20 El club Heracles
El club Heracles
Todavía quedan en Londres algunos clubs privados que no admiten mujeres. Son pocos, y la edad media de sus miembros ronda los ochenta años, pero existen.
El club Heracles era uno de ellos.
Eso Nina no lo sabía entonces, claro. En ese momento, no sabía nada del club Heracles, ni siquiera que existía. De los detalles se enteraría después, cuando lo buscara en internet para asegurarse de que era real y no una broma inmensa a su costa, una especie de cámara oculta.
El taxi llegó a su destino después de parar en cuatrocientos semáforos en rojo. El centro de Londres era un infierno, habría tardado menos andando. El taxista apenas la dejó poner un pie en la acera antes de arrancar.
—Gracias —murmuró Nina, mientras el tipo se alejaba entre bocinazos y una nube de humo producido por su propio tubo de escape.
El taxi la había dejado delante de un edificio de fachada blanca en Mayfair, concretamente en Grosvenor Square, en el centro de Londres. La puerta —doble, grande, en arco, de cristal y hierro forjado— se alzaba al final de un tramo de cinco escalones de piedra blanca.
El club Heracles, supuso. No había placa ni nada que indicara que aquel era el lugar, pero quería pensar que el taxista sabía dónde tenía que dejarla.
Una ráfaga de viento helado le agitó el pelo.
Se subió los cuellos del abrigo y echó de menos la bufanda que ni se había molestado en coger antes de salir de casa.
Subió los escalones que conducían a la entrada, sin saber qué —o a quién— iba a encontrarse al otro lado.
No vio ningún timbre ni modo de llamar, así que empujó la enorme puerta. Estaba abierta.
Se sentía como Alicia en el País de las Maravillas, metiéndose en la madriguera.
Tras cruzar la puerta se encontró en una especie de vestíbulo, no demasiado grande y bastante oscuro. Parpadeó unas cuantas veces para adaptarse a la falta de luz.
Le recordó a la recepción de un pequeño hotel boutique de los que ahora proliferaban tanto y que no eran más que hoteles viejos que nadie se molestaba en reformar.
De frente, al fondo del vestíbulo, había un pequeño mostrador alto de madera pintado de negro, detrás del cual un hombre trajeado de unos sesenta años leía distraído un ejemplar de The Times, con las gafas en la punta de la nariz.
No le dio tiempo a fijarse en mucho más, porque el hombre levantó la vista y, en cuanto la vio, salió de detrás del mostrador como un rayo.
—Señorita, esto es un club privado, exclusivamente para caballeros.
—¿El club Heracles? —preguntó, para asegurarse.
—Sí, pero el acceso es solo para...
Le cortó antes de que pudiera repetir “pero solo para caballeros”.
Por el amor de Dios.
No estaba allí por voluntad propia. O sí, pero era curiosidad más que otra cosa. Ver qué era todo aquello. Si dependiera de ella, no habría entrado a un club de esos ni loca.
—Me están esperando. Mr. Pearson me está esperando —concretó, dando el nombre que la persona de la llamada telefónica le había proporcionado—. Soy Nina Addington.
El hombre la miró con desconfianza, como si todos los días la gente inventase excusas para entrar allí.
—Un momento, por favor.
El recepcionista volvió a meterse detrás del mostrador, con cautela, como si Nina fuese a aprovechar el momento para salir disparada al interior de su exclusivo y masculino club.
Al lado del mostrador había unas escalinatas de piedra blanca con una alfombra antigua sobre los escalones, para que la gente no se matase al subir y bajar.
A su izquierda, una puerta con paneles de cristal esmerilado, detrás de la cual se veían, deformadas, siluetas sentadas en sofás y sillones, y se escuchaba un lejano tintineo de vasos o vajilla.
El hombre descolgó el teléfono que tenía detrás del mostrador. Se aseguró de que la estaban esperando —o eso creyó, no podía escuchar la conversación al otro lado— y de que no estaba allí para robar las carteras de tories octogenarios. Luego volvió a salir de detrás del mostrador.
—Siento mucho la confusión, Miss Addington. Si es tan amable de acompañarme.
Nina siguió al hombre por un pasillo oscuro, a la derecha y al fondo del mostrador de recepción, lejos de la puerta de cristal y las escaleras de mármol. Las luces del pasillo se encendieron a su paso, dejando al descubierto varias puertas cerradas.
El recepcionista se paró frente a una de ellas, llamó con los nudillos un par de veces, abrió la puerta sin esperar respuesta y le indicó que pasara con un gesto de la mano.
La estancia era una especie de despacho grande, con estanterías atestadas de libros. Tenía una zona con un escritorio y una silla, y otra con dos butacas alrededor de una mesa baja, junto a una chimenea encendida. En una de las butacas había un hombre sentado, que no se levantó cuando ella entró.
—Cierre la puerta, por favor —dijo el hombre de la butaca.
Se dio cuenta de que no se dirigía a ella, sino al recepcionista que la había llevado hasta allí.
Nina se quedó a solas con quien suponía que era Frederick Pearson, si no recordaba mal el nombre que le habían dado por teléfono.
El hombre aparentaba cincuenta y muchos, quizás sesenta, delgado, con traje gris de tres piezas, chaleco incluido, y un alfiler en la corbata.
En la mesa baja frente a las butacas había una bandeja de plata con un servicio de té.
El hombre se sirvió una taza con parsimonia y tomó un sorbo.
La miró de arriba a abajo por encima del borde de su taza, y ya fuese su atuendo, su aspecto, o ambos, no pasó su inspección.
Y no se molestó en disimularlo. Solo le faltó arrugar la nariz.
Nina había salido de casa con prisa, en cuanto terminó de leer la carta de su abuela, para llegar al museo antes de que cerraran —a las cinco y media—, pero tampoco iba en chándal.
Bueno, o no del todo: llevaba unos vaqueros, una sudadera beige con capucha, su abrigo negro encima y unas botas bajas de goma verde, para protegerse de la lluvia.
Quizás eran sus botas pisando lo que parecía una antigua alfombra oriental lo que le había ofendido.
O quién sabe. No le conocía de nada. Ni siquiera sabía qué estaba haciendo allí.
El tal Mr. Pearson siguió mirándola en silencio, sin ofrecerle un asiento, ni un té, ni una explicación.
Nina se estaba cansando de estar allí de pie como un pasmarote.
Se sentó en una de las butacas frente a él, sin esperar a ser invitada.
Si el tipo podía saltarse las más elementales reglas de cortesía, ella también.
—¿Quién es usted? —preguntó Nina por fin, harta del silencio y de la teatralidad de todo aquello. Sabía su nombre, pero solo eso—. ¿Qué estoy haciendo aquí?
El tipo dejó la taza de té encima de la bandeja y la miró, las yemas de los dedos juntas, como si estuviera contemplando qué contestar, o si contestar. Como si estuviera juzgando si era digna de una respuesta.
—Mi nombre es Frederick Pearson. Trabajo para el gobierno, como responsable de la vigilancia y conservación de iconos culturales británicos.
Esperaba de corazón que no tuviera que meter todo eso en una tarjeta de visita.
Ni siquiera hizo amago de estrecharle la mano, por si todavía no había quedado clara la hostilidad hasta ese momento.
Su respuesta tampoco respondía a su pregunta. Tenía más dudas que antes.
—Sírvase un té —dijo el hombre.
Era más una orden que un ofrecimiento, pero no iba a rechazarlo. Era un día frío, necesitaba un té caliente, y no recordaba cuándo había sido la última vez que había comido. El día anterior. Además, le daba tiempo para recomponerse y hacer algo con las manos.
Y la media docena de galletas de avena que descansaban en un platillo no tenían mala pinta.
Nina se sirvió su propio té. Había un pequeño recipiente con leche y otro con azúcar en la bandeja plateada.
El tipo volvió a coger su taza minúscula, de fina porcelana, con sumo cuidado.
Tomó un sorbo y no dejó de mirarla en ningún momento.
Tenía los ojos hundidos, marrones y pequeños detrás de unas gafas rectangulares con montura al aire; la nariz aguileña y pelo castaño mezclado con gris solo a los lados de la cabeza, pero se peinaba el lado derecho sobre la coronilla desnuda, en un vano intento de taparse la calva que nunca le había funcionado a nadie en la historia de las calvicies.
No sabía por qué la gente seguía autoengañándose.
—¿No sabe qué hace aquí?
Evidentemente, no. Se lo acababa de preguntar.
Empezaba a oscurecer detrás de los cristales de las ventanas a pie de calle. Los transeúntes pasaban a toda prisa, sin molestarse en mirar hacia adentro.
Nina suspiró y miró su reloj. A ese paso, iba a coincidir en el tren de vuelta a casa con toda la marabunta que salía de trabajar. No quería pasarse una hora de pie, comprimida como una sardina, solo porque aquel hombre no se decidía a ir al grano.
—No, pero me gustaría saberlo.
—¿Qué estaba haciendo en el museo de Sherlock Holmes?
Ah. Se complica la trama.
Nina se encogió de hombros.
—¿Turismo?
Dio un sorbo a su taza de té y le miró a los ojos por encima del borde de la taza, como si aquello fuese una especie de desafío, a ver quién se cansaba antes.
Al final perdió ella. Se le había acabado la paciencia.
—¿Cómo sabía que estaba allí? —preguntó Nina—. ¿Me estaba vigilando?
—En absoluto —dijo el tipo, como si fuera una mujer insignificante indigna de vigilancia. Y, sin embargo, allí estaba—. Pero sabíamos que su abuela había muerto, y sabíamos que era cuestión de tiempo que empezara usted también con... las fantasías.
—Las fantasías —repitió Nina, invitándole a seguir.
—Las historias fantásticas de su abuela, de su familia en general. Lucy Addington no es la primera que ha intentado sacar provecho de un montón de invenciones absurdas.
Nina no se imaginó a su abuela utilizando ninguna historia para “sacar provecho” de nada. De hecho, había esperado hasta el final de su vida para contársela.
Y casi no le había dado tiempo.
No se fiaba del tipo, había desconfiado de él desde que había puesto un pie en aquel lugar, pero la forma de describir a su abuela terminó de inclinar la balanza.
No sabía qué iba a intentar venderle, pero fuese lo que fuese, no iba a comprárselo.
Se puso más a la defensiva de lo que ya estaba, de lo que había estado desde que se subió en el taxi, si eso era posible.
De todas formas, no perdía nada por escucharle. Nina cogió una segunda galleta, se recostó en la butaca con su taza de té en la mano, y se dispuso a hacer precisamente eso: escuchar. Si el hombre se arrancaba a hablar de una vez, claro.