14 Mr. McNally
Mr. McNally
Mr. McNally había enviudado una docena de años atrás, y desde entonces vivía con su hija en una pequeña casita de campo con un jardín enorme y cuidado —todo lo contrario al suyo—, a cinco minutos andando de Holmes House.
El hombre parecía aún más diminuto que el día del funeral de su abuela, sentado detrás de su escritorio lleno de papeles.
La mesa era inmensa, de madera oscura. Le contó que se la había traído del despacho al jubilarse y la había colocado allí, en una pequeña habitación de la planta baja, en una especie de réplica de lo que había sido su despacho.
El resto del espacio lo ocupaban una silla de piel al otro lado de la pesada mesa de madera maciza —donde estaba sentada Nina— y dos paredes con estanterías de suelo a techo, repletas de libros de leyes.
Detrás de donde estaba sentado Mr. McNally unos ventanales dejaban ver el jardín trasero, rodeado de árboles.
La leña crepitaba en el fuego encendido. Además de la chimenea, el hombre debía tener la calefacción puesta, porque hacía doscientos grados allí dentro.
Habían empezado hablando del tiempo, para pasar a hablar de su abuela, de su abuelo Howard, mientras tomaban la primera taza de té en una bandeja que su hija les había traído.
Después de los imprescindibles prolegómenos y circunloquios, el hombre puso una mano sobre una gruesa carpeta de cartón marrón que tenía sobre el escritorio, llena de papeles y sujeta con un trozo de cuerda.
La abrió y empezó a sacar papeles amarillentos, escritos a pluma, con pinta de ser bastante antiguos.
—En fin, no quiero entretenerte más de la cuenta; los temas de los que tenemos que tratar ya son lo suficientemente largos.
Nina sonrió ligeramente. Imaginó que el hombre no recibía muchas visitas. Le dijo la verdad.
—No es que tenga mucho que hacer esta mañana, no se preocupe.
Ni esa mañana ni el resto de su vida.
Intentó que la incertidumbre no la ahogase. Además, el hombre había empezado a hablar. Más le valía prestar atención.
—Holmes House no se puede vender. —Mr. McNally la miró por encima de las gafas que se había puesto para leer—. Te lo digo porque vi a la serpiente de Vincent Bramley darte una tarjeta durante el funeral.
—No pensaba vender —dijo Nina, tajante, y se sorprendió a sí misma.
No sabía de dónde había sacado la idea, porque, la verdad, con lo que podía sacar de la casa y los terrenos, bien podía comprarse un piso o una casa modesta en Londres. Por lo menos a las afueras.
Pero de repente la idea de deshacerse de Holmes House se le hizo insoportable. Era la casa de su infancia, la única casa que había conocido. Su casa. Y el único nexo de unión que le quedaba con su abuela.
Mr. McNally sonrió, complacido con su respuesta.
—Llevan un montón de años detrás de la casa y el terreno, desde los ochenta por lo menos, primero su padre y luego él.
Lo que no saben, porque tu abuela no se lo dijo y te aconsejo que tú tampoco lo hagas —cuanto menos sepan, mejor—, es que la casa no se puede vender, ni hacer nada con ella: está en un fideicomiso, y solo puede pasar de pariente femenina a pariente femenina.
¿La casa en un fideicomiso? ¿Por qué nunca había oído hablar de nada de eso?
—Aparte de la casa —el hombre apartó otro montón de papeles de la carpeta—, hay también algo de dinero, en un fondo, en forma de pensión mensual, aunque también puede usarse para reparaciones de la casa y para gastos asociados a la salud.
Mucho me temo que, con el paso de los años y los gastos de Lucy en la residencia, no queda mucho de la fortuna original.
El abogado le dio una cifra: cuatrocientas libras al mes, “durante treinta años más o menos, a no ser que haya algún imprevisto, claro”, dijo. No era mucho, pero era más que nada. Suficiente para pagar los impuestos de la casa y la factura de la calefacción. O media factura de la calefacción.
Sobre todo porque no esperaba nada. ¿Qué era todo aquello? ¿Un fondo? ¿“La fortuna original”?
—Me imagino que tendrás preguntas —dijo el hombre, recostándose en su silla enorme.
¿Preguntas? No sabía ni por dónde empezar.
Nina consiguió encontrar la voz, no sabía ni cómo.
—¿Qué fortuna? ¿Un fideicomiso? ¿Parientes femeninas?
Fue lo único que pudo decir. El hombre la miró sorprendido.
—¿Tu abuela no te habló de nada de esto?
Nina negó con la cabeza. El abogado se quitó las gafas y empezó a limpiarlas con un trapo que se sacó del bolsillo, tomándose su tiempo.
—Le dije hace años que tenía que hablar contigo, pero ya sabes cómo era tu abuela...
nadie podía decirle lo que tenía que hacer.
—El anciano sonrió, con afecto—. No se lo tengas en cuenta.
A nuestra edad... a veces creemos que vamos a vivir para siempre, que tenemos tiempo de sobra.
Aunque sepamos que no es verdad. —Volvió a ponerse las gafas y la miró, cansado—.
Como si fuera una forma de engañar a la muerte.
¿Tenérselo en cuenta? Su abuela siempre había hecho lo mejor para ella. Pero era humana, como todo el mundo. Si no le había hablado de ello, tendría sus razones. O simplemente, como había dicho el abogado, se había quedado sin tiempo.
—¿De dónde sale el dinero? —preguntó Nina.
Nunca había imaginado que tuviesen dinero familiar, ni nada parecido. Al menos ya sabía por qué su abuela no estaba preocupada por el coste de la residencia.
—La fortuna de los Holmes. Tu tatarabuelo amasó una pequeña fortuna durante su vida, para la época, claro, y no quería que ni su hija ni su nieta, ni las mujeres de la familia que viniesen después, pasaran necesidades.
Eran otros tiempos. Las mujeres no tenían muchas oportunidades, ni trabajos a los que dedicarse.
Ni sitios en los que educarse. Por eso la casa está bajo un fideicomiso, para que no pudiesen perderla en caso de divorcio u otros imprevistos, o por si a alguno de sus maridos se le ocurría venderla o jugársela a las cartas.
Y por eso dejó escrito que el uso de la casa pasase también de hijas a hijas... o en este caso, a nieta.
El anciano la miraba con ojos sorprendentemente vivaces. Extendió un poco el silencio para darle tiempo a digerir todo lo que le estaba contando, y luego siguió hablando:
—Hay un montón de estipulaciones más sobre qué pasaría si hubiese habido más de una descendiente femenina o si solo había hijos varones, pero no te voy a aburrir con todo eso... además, no se ha dado el caso, así que es irrelevante ahora mismo.
Nina le dio un sorbo a su taza de té, para darse fuerzas para preguntar lo que tenía que preguntar. Se sorprendió de que todavía estuviera caliente.
Se quedó pensando en lo que el hombre había dicho momentos antes: de hijas a hijas.
—Entonces... ¿no sería mi madre la legítima heredera de Holmes House?
El anciano suspiró y negó con la cabeza.
—Nadie ha sabido nada de ella desde hace treinta años, desde que te dejó con tus abuelos y desapareció.
Tu abuela no solía mencionarla, le partía el corazón.
De todas formas —el hombre volvió a coger el taco de papeles amarillentos de encima del escritorio, volvió a ponerse las gafas que colgaban de la cuerdecilla y volvió a pegarse los papeles a la cara— hay estipulaciones al respecto, el usufructo de la casa puede saltarse una generación en varios casos: si solo había descendientes varones, en ese caso pasaría a la primera nieta; si una de las herederas era una persona con casa propia o la suficiente fortuna como para sostenerse a sí misma, pasaría a la siguiente generación...
etcétera. Pero como ya te he dicho, es la primera vez que hemos tenido que echar mano de las excepciones.
Y hay una que es “en caso de muerte o desaparición de la heredera natural de la casa”, en ese caso pasaría a la siguiente familiar femenina, que eres tú. Además...
El hombre hizo una pausa para mirarla atentamente, para saber si podía seguir hablando, si le disgustaba el tema.
Nada más lejos de la realidad. Nunca habían hablado de su madre, nunca le había interesado en exceso: la dejó con sus abuelos cuando tenía dos años, tenía problemas con las drogas, jamás volvieron a saber de ella.
No la recordaba, no tenía ningún tipo de trauma asociado.
Su abuela era la mejor madre que habría podido tener.
—Además —siguió diciendo el abogado—, tu abuela hizo que la declararan legalmente muerta, hace unos veinte años, para asegurarse de que la casa pasaba a tu nombre.
El anciano volvió a soltar los papeles y a quitarse las gafas.
—Todo está en regla; una vez que se te nombre como beneficiaria de la casa y el dinero, ya no hay vuelta atrás.
Ya no hay vuelta atrás.
Necesitaba pensar. Estaba deseando salir de aquel despacho demasiado caliente y llegar a casa —suponía que ahora “casa” era Holmes House, aunque siempre lo había sido— y poder digerir todo aquello. Poner las ideas en orden.
—Una última cosa —dijo el anciano.
La miró fijamente a través de la mesa llena de papeles, y de repente su mirada se volvió más aguda, más precisa. Pareció de repente más joven y más alerta de lo que había estado durante toda la tarde.
—Los papeles del fondo y de la casa voy a pasárselos a mi nieto, es quien llevará todo a partir de ahora. Pero hay algo que no voy a decirle y que no está en estos papeles, y es el nombre real del dueño original de la casa. De tu tatarabuelo. ¿Tu abuela tampoco te habló de ello?
Nina le miró con los ojos muy abiertos.
¿Estaba hablando de lo que creía que estaba hablando?
—Sí —dijo, tragando saliva, con un nudo en la garganta. O al menos había intentado hablarle de ello. No la había creído, pero al menos había intentado decírselo.
El hombre asintió con la cabeza.
—Muy bien. Entonces hemos acabado con la parte legal, ya no hay nada más que hablar. Le diré a mi nieto que empiece con los papeles de la transferencia de la casa y del dinero, y ya solo tienes que pasarte por su despacho a firmar.
El anciano se recostó en el sillón de piel tras el escritorio y cruzó las manos sobre la manta que le cubría hasta el pecho.
—Echaba de menos esto. —Mr. McNally sonrió—. Ha sido divertido.