Muerte de una influencer (Baker Street 1) 19 Un museo en Baker Street
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19 Un museo en Baker Street

Un museo en Baker Street

Además de ella, solo dos parejas pululaban por el interior del museo. Un martes oscuro de noviembre no parecía ser el día más popular para hacer turismo.

Pero claro, si habían decidido borrar la historia, como había dicho su abuela, era de esperar que los datos fueran inconsistentes e imprecisos. Podrían haberlo hecho a propósito.

Sin embargo, eso también podía ser prueba de que todo era falso.

¿Qué creer, qué no creer? A pesar de la fotografía, las dudas empezaban a consumirla de nuevo.

El museo constaba de varias habitaciones, amuebladas y decoradas según las historias de Conan Doyle. Nina tuvo una sensación de déjà vu: todo le resultaba familiar, pero simplemente porque era la misma decoración que había aparecido en millones de películas y series.

Después de recorrer el resto de las estancias, se acercó al salón principal, con ventanas altas que daban a Baker Street.

Había un cojín aplastado en una de las butacas frente a la chimenea, como si alguien acabara de levantarse de ella.

La gorra de Sherlock y el bombín del Dr. Watson estaban sobre la mesita baja frente a las butacas.

También estaba allí el famoso violín, que no tenía ni idea de si el Sherlock real —si es que existía— había tocado alguna vez.

Ya no podía preguntarle nada a nadie. Se quedaría sin saber para siempre un montón de detalles, dudas y anécdotas que su abuela se había llevado a la tumba.

Volvió a echarla de menos, furiosamente, con un dolor físico. Se preguntó cuándo se le pasaría, si es que alguna vez lo hacía.

—Por favor, no toque el violín.

La trabajadora del museo, una mujer de unos cincuenta años, vestida de época y con el pelo rubio recogido en un moño, la miraba con desaprobación y el hastío infinito de tener que lidiar con turistas a diario.

El mencionado violín estaba apoyado en un reposapiés, justo en el lado de la chimenea de hierro negro que Nina había ido a examinar.

No había tocado el violín. Ni siquiera lo había rozado. Había tenido mucho cuidado, haciendo casi contorsionismo, para poder acercarse al lado correcto de la chimenea sin hacerlo.

—Lo siento —dijo, disculpándose. ¿Por qué se disculpaba?—. Estaba echando un vistazo a la chimenea.

—¿La inscripción? —preguntó la mujer. Nina intentó disimular su sorpresa.

¿Lo sabía más gente? La mujer movió la cabeza a uno y otro lado—.

Vándalos. Lo hicieron antes de que instalaran las cámaras de seguridad —señaló a las esquinas del techo—.

En los noventa, creo. Tendrían que meter en la cárcel a la gente que hace pintadas en monumentos históricos. El otro día hicieron una en el Coliseo.

Había alguna diferencia entre el Coliseo y aquel lugar, por muy importante que fuese para ella, pero no vio prudente continuar con la conversación.

No tenía ganas de charla.

Buscó las palabras grabadas en el lateral de la chimenea, bajo la escrutadora mirada de la mujer, y finalmente las encontró:

Mi querida Rose, mi amor para siempre.

El corazón le dio un vuelco, pero no sintió la certeza que esperaba, sobre todo después de la explicación de la trabajadora.

¿Qué era real, qué no lo era?

Tenía más dudas que antes. Había ido hasta allí pensando que aquella visita le aclararía las cosas, y no había hecho más que enredarlas.

Salió por la puerta del museo a la tarde gris y lluviosa, el tráfico horrible.

Las luces de los coches se reflejaban en el asfalto mojado.

La gente caminaba deprisa por la acera, con o sin paraguas, intentando esquivar al grupo de turistas parado en la puerta de la tienda del museo.

El actor de la puerta, vestido de policía del siglo XIX, hablaba por el móvil mientras un par de turistas le sacaban fotos.

Le sorprendió que tuviera permitido hablar por teléfono, se salía de su papel. Pero qué sabía ella.

Había salido de casa casi corriendo, sin paraguas, pero no estaba lejos de la boca del metro. Estaba deseando llegar a su casa y a su chimenea. Iba a seguir su camino cuando el policía falso se dirigió a ella:

—¿Nina Addington? —preguntó.

Ella le miró, extrañada.

—¿Sí?

—Es para usted.

El hombre le tendió el teléfono móvil que había tenido en su oreja un segundo antes. Nina se quedó mirando el móvil, sin entender nada. Al final se lo puso en la oreja.

—¿Sí? —repitió.

—¿Miss Addington? —dijo una voz al otro lado. Una voz femenina y seca, exasperada, como si fuese ella quien hubiera interrumpido su tarde, y no al revés.

—¿Sí? —preguntó por tercera vez. Parecía un loro.

—Es de su interés, y es recomendable, que acuda a una cita en el club Heracles de inmediato. Pregunte por Frederick Pearson.

¿Es de su interés, y es recomendable? ¿Quién hablaba así?

—Disculpe, ¿quién es?

¿Era una especie de broma o algo? No entendía nada.

—Se le recomienda encarecidamente que acuda a la cita. Un taxi parará en la acera en unos minutos. Súbase a él. Se la espera en el club Heracles. Por favor, pregunte por Mr. Pearson en recepción.

No había hecho más que repetir lo mismo del principio.

—No entiendo...

La persona al otro lado cortó la llamada, y Nina se separó el teléfono de la oreja. Se quedó mirando la pantalla como si eso pudiera explicar algo.

—¿Me devuelve el móvil, por favor? —dijo el bobby falso, nervioso por tener que separarse de su teléfono un minuto y medio.

—¿Cómo...? —Le tendió el teléfono a su dueño, que se lo metió en el bolsillo del pantalón. Intentó formular una pregunta coherente del barullo que era en ese momento su cerebro—. ¿Cómo sabía mi nombre? ¿Quién le ha llamado? ¿Qué significa esto?

El tipo se encogió de hombros, como si todo aquello no fuera con él.

—Ni idea, pero tiene que ser alguien del museo, algún mandamás, porque han tenido que sacar mi teléfono de mi ficha de empleado.

Solo me han dicho que una mujer iba a salir por la puerta en breve, me han dado su descripción, la ropa que llevaba puesta, su nombre, y que le pasase el teléfono cuando apareciera por la puerta. No sé nada más.

Todo aquello era absurdo. Más que absurdo.

En ese momento, un taxi negro se detuvo bruscamente frente al museo, lo que provocó que un par de coches que iban detrás tocaran la bocina.

El taxista sacó la cabeza por la ventanilla.

—¿Nina Addington? —preguntó, a grito pelado.

Se quedó mirando el taxi, perpleja. Parpadeó un par de veces.

—¿Va a subir, o qué? —dijo el taxista, la cabeza todavía fuera de la ventanilla, con malos modos.

Nina se volvió hacia el bobby falso.

—¿Qué hago?

El tipo volvió a encogerse de hombros.

—Yo qué sé. Yo solo estoy aquí de adorno.

Se acercó al taxista.

—¿Quién le ha dado mi nombre?

—¿No ha reservado usted el taxi? —preguntó el tipo, impaciente—. Un taxi para Nina Addington, de la puerta del museo de Sherlock Holmes hasta el club Heracles —recitó de memoria—. Hace un par de minutos.

Se quedó unos segundos en la acera, sin saber qué hacer.

—Mire, si no se sube, yo me voy. El viaje lo voy a cobrar igual, lo han pagado con tarjeta.

Qué demonios, pensó Nina, y subió al taxi. Al fin y al cabo, aquello no era mucho más extraño que todo lo que le había pasado el último mes, o ese mismo día, con la carta, la fotografía, la inscripción y todo lo demás.