15 La carta
La carta
Nina tenía la vista fija en el póster de Harry Potter pegado en la pared del dormitorio, justo frente a su cama.
Era un póster de la primera película, aunque la imagen no se veía bien a la escasa luz gris de la mañana.
Llevaba allí colgado casi veinticinco años.
La esquina superior izquierda estaba despegada, colgando.
El póster se iba a caer en cualquier momento, seguramente por la noche, y le iba a dar un susto de muerte.
Cogió el móvil de la mesita de noche, exhausta. Las seis de la mañana. No había dormido casi nada. Desde la muerte de su abuela, cinco horas seguidas de sueño eran un lujo.
Se dio por vencida y saltó de la cama. Lo primero que hizo fue despegar el póster.
Se había instalado en la misma habitación donde había pasado toda su infancia y adolescencia. La de su abuela era más grande, el dormitorio principal, pero no se veía con ánimos de vaciarlo. Ni siquiera de entrar en él.
Apartó el pensamiento, como estaba apartando todo últimamente. Enrolló el póster y lo dejó en una esquina.
Se metió en la ducha, se vistió y después bajó las escaleras hasta la cocina y preparó una tetera enorme. La necesitaba para la tarea que tenía por delante.
Prescindió del desayuno. Tenía el estómago hecho nudos desde la visita de la tarde anterior a Mr. McNally.
La conversación con el abogado la había dejado descolocada, pero también había resuelto unos cuantos misterios. Para empezar, por qué su abuela nunca había estado preocupada por el coste de la residencia o, más concretamente, por qué nunca mencionó la posibilidad de perder la casa familiar.
Y era simplemente porque, al estar bajo un fideicomiso, la casa no se podía vender. Ni por su abuela, ni por Nina, ni por el estado, ni por nadie. Si su abuela no era la dueña y la casa estaba en un fideicomiso, nadie se la podía quitar. Solo tenía el derecho de uso mientras viviera.
Y ahora ese derecho había pasado a ella.
Habría estado bien saberlo antes de vender su alma al diablo en aquel trabajo horrible de doce horas al día; pero ella tampoco le había contado a su abuela su plan: trabajar a destajo para acumular dinero y mudarse al estudio más pequeño y barato que encontró.
No habían hablado de nada importante aquellos últimos meses, queriendo protegerse mutuamente, y se habían dejado muchas cosas —y conversaciones— por el camino.
En fin, todo eso ya no tenía importancia.
Luego estaba el dinero. La fortuna de los Holmes, como la había llamado Mr. McNally. Ya no era una fortuna, a esas alturas, pero al menos había servido para que su abuela estuviese tranquila el último año y medio.
Más que suficiente.
Entró en el salón, dejó la bandeja con el té en la mesita baja al lado de la butaca frente a la chimenea y encendió el fuego.
Intentó ignorar las cajas de cartón apiladas contra una de las paredes, al lado de la puerta de entrada.
Todas juntas formaban una pared ominosa de cartón marrón.
Sabía que tenía que ponerse con ellas, pero no iba a ser ese día.
Clasificar el contenido —qué guardar, qué donar, qué tirar— le iba a llevar semanas, y requería de un estado mental en el que todavía no se encontraba.
Con la chimenea encendida, se sentó en la butaca y cogió los dos sobres con su nombre escrito de encima de la mesa.
Las cartas que la trabajadora de la residencia le había dado.
Llevaban en su bolso desde el día de la muerte de su abuela.
El volumen de los sobres requería tranquilidad, una tetera llena y tiempo por delante.
Tiempo en blanco, sin preocupaciones, o al menos sin nada urgente ni importante pendiente —cajas aparte—.
Por eso había esperado a abrirlos hasta después del funeral.
O quizás lo había estado evitando porque aquellas cartas eran la última conexión con su abuela, las últimas palabras que le iba a dirigir.
Una vez las leyese, ya no habría más palabras nuevas entre las dos.
Cogió el primer sobre y rasgó la solapa. Sacó la carta, un pliego de varias hojas numeradas en la esquina inferior derecha.
Estaba fechada unas semanas atrás, más o menos cuando su abuela había empezado a contarle la historia de su familia.
Querida Nina:
Empiezo esta carta después de una de tus visitas.
Hoy no he tenido uno de mis mejores días y no he podido terminar de contarte la historia que empecé esta tarde: la historia de nuestra familia.
Tengo miedo de que se me acabe el tiempo. No sé cuánto me queda: pueden ser meses, días, horas. Y esta historia es demasiado importante para que se pierda. Así que he decidido escribirla.
Quizás debería haberlo hecho antes. Siempre creemos que tenemos más tiempo del que nos queda: tiempo para vivir, para hacer las cosas que siempre quisimos hacer, como si fuéramos a vivir eternamente.
Espero tener al menos el tiempo suficiente para poder terminar esta carta. Es una historia larga, seguramente necesitaré varios días. Tampoco veo tan bien como antes, ni mis dedos son tan ágiles.
Quiero contártela en primera persona, en tus visitas de los domingos que tan feliz me hacen. Esta carta es solo por si lo inevitable sucede antes de que termine mi relato.
Siéntete en la libertad de saltar al trozo que corresponda, si me quedé a medias contando la historia. Yo, por si acaso, voy a empezar por el principio.
Todo empezó en la primavera de 1879, al principio de la temporada de bailes en Londres...
Nina volvió a leer la parte que su abuela ya le había contado. Parecía estar escuchándola, según iba pasando las páginas de la carta. Estaba bien, pensó, tener el relato por escrito. La última historia que le contó su abuela. No quería olvidarla con el tiempo.
Llegó a la parte donde Rose decidió escribir a Mr. Holmes para pedirle más detalles sobre su proposición de matrimonio.
Allí era donde se había quedado su abuela, el último día que la vio, justo antes de insinuar que se le estaba yendo la cabeza.
Tenía la boca seca y un nudo en la garganta.
Intentó no dejarse llevar por las emociones, o no iba a acabar nunca.
Quería leer las cartas ese día, preferiblemente esa mañana. Ya había esperado suficiente.
Tomó un sorbo de té caliente y siguió leyendo.
Sherlock, como decía, quedó deleitado con la carta de Rose.
Le escribió de vuelta, describiéndole el lugar donde vivirían: no tendrían ningún tipo de lujo, era una sencilla casa de alquiler reservada a profesores e investigadores, cerca de la universidad, con una cocinera y una criada.
Rose y Sherlock se cruzaron unas cuantas cartas más en las que hablaban de las condiciones del trabajo en la universidad que Rose tendría que desempeñar, más los detalles del futuro matrimonio: cómo educarían a sus futuros hijos, etc.
Aunque ahora pueda parecer algo frío, en aquella época no lo era.
Desde el punto de vista de Rose, era mejor preguntar de antemano todas las dudas, para saber exactamente dónde se estaba metiendo.
Y en el caso de Sherlock, estaba encantado de que su futura esposa —porque nunca tuvo duda de que aceptaría, estaba convencido de que el trato que le ofrecía era mil veces mejor que el futuro que le esperaba— fuese una persona meticulosa y ordenada, que en vez de lanzarse a tomar decisiones guiada por el impulso de la juventud, se paraba a valorar los pros y contras.
—¡Ja! —dijo Nina en voz alta, y su voz resonó en el salón vacío.
Impulso de la juventud. Qué montón de tonterías. Como si él fuese mucho más maduro que Rose, a sus veinticinco años.
Sospechaba que a Sherlock le gustaba mucho dárselas de cerebral, pero él también se dejaba llevar por sus impulsos. ¿Qué había hecho él, si no, más que actuar sin pensar, en el calor del momento, al proponerle matrimonio a Rose en la salita de la casa de su tía?
Estaba segura de que había habido algo más que conveniencia y pros y contras en su proposición. Seguramente el hecho de que su tatarabuela Rose fuese guapísima no había tenido absolutamente nada que ver con su decisión. Por supuesto.