16 La familia
La familia
Cuando concretaron todos los detalles, Mr. Holmes escribió a los padres de Rose, quienes vivían en una pequeña casa en el campo, cerca de Dorchester, para pedirles su permiso.
La tía Enyd, aunque no estaba conforme con el matrimonio, no podía hacer nada.
Intentó quitarle a Rose la idea de la cabeza, diciéndole que Mr. Holmes no era un caballero.
Y no lo era, en el sentido estricto de la palabra, porque tenía un trabajo y no vivía de las rentas.
Sin embargo, cada vez más gente tenía una profesión: Londres se estaba llenando de abogados, médicos y todo tipo de trabajos dignos.
Además, ese argumento no tenía mucho peso, porque la alternativa de Rose no era mucho mejor.
Era la única oportunidad de tener su propio hogar.
De todas formas, Rose solo pensaba en el trabajo en el laboratorio de la universidad. La vida que de repente se presentaba ante ella sonaba apasionante, o al menos diferente de la que siempre había imaginado.
Tenía un poco de miedo de no estar a la altura en el trabajo, aunque al principio no haría más que tomar notas y pasarle a Mr. Holmes el material que necesitase, hasta que tuviera un poco más de experiencia.
Mr. Holmes le había dicho que no era inusual que familiares de los investigadores de la universidad, incluso hermanas y alguna esposa, ayudaran de vez en cuando.
No era lo normal, pero no sería la única mujer en los laboratorios. Eso le aplacó un poco los nervios.
—No es muy guapo, tampoco —dijo su prima Violet, mientras observaba a Mr. Holmes alejarse a pie por la acera, tras el visillo de la ventana del recibidor, después de una de sus visitas.
Rose no pudo evitar sonreír. Iba a echar de menos a Violet. Aunque lo que no iba a echar de menos era correr de un lado a otro detrás de ella, acompañándola a recados, cargando con las cajas de sus sombreros nuevos.
A ella no le importaba el aspecto físico. Bueno, hasta cierto punto: si Mr. Holmes fuese un hombre de sesenta años o jorobado, tendría que pensárselo. Pero era un hombre inteligente. Las conversaciones eran fascinantes. Y admiraba su propia inteligencia, algo francamente extraño.
Había matrimonios que se habían fundamentado en menos. De hecho, prácticamente todos los que la rodeaban.
Y no le había echado en cara su falta de dote. Se mordió el labio. Esperaba que eso no cambiara después del matrimonio. Después de la boda, iba a estar a merced de Mr. Holmes. Esperaba que no la hubiese engañado y en el fondo fuese un hombre cruel.
* * *
Nina apartó un momento la carta y se levantó a estirar las piernas.
Había estado lloviendo durante toda la mañana, pero ya no se oía el repiqueteo de las gotas en los cristales.
Se acercó a mirar por una de las ventanas del salón y se tropezó con una de las cajas de cartón.
Juró en voz alta mientras se frotaba el tobillo.
¿Qué hacía aquella caja allí en medio? Entonces recordó que había hecho un vago intento de desempaquetar un par de días antes, de madrugada, en medio de su insomnio.
Empujó la caja con el pie para juntarla con las demás. Era la única que había llegado a abrir, con las tijeras de la cocina porque no encontró el cúter, pero al final no hizo nada con ella. La había dejado allí en medio, abierta, y se había vuelto a la cama.
Se agachó, separó las solapas de cartón y encontró las fotografías enmarcadas que su abuela se había llevado a la residencia.
Cogió la primera, una fotografía de la boda de sus abuelos, en la puerta de la iglesia: su abuela con un sencillo vestido blanco con la falda en forma de A, corto, por la rodilla, como se llevaban en los años sesenta, y entre las manos un pequeño ramo de flores.
Su abuelo llevaba un traje oscuro, con corbata y camisa clara y un clavel blanco en la solapa. Sonreían, felices.
Se habían casado no muy jóvenes para lo que era costumbre entonces, con treinta años su abuela y cinco más su abuelo.
La abuela Lu siempre había sido muy independiente y además tenía su propio trabajo de maestra.
A su abuelo no le había sido fácil convencerla para que se casara con él y, para hacerlo, había tenido que asegurarle que se quedarían a vivir en Holmes House.
Nina pasó un dedo por las caras sonrientes, felices, jóvenes, ensuciando el cristal.
Se acercó hasta la chimenea con la foto en la mano. Allí, en la repisa, estaba lo que su abuela siempre había llamado “la familia”: una docena de fotografías enmarcadas, que empezaban en sepia para pasar al blanco y negro. No había ninguna en color.
No eran las únicas fotografías de la casa, había un montón repartidas por el resto de superficies y colgadas de las paredes: ellas dos en varias Navidades, primero con el abuelo Howard y después solas; en la piscina en verano, en su graduación, cuando consiguió su primer trabajo.
Su abuela había sido una apasionada de inmortalizar cada instante de su vida en fotografías —con un trípode, claro, porque casi siempre habían sido solo ellas dos—, y cada vez que se daba la vuelta estaba enmarcando una foto nueva.
Las fotografías de encima de la chimenea eran más “serias”, fotos que Nina sospechaba que habían estado allí durante toda la vida de su abuela, que solo movían para limpiar el polvo. Las fotografías de la familia que ya no estaba.
Había otras fotos de boda, una de principios del siglo pasado, descolorida por el tiempo, y otra de los años treinta.
Un retrato de su bisabuelo con el uniforme de la Segunda Guerra Mundial.
Otra fotografía de su bisabuela vestida de enfermera, haciendo de voluntaria en el hospital local durante la misma época.
Nina colocó la de la boda de sus abuelos al final. Era la única en color.
Deslizó la vista sobre las fotografías hasta llegar a la primera por la izquierda. Era la más antigua, en color sepia, con un grueso y pesado marco de bronce.
Cogió la fotografía para observarla de cerca.
En ella, una mujer joven, que no aparentaba más de veinte años, vestida de época, con una blusa clara de mangas abullonadas y cuello alto y una falda larga negra y voluminosa, con el pelo recogido, estaba sentada en una butaca en lo que debía ser el estudio del fotógrafo.
Sobre sus rodillas, una niña de año y pico o dos años, con el ceño fruncido, miraba muy seria a la cámara.
Rose no miraba al fotógrafo; sonreía y miraba ligeramente a la izquierda, fuera de plano.
Sabía que era Rose, la primera habitante de Holmes House, con su hija Emily, porque su abuela se lo había repetido millones de veces. Era la otra historia, la de la carta, de la que nunca le había hablado.
Era una mujer hermosa, de pelo y ojos claros. Dudaba mucho de que Sherlock le hubiera propuesto matrimonio solo para conseguir una ayudante en su laboratorio.
Dejó el marco en su sitio y sintió un vacío en el estómago, la idea de que, de todas las mujeres Holmes, ella era la última. La única y la última.
Volvió a sentarse junto al fuego, se sirvió otra taza de té y siguió leyendo la carta.