18 La postdata
La postdata
Nina apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca y se quedó un rato mirando el techo.
Aquella casa, el hogar de Sherlock Holmes. La casa donde murió.
Grace, la madre de su abuela, la nieta de Sherlock Holmes.
Cerró los ojos un momento.
Era todo demasiado absurdo, demasiado enrevesado, demasiado...
increíble. Su mente se resistía a aceptar la lógica de todo aquello.
Entendía que su abuela lo creyera: al fin y al cabo, era su propia madre quien se lo había contado todo, quien, supuestamente, había conocido a Sherlock Holmes en vida y había ayudado a cuidarlo hasta su muerte.
¿Qué había pasado? ¿En qué punto había empezado todo aquello, aquella charada?
No creía que nadie hubiese mentido, no deliberadamente; que hubiese habido mala fe.
Grace, la madre de su abuela, era una adolescente impresionable cuando su abuelo murió.
Era posible que el pobre hombre —cuyo nombre real probablemente sí fuese Edward S.
Holmes— hubiera perdido la cabeza al final de su vida y se hubiera creído el verdadero Sherlock Holmes. Era una posibilidad.
O quizás la alucinación había empezado con Grace. Su marido, el padre de su abuela Lu, había muerto en la Segunda Guerra Mundial, y su propio padre en la Primera. Todo eso podría haberla afectado mentalmente.
Se frotó la frente. Ya no sabía qué creer ni qué no creer. Estaba agotada. Demasiada información de golpe.
No sabía cuánto tiempo llevaba leyendo. Horas.
El té se había enfriado, tendría que levantarse a hacer más.
Enseguida.
La carta la había dejado hecha polvo, pero aún no había terminado.
A pesar de que su abuela se había despedido, quedaban todavía un par de hojas sobre su regazo.
Una era un árbol genealógico dibujado a mano y la otra parecía ser una postdata —larga, ocupaba una hoja por ambas caras— que su abuela había añadido después de terminar la carta.
Estaba escrita con tinta azul, cuando para el resto de la carta había usado un rotulador de punta fina negro, y tenía una fecha distinta.
Tuvo que mirar la fecha dos veces para asegurarse de que no estaba viendo visiones.
La carta era del día anterior a la muerte de su abuela. El día siguiente a su absurda pelea.
El corazón le dio un vuelco y se inclinó sobre la hoja, leyendo con avidez.
Querida Nina,
Sé que ayer no partimos en los mejores términos, y me arrepiento.
Una nunca sabe cuándo va a ser la última vez que nos veamos.
No te culpo por no creer mi historia, reconozco que es bastante increíble.
Si yo la escuchara por primera vez, no sé qué pensaría en tu lugar.
Además, es bueno ser un poco desconfiada y no creer a pies juntillas todo lo que te cuenten, aunque la que lo esté contando sea yo.
Podía escuchar la sonrisa de su abuela en sus palabras. Se limpió las lágrimas con la manga del jersey.
Mi madre era la nieta de Sherlock Holmes y vivió con él los últimos años de su vida. Yo estoy acostumbrada a escuchar estas historias; quizás por eso no me resultan tan ajenas y extrañas.
En fin, al grano: hay un par de cosas que pueden terminar de convencerte si sigues dudando. No es que sean pruebas definitivas, pero es lo único que puedo ofrecerte. Es muy difícil demostrar algo cuando ha pasado tanto tiempo y cuando tanta gente se ha empeñado en ocultar la verdad.
Encima de la chimenea del salón hay una fotografía de Rose con Emily, su hija.
Tiene un marco de bronce y, si la memoria no me falla, es la primera por la izquierda (siempre intenté dejar las fotos en orden, pero quizás las hayas movido para limpiar).
De todas formas, es la más antigua y se nota.
Si quitas el marco, debajo de esa fotografía hay otra.
Es una foto que siempre ha estado escondida.
Además de la fotografía, también hay una inscripción: está en la que fue la antigua casa de tu tatarabuelo en Londres, en Baker Street, ahora el museo de Sherlock Holmes, en un lado de la chimenea negra de la salita, en el lateral derecho. Búscala y luego decide.
Sé que los últimos días han sido difíciles para ti, con los problemas con tu trabajo y el piso, pero no te preocupes: recuerda que Holmes House siempre será tu hogar y, cuando todo falle, el lugar en el que refugiarte.
No puedo esperar a tu siguiente visita para verte y poder seguir contándote la historia.
Tu abuela que te quiere,
Lu
* * *
Sabía que tenía que levantarse: a comprobar la foto, a más cosas. Pero no podía moverse. La última página de la carta de su abuela había acabo de destruirla, pero al menos ahora sabía que no había muerto guardándole rencor.
De alguna manera ya lo sabía, pero leerlo había sido un bálsamo para el corazón.
Dejó la última hoja con las demás, encima de la mesita, al lado del té. Se alegró de que las páginas estuviesen numeradas: su abuela le había escrito toda una novela corta.
Se levantó de la butaca lentamente. Le dolían todos los huesos. Se sentía como si tuviese doscientos años.
Se acercó por segunda vez a la repisa de la chimenea. El fuego estaba casi apagado.
Volvió a coger el marco con la fotografía de Rose Holmes y su hija.
Le dio la vuelta y giró los ganchos de metal que sujetaban el cierre del marco por detrás.
Retiró la parte trasera, una lámina de madera fina, y una foto cayó al suelo.
No era la que estaba originalmente en el marco, que seguía pegada al cristal.
Dejó el marco abierto encima de la repisa de la chimenea, con cuidado de que no se cayera, y se agachó a coger la foto que estaba en el suelo. La segunda fotografía.
La imagen era prácticamente igual que la primera, solo que en aquella un hombre estaba de pie junto al sillón donde estaba sentada Rose, a su derecha, con la mano izquierda apoyada en el respaldo.
Llevaba un traje oscuro con un chaleco cruzado por la cadena de un reloj.
Esta vez la mujer sí miraba a la cámara, sonriendo, pero el hombre no: tenía la cara ligeramente vuelta hacia ella, y también sonreía.
El hombre, a pesar de los ropajes serios de la época, no parecía llegar a los treinta.
Tenía la nariz afilada y la frente alta.
Podía tener cierto parecido con las ilustraciones de la época que acompañaban las historias de Sherlock Holmes, pero el hombre de la fotografía era más...
normal. Humano. Quizás porque estaba sonriendo ligeramente.
O quizás porque al final, como decía la carta, el personaje no era más que una caricatura.
Le dio la vuelta a la fotografía.
Había unas palabras escritas a pluma, en el anverso:
Sherlock y Rose Holmes, y la pequeña Emily Holmes. Tunbridge Wells, 1883.
Pasó el dedo por encima de la inscripción sin llegar a tocarla, con reverencia, y le dio de nuevo la vuelta a la fotografía.
Se quedó unos momentos observando a la pareja sonriente, al hombre que miraba con adoración a su esposa.
—Así que eras real... Lo siento, abuela —dijo en voz alta. Le pareció escuchar el sonido apagado de las pisadas pequeñas de su abuela sobre la moqueta de la casa. Sabía que lo estaba imaginando, por supuesto, pero eso no evitó que se le hiciera un nudo en la garganta—. Lo siento mucho.
Miró el reloj de pared que colgaba encima de la chimenea. La una de la tarde. Casi se le había pasado la hora de almorzar, pero no tenía hambre. Tenía el estómago hecho un nudo; imposible comer.
No hasta que resolviese aquello. Hasta que comprobase todos los cabos sueltos.
Le daba tiempo de sobra a coger un tren, acercarse a Londres y despejar la última duda.