12 Dos sobres blancos
Dos sobres blancos
Estar muerto se parecía mucho a estar dormido, pensó Nina. Su abuela Lu, su única familia, sonreía con los ojos cerrados, bañada por el sol de invierno que entraba a través de las cortinas casi transparentes de la habitación. Nina también sonrió, mientras le apartaba un mechón de pelo de la frente.
No hay ninguna muerte que no coja por sorpresa. Que no la deje a una paralizada, sin poder pensar ni reaccionar. Como a ella en aquel momento.
Daba igual la edad que tuviese su abuela o que las dos supieran que ese día iba a llegar más temprano que tarde. Lo único que sabía era que dos días antes su abuela estaba viva, hablando, existiendo, y ahora no.
Y el mundo, o al menos su mundo, nunca volvería a ser el mismo.
Miró a su alrededor. Tendría que volver otro día, a recogerlo todo, las cosas de su abuela. Pero eso sería más tarde, días más tarde. Tenía el resto del mes, le había dicho la directora de la residencia. Muy amable, teniendo en cuenta que ya estaba pagado.
Buscó en el armario el vestido que su abuela había elegido y lo dejó colgado en la puerta del armario, por fuera.
No quería estar allí cuando llegaran los de la funeraria.
Salió del dormitorio. En la salita la estaba esperando una de las trabajadoras de la residencia, una de las más veteranas. Fue incapaz de recordar su nombre en ese momento.
—El vestido está en la puerta del armario —dijo Nina—, el resto encima de la mesita.
El resto era el collar, los pendientes, los zapatos y demás ropa.
La mujer asintió.
—Su abuela quería que le diera esto —dijo, y sacó un par de sobres del bolsillo de su uniforme—. Después de su muerte, no antes. Me dijo que tenía que darle los sobres en persona, y que no se lo mencionase a nadie. —La mujer se mordió el labio—. Me hizo prometérselo.
Nina cogió los sobres que la mujer le tendía.
No tenían nada de especial. Eran sobres blancos, no muy grandes, de tamaño normal.
Uno de ellos mucho más abultado que el otro.
Imaginó varias hojas de papel dentro, dobladas en tres partes.
¿Qué le había dejado su abuela, tan importante como para que tuviese que dárselo la enfermera en persona?
Los sobres tenían su nombre escrito en el frontal. Reconoció la letra de su abuela. Uno llevaba el número uno en una esquina, dentro de un círculo, y el otro sobre el número dos.
—Insistió mucho en que no se los diese a nadie más que a usted. Por eso no le dije nada a su abogado, cuando se presentó esta mañana, aunque me preguntó si su abuela había dejado algún documento. Espero haber hecho bien.
—¿Su abogado? —preguntó, distraída, mientras le daba vueltas a los sobres entre las manos.
—Sí, un tal Mr. Fraser. —La mujer frunció el ceño ligeramente—. Llegó justo después del médico.
—¿Mr. Fraser?
Se sentía como un loro repitiendo todo lo que le decía la mujer, pero no entendía nada... ¿qué hacía allí el abogado de su abuela? ¿Y cómo había llegado antes que ella, justo después del médico que habían llamado para certificar su muerte?
Se frotó la sien casi sin darse cuenta. La cabeza la estaba matando.
—Sí —siguió diciendo la enfermera—. Alto, con poco pelo, sobre unos cincuenta y pico años, quizás sesenta. Lo siento, no me dio su tarjeta. Tampoco pensé en pedírsela. Con la confusión del momento...
—No se preocupe —cortó a la mujer.
El abogado de sus abuelos era (y había sido siempre) Mr. McNally, un amigo de su abuelo Howard que les había ayudado siempre con testamentos y cosas así.
Nada de un Mr. Fraser. Además, era de la edad de su abuela, era imposible que siguiese ejerciendo.
Y para rematar, no coincidía ni de lejos con la descripción que la mujer le había dado.
En fin, daba igual. No estaba como para pensar en eso. Guardó en su bolso los sobres y se olvidó de ellos casi al instante.
Se acercó a una de las baldas y cogió la fotografía de su primer día de escuela.
Pasó los dedos sobre el cristal, su abuelo Howard, ella con el ceño fruncido, su abuela sonriente.
De repente sintió un peso horrible en el corazón, como si tuviese un elefante sentado en el pecho que no la dejaba respirar.
Se sentó en la mecedora de su abuela, con la fotografía en la mano, sin dejar de mirarla.
—Le he traído una taza de té. Le sentará bien —dijo la mujer, que todavía seguía en la habitación.
Nina asintió con la cabeza, incapaz de hablar alrededor del nudo en su garganta. La mujer tuvo el suficiente tacto como para salir de la habitación y cerrar la puerta tras ella, para dejarla derrumbarse a solas.