17 El secreto
El secreto
La boda fue una ceremonia rápida e íntima, con solo un puñado de asistentes: su tía, con los labios apretados y el ceño fruncido; su prima, emocionada por ella; y un par de colegas de Mr. Holmes de la universidad.
Sherlock y Rose Holmes vivieron felices... al menos al principio.
Rose por fin tenía su propia vida y su propio hogar, aunque fuese la modesta casa que la universidad alquilaba a los profesores. Además, ayudaba a su marido en sus experimentos, estudios y publicaciones.
Sé lo que estás pensando. ¿Se enamoraron Rose y Sherlock?
Bueno, el concepto del amor tal como lo entendemos ahora no es realmente como se veía en aquella época.
Era entonces más un acompañamiento, un acostumbrarse a los modos del otro, un entendimiento cotidiano.
Pero difícilmente se podrían entender las acciones de Sherlock Holmes a lo largo de su vida si no hubiese sentido un sincero y profundo amor por Rose.
Nina levantó la vista de la carta y la posó en las llamas de la chimenea. ¿Quería seguir leyendo? Sabía lo que venía a continuación.
Casi prefería quedarse con la imagen de Rose y Sherlock trabajando codo a codo después de su boda, viviendo en su pequeña casa de Londres.
Pero tenía que seguir. Su abuela le había escrito aquella carta en los últimos días de su vida, y lo mínimo que podía hacer ahora era leerla, sobre todo después de no haberle dejado contarle la historia en vida.
Un invierno, cuando aún no habían pasado dos años desde la boda, Rose enfermó. No era más que una horrible tos, pero no terminaba de curarse. El médico recomendó que se trasladase al campo, lejos del humo y la contaminación de Londres, que en aquellos años era terrible.
Sherlock tenía ahorrado algún dinero de una herencia de un tío suyo que había muerto sin familia, lo suficiente para una casita en el campo, en Tunbridge Wells, no muy lejos de Londres y de su trabajo en la universidad.
La casa no era muy grande, pero tenía algo de terreno alrededor para que sus futuros hijos corriesen por el campo.
Le permitieron modificar su horario en la universidad para acudir solo tres días a la semana.
Esos tres días cogía el tren a Londres para dar clases y trabajar en el laboratorio, y el resto de la semana trabajaba en sus publicaciones en el estudio de su casa.
Rose siguió ayudándole a transcribir sus notas, pero tuvo que dejar el trabajo de laboratorio, ya que por su salud no podía volver a Londres.
Es cierto que en aquella época las comunicaciones eran algo peores, pero ya funcionaba el tren a Londres —tardaba algo más que ahora, pero no mucho más—, y era de lo más conveniente.
Y esa casa es en la que espero estés leyendo esta carta: la casa que es ahora tuya, Holmes House.
Un año después de trasladarse a Tunbridge Wells, Rose dio a luz a una niña, Emily.
La vida de los Holmes era idílica: una maravillosa casita en el campo, una niña que crecía sana y feliz correteando entre los árboles.
Lo malo es que duró poco: unos años después, cuando Emily aún no había cumplido los cuatro años, Rose volvió a enfermar y esta vez no pudo pasar del invierno.
—Oh, no.
Nina había apretado los puños sin darse cuenta, arrugando sin querer la carta de su abuela.
Sabía que ese momento iba a llegar. Sabía cuál había sido la “vida oficial” de Sherlock Holmes, y sabía que una esposa no encajaba en esa vida.
Además, también sabía que su tatarabuela Rose había muerto muy joven. Se lo había oído mencionar a su abuela mil veces. Era lo único que sabía de antemano sobre aquella historia. La foto con la niña en las rodillas era la única que se conservaba de ella.
Aun así, Nina se entristeció al pensar en la pobre Rose, muerta antes de cumplir los veinticinco, antes de ver crecer a su hija.
Aunque supuso que ya daba igual; eso había ocurrido casi ciento cincuenta años atrás.
Ahora estaría muerta de todas formas, incluso si hubiera vivido hasta los noventa, una vida feliz.
Todas las historias, tristes o felices, tenían el mismo final.
Tras la muerte de Rose, Sherlock no se sentía con fuerzas para seguir viviendo en Holmes House.
Además, debía regresar a su trabajo en Londres y no podía llevarse a su hija con él.
No era un lugar adecuado para una niña pequeña.
Dejó a Emily con el ama de llaves y niñera, una mujer viuda con dos hijos ya crecidos, y regresó a Londres.
Poco después conoció al doctor Watson y empezó a vivir la vida que más o menos conocemos, aunque no todo fue como apareció en las historias, según me contó mi madre.
Al principio visitaba a Emily libremente y a menudo, cuando su trabajo se lo permitía.
Sin embargo, cuando empezó a ser un detective reconocido, temió que alguno de sus enemigos utilizara a su hija contra él, y comenzó a espaciar las visitas, viajando además de incógnito, normalmente bajo un disfraz.
La fama como detective le llegó de repente y sin avisar: John Watson tenía un amigo que también había estudiado medicina, Arthur Conan Doyle, y que estaba intentando abrirse camino como escritor.
Conan Doyle empezó a ficcionalizar algunos de sus casos en forma de historias, adornándolos e inventándose los detalles para que fuesen más espectaculares.
Atribuyó a Sherlock excentricidades que no tenía, o que no eran tan acusadas, pero al fin y al cabo era ficción, o pretendía serlo.
Convirtió a Watson en su narrador, y todo lo demás es historia.
Empezó siendo casi una broma, para darles publicidad y que les llegaran más casos, pero se le fue “un poco” de las manos. Sherlock Holmes y el Dr. Watson acabaron convirtiéndose en celebridades.
Conan Doyle insistió en que las historias eran inventadas, o al menos ficción en su mayor parte, pero la gente creyó lo que quería creer.
Él consiguió lo que quería: fama como escritor y que sus historias se leyeran en todo el mundo. Holmes y Watson, por su parte, consiguieron tantos clientes que no sabían qué hacer con ellos. Eso sí, también obtuvieron una fama que no querían y que, dado el trabajo que hacían, era incluso peligrosa.
Sherlock acabó arrepintiéndose del experimento, harto de la fama. No le gustaba la notoriedad, ser el centro de atención. Decía que le impedía hacer bien su trabajo. Pero para entonces ya no tenía remedio.
Emily Holmes, la hija de Sherlock y Rose, llevó una vida discreta alejada de todo y se casó a los veinticuatro años. Su marido, mi abuelo, falleció en la Primera Guerra Mundial, dejándola viuda con una hija pequeña, mi madre Grace. Emily crio a su hija en Holmes House y nunca volvió a casarse.
Según me contaron, mi bisabuelo Sherlock nunca superó la muerte de Rose y siguió recordándola toda su vida, echándola de menos, a ella y a la vida que habían planeado juntos.
Por eso nunca volvió a casarse y, de hecho, nunca se le conoció interés ni relación alguna.
Y por eso también, quizás, corrió más riesgos de los necesarios.
Cuando Watson murió, Sherlock, ya anciano, se retiró a Holmes House, donde su hija y su nieta —mi madre Grace— lo cuidaron hasta su muerte.
Vivió sus últimos años bajo un nombre supuesto, y es el nombre con el que está enterrado en el cementerio de Tunbridge Wells: Eduard S. Holmes. La S es por Sherlock, claro.
Cuando se retiró, el gobierno decidió que nunca se supiera de su existencia.
Eran demasiados secretos; Sherlock había ayudado al gobierno en algunos asuntos, digamos...
delicados. Estaban nerviosos. Así que lanzaron el rumor de que Sherlock Holmes era y había sido siempre un personaje literario y destruyeron todas las pruebas o papeles que demostraban la existencia de un Sherlock Holmes real.
A Sherlock le pareció una idea excelente y Conan Doyle, que siempre había intentado respetar la privacidad de su amigo, no puso ninguna pega.
Y así fue como murió Sherlock Holmes la persona, y nació la leyenda.
Aquí acaba el relato, al menos de momento.
Si estás leyendo esta carta, es que ya no estoy contigo.
Nina: cuida de Holmes House. Es nuestra historia, lo único que nos queda.
Sherlock la dejó en un fideicomiso, junto con la fortuna que había amasado con su trabajo de detective, para asegurarse de que las mujeres de la familia tuvieran una casa y una renta asegurada, y no tuvieran que resignarse a ser las sirvientes de ningún pariente rico para sobrevivir.
Conserva el legado. Sé feliz. Cuídate, y recuerda que vivir es importante.
Tienes que encontrar tu destino. Piensa en algo que siempre hayas querido hacer, y hazlo.
Vive, arriésgate: haz un viaje, comete una locura.
Uno no puede decir que ha vivido si no ha cometido errores y tú, hija mía, has cometido muy pocos.
Piensa en algo que siempre hayas querido hacer, y hazlo.
Hasta siempre.
Tu abuela que te quiere,
Lu