Muerte de una influencer (Baker Street 1) 13 Un día de noviembre
22%

13 Un día de noviembre

Un día de noviembre

Apenas lloró ese día, aturdida como estaba, pero no pudo dejar de hacerlo mientras empaquetaba lo que parecían miles de cajas de cartón: las cajas de la habitación en la residencia de su abuela y las de su piso de Londres, que ya no tenía más remedio que abandonar.

No iba a ponerse a buscar trabajo en ese momento, y el tiempo para las decisiones se le había acabado.

Vació primero la habitación de su abuela. No quería volver más veces a aquel lugar, no si su abuela no estaba en él, no si podía evitarlo.

No fue una tarea fácil empaquetar dos vidas a la vez, por mucho que fueran espacios pequeños.

Pasó unos días anestesiada, perdida, entre hablar por teléfono con la funeraria para ultimar detalles —no tenía mucho que decidir, su abuela había dejado instrucciones precisas de cómo quería que fuese su funeral—y llenar cajas de cartón.

Recoger las fotos. Donar la ropa que tenía su abuela en el armario de la residencia, menos algunas prendas que quería guardar: un vestido de flores, su eterno abrigo marrón y el sombrero que solía ponerse en invierno.

Al final tardó menos tiempo del que había pensado, porque fue a lo único a lo que se dedicó esos días: rellenar y cerrar cajas, como si le fuera la vida en ello. Quería terminar cuanto antes, y además le servía para no pensar. Cuanto más ocupada estuviese, mejor.

Cuando terminó de empaquetar vidas ajenas y propias, llamó a una empresa de mudanzas para que recogieran las cajas de su piso en Londres y de la residencia. Las descargaron todas en Holmes House, justo el día antes del funeral de su abuela.

* * *

Era un día de noviembre frío, gris, ventoso, y ella se había dejado la bufanda y los guantes en casa.

Una pequeña multitud se había congregado en el cementerio, a pesar del frío y el viento.

Nina había olvidado lo popular que era su abuela, después de año y medio visitándola en la residencia.

Como si su vida anterior no hubiese existido, como si todo su mundo fuesen los paseos por el jardín y las visitas de los domingos.

La gente se acercaba, le daba el pésame, le contaba anécdotas e historias de su abuela. Y había muchas.

El cementerio estaba lleno de gente, diferentes generaciones de los que fueron alumnos suyos, algunos casi ancianos, sus primeros alumnos, y otros veinteañeros, la última clase que impartió antes de jubilarse, mucho más tarde de lo normal, a los setenta años.

Su abuela no sabía estar ociosa y le encantaba enseñar.

Debería haber hecho más caso a las anécdotas, pensaría después, cuando se le pasase la niebla mental, pero en aquel momento lo único que podía hacer era asentir mecánicamente y decir gracias.

Ni siquiera reaccionó cuando un hombre trajeado de calva brillante le dio el pésame y aprovechó el apretón de manos para dejarle una tarjeta en la palma de la mano.

Bramley & Son, servicios inmobiliarios.

Se guardó la tarjeta en el bolsillo del abrigo, solo porque no había una papelera cerca y no quería tirarla al suelo en medio del cementerio.

No sabía si era esa promotora inmobiliaria u otra, pero llevaban años intentando comprar la casa y el terreno de su abuela, y habían tardado cero coma dos segundos en intentarlo con ella.

No habían esperado ni a que su abuela estuviese bajo tierra.

Un anciano se acercó, ayudándose con un bastón y del brazo de un hombre mucho más joven que él. Llevaba una gorra inglesa para protegerse del frío y un abrigo inmenso que le hacía parecer todavía más menudo.

—¡Nina! —dijo, cuando llegó a su lado, con inusitada energía.

Nina sonrió por primera vez en varios días.

—Mr. McNally.

Se inclinó para darle un abrazo breve.

—Siento mucho lo de tu abuela. Me habría gustado poder ir a visitarla... Pero últimamente no estoy muy móvil que digamos.

El hombre levantó el bastón y sonrió, y la cara se le arrugó como un pergamino al hacerlo.

—No se preocupe —dijo Nina.

Mr. McNally era y había sido siempre el abogado de sus abuelos. Era un buen amigo de su abuelo Howard, y siguió ocupándose de todos sus asuntos cuando él murió.

No era, evidentemente, quien había estado en la residencia preguntando si su abuela había dejado papeles.

—Tenemos que hablar —dijo el anciano, con tono repentinamente serio—. De Holmes House... y de más cosas.

El hombre que le acompañaba habló por primera vez.

—Si puedes pasarte por el despacho cuando te venga bien... Cualquier día de esta semana.

Nina recordó que su abuela le había contado que ahora el despacho de abogados lo llevaba el nieto de Mr. McNally.

Debía rondar los treinta y cinco y era alto —o quizás era el contraste con su abuelo—, de pelo rubio oscuro y abundante.

Tampoco encajaba en la descripción que le había dado la enfermera.

—Ven a hacerme una visita a casa, mejor —intervino Mr. McNally—. Tengo todos los papeles allí, y así no tengo que moverme.

El nieto sonrió, mirando a su abuelo con adoración, y Nina sintió la ausencia de su abuela como una punzada en el corazón.

—Mi abuelo lleva veinte años jubilado, pero se empeñó en seguir llevando los asuntos de Mrs. Addington personalmente.

El anciano se tocó la sien.

—Mientras la cabeza me siga funcionando.

Cuando todo el mundo se hubo marchado y ya no quedaron manos que estrechar ni pésames que recibir, Nina se quedó unos momentos mirando el féretro de madera oscura, las flores que descansaban en la superficie, coronas y ramos de todos los colores.

Los trabajadores que tenían que bajarlo se quedaron esperando en respetuoso silencio.

La abuela Lu iba a ser enterrada en el trozo de tierra que había comprado casi treinta años antes, cuando murió su abuelo, a su lado.

Le echó un vistazo a la lápida de mármol gris.

Howard Addington

1934-1997

Querido esposo y abuelo

“Eres la última Holmes”, había dicho su abuela aquella tarde, la primera, justo antes de empezar a contarle la historia de su familia.

Se dio la vuelta y salió del cementerio. Metió las manos en los bolsillos de su abrigo, negro y largo, casi hasta los pies, y palpó la tarjeta que le había dado el tipo de la inmobiliaria. La arrugó sin sacarla del bolsillo.

Se subió el cuello del abrigo para intentar cortar el viento helado, y emprendió el camino de vuelta a Holmes House.