21 La última duda
La última duda
—La suya no es la única familia con historias de ese tipo —dijo Frederick Pearson—. Cada vez que se estrena una película o una serie, que sale a la luz una nueva adaptación de Sherlock Holmes, tenemos a más gente clamando ser sus “legítimos descendientes”.
Pronunció las dos últimas palabras con desprecio, arrugando la nariz como si hubiese olido col hervida.
—Tenemos que hacer un control de daños cada vez, y cada vez es más cansado.
Ella también estaba cansada. De escucharle, principalmente. Pero también del día en general. Apenas había dormido, no había comido en todo el día y quería largarse de allí.
—¿Por qué no me dice de una vez qué hago aquí? Porque no ha enviado un taxi solo para traerme hasta aquí y ofrecerme una taza de té, ¿verdad? Y hablando de ello, aún no me ha dicho cómo sabía que estaba en el museo.
—El museo tiene cámaras de seguridad —respondió él, como si fuera obvio y ella fuese lenta. Pero eso seguía sin explicar cómo sabían que ella estaba allí precisamente en aquel momento, ni cómo le habían pasado el teléfono del falso bobby. A no ser que la estuvieran vigilando, claro.
Todo aquello era más que siniestro. Tuvo que coger otra galleta para tapar el agujero en el estómago.
Él no habló de la inscripción en la chimenea, y ella tampoco la mencionó.
El tipo suspiró teatralmente, como si todo aquello fuese fatigoso y estuviese superaburrido.
—Como le he dicho, no es la única que afirma que Sherlock Holmes existió en la vida real. Ni siquiera la única que afirma que fue un antepasado suyo.
Nina se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Yo no he afirmado nada. Estaba tranquilamente visitando un museo cuando me han traído hasta aquí.
El tipo ignoró lo que acababa de decir.
—Sé que es apasionante y emocionante creer que tiene antepasados famosos, sobre todo cuando la vida que ha llevado hasta ahora es… fundamentalmente gris.
Se ofendió al instante, aunque fuese verdad.
Su vida sería gris, pero eso no le daba derecho a decírselo en voz alta, a la cara.
—No podemos perder el tiempo con estas tonterías. —Era curioso, porque seguía hablando en plural, como si allí hubiese alguien más que él. Como si tuviese todo un departamento de gente a su cargo, o algo—. Además, no tiene pruebas.
—Tengo una fotografía —dijo Nina, sin pensar.
Esta vez sí captó la atención del hombre. Se le ensancharon los orificios nasales y se inclinó hacia adelante casi imperceptiblemente.
—¿Qué fotografía?
Se le ocurrió de repente que no debería mencionar nada más.
Se le ocurrió que no conocía a aquel hombre, no sabía qué hacía allí, y seguramente sería más prudente no seguir hablando.
Aprovechó que estaba masticando la cuarta galleta para pensar en lo que iba a decir a continuación. Decidió salirse por la tangente.
—La de Rose Holmes y su hija —reculó Nina.
No se refería a esa fotografía, evidentemente, sino a la otra, la de la familia al completo.
La había dejado guardada en su lugar original antes de salir de casa.
Estaba segura de que se podía autentificar la época de la tinta y la fotografía y demostrar que era real, o al menos que databa de la fecha que ponía en el anverso.
Pero no le pareció prudente revelar esa información en aquel momento.
El tipo sonrió. No le sentaba bien.
—¿Rose Holmes?
Nina se removió en su asiento, incómoda.
—La mujer de Sherlock Holmes.
Mr. Pearson soltó una carcajada, echando la cabeza hacia atrás. Todo en él era teatral: la postura, la conversación y, por supuesto, la risa falsa.
Hizo como que se limpiaba una lágrima de risa del borde del ojo y la miró con lástima.
—No dudo de que tenga una foto familiar de una tal Rose Holmes. Es un apellido bastante común. Pero si todos los Holmes fuesen parientes de Sherlock, se contarían por miles. Eso quitando, claro está, que para que alguien fuese pariente de Sherlock Holmes, primero debería ser una persona real.
—Si todo esto le parece una tontería... ¿entonces qué hago aquí?
El hombre juntó las yemas de los dedos.
—Llamémoslo control de daños: por si acaso se le ocurre acudir a algún tabloide, al Daily Mail o similares, empezar a conceder entrevistas, gritarlo a los cuatro vientos en cualquier red social, o iniciar un rumor por su pueblo... cualquier cosa que nos suponga un problema.
—¿Un problema?
—Es mi trabajo: la vigilancia y conservación de iconos culturales británicos.
Conservación de iconos culturales británicos... ¿y en qué consistía eso? ¿En pasarse por los karaokes y evitar que la gente destrozase canciones de los Beatles?
Parecía el típico puesto inventado para enchufar al cuñado de alguien.
El tipo siguió hablando.
—Ir por ahí diciendo barbaridades tiene consecuencias.
Podríamos... complicarle la vida. Sé que actualmente no tiene trabajo.
Podría hacer que le fuese difícil, si no imposible, encontrar otro.
También podría perder la casa de su abuela, y eso sería una pena; estoy seguro de que hay algún impuesto oculto que podríamos desenterrar...
O quizás algún tipo de multa millonaria.
—El hombre ladeó la cabeza, divertido—. Estoy seguro de que algo se me ocurrirá, llegado el caso.
¿La estaba amenazando? ¿Aquel tipo era de verdad?
—¿Qué cree que voy a hacer?
—No lo sé, pero sé que no tiene trabajo, y probablemente le haga falta el dinero. La gente es capaz de cualquier cosa por dinero.
Nina inspiró y luego soltó el aire lentamente. Se terminó su té, que afortunadamente seguía caliente.
No había tenido un buen día. La carta de su abuela había movido los cimientos de todo lo que creía y dejaba de creer, de lo que era real y no lo era. Luego, aquella postdata, aunque la había absuelto de la culpa que arrastraba desde su última conversación, la había dejado hecha polvo.
Y por último, la fotografía de sus antepasados. La inscripción en la chimenea de la casa de Baker Street.
La falta de comida tampoco ayudaba. Las cinco galletas no habían servido de mucho.
Cogió la última galleta del plato —le daba pena dejarla ahí— y se levantó de la butaca.
—Si no quiere nada más, es mejor que lo dejemos aquí.
El hombre, Mr. Pearson, vigilante de la cultura británica y sus iconos, o lo que fuera, pareció sorprendido de que fuese ella quien diese por terminada aquella reunión.
—¿Ha quedado claro? Espero no tener que deshacer ninguna confusión en el futuro.
El tipo no se levantó de su butaca. Nina le miró desde su altura. Apenas quedaba ya luz natural, y estaban casi a oscuras, solo iluminados por el fuego de la chimenea.
Mr. Pearson había montado aquel paripé para amenazarla, pero era absurdo. Tenía miedo de que todo aquello saliese a la luz, pero era algo que ni siquiera se le pasaba por la cabeza hacer. Su abuela había guardado el secreto toda su vida, y ahora era su turno.
—Del todo.
Iba a decir “buenas tardes”, por inercia, pero al final salió de allí sin decir nada más y sin despedirse.
* * *
Nina cerró la puerta del despacho tras ella.
Las pocas dudas que aún tenía sobre la veracidad de la historia de su abuela habían desaparecido. Dijese lo que dijese el tal Frederick Pearson, nadie se tomaba tantas molestias si no había algo detrás.
Además, su descripción coincidía con la que le había dado la enfermera: el hombre que se había presentado en la residencia justo después de la muerte de su abuela, diciendo ser su abogado. Eso fue lo que terminó de convencerla.
La historia que le había contado su abuela era verdad.
Sintió como si el suelo se moviese bajo sus pies. Aunque seguramente sería el hambre.
Era la descendiente de Sherlock Holmes, y no tenía a nadie con quien hablar de ello.
No hizo falta que nadie la acompañara hasta la salida del club. Solo tenía que desandar el pasillo y seguir de frente.
Esta vez, tras el mostrador de recepción, había un joven veinteañero bebiendo de una botella de agua. Se atragantó al verla y empezó a toser. Le costó al menos medio minuto hablar.
—¡Señorita! No puede estar aquí, este es un club...
Dios, qué cansancio.
—Privado, exclusivo de caballeros —finalizó por él. Respiró hondo—. Tenía una cita con Mr. Pearson.
El joven empezó a ponerse rojo, no sabía si por haberse atragantado con el agua o por ver a una fémina vagando por el edificio sin acompañante.
Nina decidió aprovecharse de su aturdimiento para sonsacarle algo de información.
—He estado charlando con Mr. Pearson —por llamarlo de alguna manera— en una habitación muy agradable, con un escritorio y chimenea... me preguntaba si forma parte del club, es privado, o están a disposición del público en general. ¿Se pueden alquilar?
Lo dejó en el aire para que el recepcionista completara el pensamiento, y no la defraudó.
—Tenemos despachos y oficinas disponibles para alquilar mensualmente, por un extra. Pero solo para miembros del club —se apresuró a añadir—. Mr. Pearson suele trabajar casi todos los días desde el suyo. Lleva años...
Se calló de repente, como si acabara de darse cuenta de que quizás estaba hablando demasiado.
—Es un socio bastante antiguo —dijo por fin.
Nina sonrió. Todavía no sabía para qué quería esa información, si le serviría para algo, pero de momento iba a guardársela. Al fin y al cabo, el tal Mr. Pearson sabía un montón de cosas sobre ella. No quería estar en desventaja.
Salió del edificio y una ráfaga de agua y viento le dio en la cara.
Había empezado a llover, otra vez, o simplemente no había dejado de hacerlo.
No tenía paraguas ni gorro de lluvia. La acera estaba concurrida, gente sin paraguas, como ella, caminando deprisa, y los que tenían paraguas, inclinándolo ligeramente para protegerse de la lluvia y el viento.
Miró los cinco escalones que la separaban de la acera y el gentío, sin atreverse a bajarlos y mezclarse con el mundo.
Ahora que no estaba enzarzada en un duelo verbal con un tipo que parecía una parodia de una película de espías, o una versión barata de Mycroft Holmes, no sabía qué hacer. No tenía rumbo ni propósito.
Estaba cansada. El día había sido agotador, no solo por lo que había descubierto, sino porque no había parado ni un instante: leer la carta de su abuela, coger el tren a Londres, el museo, el encuentro más extraño de su vida... y ahora, ¿qué?
Se quedó de pie, en la puerta del edificio, mojándose, contemplando el resto de su vida.
Recordó la despedida de la carta que había leído apenas unas horas antes.
Fue la primera vez que escuchó la voz de su abuela en su cabeza, pero no sería la última.
…recuerda que vivir es importante. Tienes que encontrar tu destino. Piensa en algo que siempre hayas querido hacer, y hazlo.
Ese era el problema, pensó Nina: que nunca había querido hacer nada en especial.
En aquel momento, al pie de un edificio en Mayfair, en una tarde lluviosa y oscura de noviembre, mientras el agua le pegaba los mechones de pelo a la cara, pensó en las palabras de su abuela y se sintió más perdida que nunca.
Bajó por fin los escalones y empezó a caminar por la acera, a paso rápido, esquivando charcos y varillas de paraguas.
No sabía qué quería hacer con su vida, esa era la verdad. Ni se había parado a pensarlo, desde la semana en que la habían despedido y su abuela había muerto. Demasiadas cosas, demasiados acontecimientos. Demasiados cambios.
Para acabar con aquella absurda reunión en el club Heracles. Todavía tenía las palabras del sombrío Mr. Pearson bailándole en las orejas:
Podríamos... complicarle la vida.
¿Qué pensaba el tipo que iba a hacer, exactamente?
¿Llamar a los tabloides, como había insinuado?
¿Subir un vídeo a TikTok bailando enfrente de la estatua de Sherlock Holmes, llamándole abuelo?
¿Poner una agencia de detectives privados en Baker Street y anunciarse como la legítima heredera de Sherlock Holmes?
Se paró en la acera, de repente, como si le hubiese caído un rayo encima. Alguien se tropezó con su espalda y escuchó un juramento. Un hombre en gabardina, con un teléfono en la oreja, la rebasó y la miró con desaprobación.
Escuchó de nuevo la voz de su abuela: Tienes que encontrar tu destino…
Sonrió, volvió a ponerse en marcha y caminó deprisa hacia la estación de tren. Ya había encontrado su destino.
O quizás sería más correcto decir que su destino la había encontrado a ella.