ni un instante.
Empezó investigando los requisitos para establecerse como detective privado y se sorprendió cuando vio que no había ninguno.
Cualquiera podía hacerlo, colgar su propia placa, hacerse unas tarjetas de visita y llamarse a sí mismo detective privado.
Un poco inquietante, sí; pero a ella le venía de perlas.
Le habría gustado ubicar la agencia en Baker Street —habría sido la guinda—, pero cuando se enteró de lo que costaban allí los alquileres casi le dio un infarto.
Así que había acabado en un callejón sin salida paralelo a Baker Street, llamado Sherlock Mews, donde sí podía permitirse una oficina.
Bueno, apenas. Con un poco de esfuerzo. Y durante un tiempo determinado.
Concretamente seis meses, que había pagado por adelantado, de los cuales había transcurrido ya casi uno.
Eso quería decir que le quedaban cinco meses para empezar a generar el suficiente dinero como para mantener la agencia a flote.
Si no encontraba un buen puñado de clientes en ese tiempo, estaba perdida. Toda su inversión a la basura.
Y no había sido una inversión despreciable: todos los ahorros que había acumulado el año y medio que había estado viviendo frugalmente, con el trabajo horrible y el piso-armario, porque pensaba que le iba a hacer falta para la residencia de su abuela.
Después de su muerte se había encontrado sin trabajo, sin oficio ni beneficio; con solo una idea loca de lo que quería hacer con su vida, pero al menos con suficientes ahorros como para intentarlo.
Le pareció una señal —últimamente todo le parecía una señal— y un regalo de su abuela, todo al mismo tiempo.
Seguramente un psicólogo la habría analizado en cinco minutos y le habría dicho que se había lanzado a aquella aventura para paliar la soledad, para entretenerse y mantenerse ocupada y no pararse a pensar mucho después de la muerte de su abuela Lu.
Y habría acertado.
Así que allí estaba, sentada detrás de la mesa de su despacho, esperando al que podía ser su potencial primer cliente.
Su potencial primer cliente en casi un mes. ¿Qué habían hecho durante aquel tiempo? No mucho: poner en marcha la página web, los perfiles en redes sociales, ese tipo de cosas.
Max la había convencido para poner anuncios en diferentes sitios —Facebook y similares—. “¿Cómo te van a encontrar, si no? No es como si este callejón fuese un sitio de paso”, había dicho. No le faltaba razón.
Aparte de eso, poco más. Habían jugado a las cartas.
Buscado en internet cursos a distancia detectivescos para apuntarse.
Habían encontrado un par de libros muy buenos; los estaban leyendo a la vez y comentando las mejores partes.
Habían pasado demasiado tiempo diseccionando series de detectives, intentando dilucidar qué era real y qué era definitivamente fantasioso.
Y unos días antes Max había aparecido con la diana bajo el brazo.
Estaba claro que necesitaba un plan de negocio. Una dirección. Algo. O el tiempo pasaría, el alquiler correría y sus ahorros se esfumarían sin que hubiese conseguido seguir los pasos de su ilustre antepasado.
Por supuesto, no le había contado nada de la historia de su familia a su recepcionista, Max. No por las amenazas de Frederick Pearson, o no solo por eso. La verdad, tampoco quería que la gente pensara que era una lunática, clamando que era pariente de Sherlock Holmes.
Además, su abuela había insistido en que todo aquello tenía que permanecer secreto, en la segunda carta que le había dejado.
La segunda carta. No iba a pensar en eso ahora. Ya estaba suficientemente nerviosa con la posibilidad de que su primer cliente entrase por la puerta.
En ese momento se dio cuenta de que llevaba allí sentada un buen rato, perdida en sus pensamientos, y Max no había anunciado a nadie. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que había sonado el timbre?
Se levantó, caminó las tres zancadas que la separaban de la puerta de su despacho y la abrió.