11 Una docena de pasteles
Una docena de pasteles
Nina intentó no quedarse dormida con el traqueteo del tren. Eran más de las diez de la mañana, pero todavía no se había acostumbrado a no madrugar y seguía despertándose a las seis.
Se había tomado el día anterior libre, después de la discusión con su abuela, con la intención de poner orden en su vida, pero lo único que había conseguido era entrar en pánico.
Había actualizado su currículum, aunque aún no lo había subido a ninguna web de empleo.
Luego, se sumergió en el descenso a los infiernos que era navegar entre anuncios de pisos en Londres. Pisos, por llamarlos de alguna manera.
Lo primero era conseguir trabajo, porque a ese paso, lo único que podría permitirse sería un colchón en el rellano de una escalera. Y existían: había visto más de uno y más de dos. Y no eran precisamente baratos.
Le dio un sorbo al vaso con el té que había comprado en la estación.
A pesar del caos infinito que era su vida, no había querido esperar al fin de semana para volver a visitar a su abuela. No le gustaba cómo habían dejado las cosas la última vez que hablaron.
Así que allí estaba, un viernes por la mañana, de nuevo en aquel tren.
En la mesita frente a ella, además del té, tenía un paquete con una docena de pastelillos de la pastelería favorita de su abuela en Londres, y un ramo de flores, para disculparse por lo del miércoles.
Las flores eran superfluas; lo realmente importante eran los pasteles. Sonrió, pensando que no le durarían mucho. Su abuela no tenía mucho apetito últimamente, pero eso no incluía los dulces.
Subió la ligera cuesta que llevaba a la residencia, con el sol en los ojos.
El edificio señorial de piedra parecía más imponente que nunca, bañado por el sol de la mañana, en contraste con el cielo azul.
Se preguntó a qué familia pudiente habría pertenecido en el pasado.
Ahora, casi todas aquellas casas enormes eran colegios, hogares para ancianos, o se alquilaban para bodas y eventos.
Unos cuantos residentes charlaban sentados en los jardines, a pesar del frío helador. La mayoría, cubiertos con mantas sobre las piernas y abrigados hasta las cejas, con gorras inglesas de paño para combatir el frío.
La hierba, todavía helada de la noche anterior, crujió bajo sus pies.
Saludó a algunos de los ancianos al pasar a su lado. Llevaba bastante tiempo haciendo el mismo camino, y gracias a los cotilleos que su abuela le contaba, ya conocía a casi todo el mundo por su nombre.
Se apartó el pelo largo y castaño que el viento le echaba a la cara. Se había dejado el gorro de lana en casa y se le estaban congelando las orejas.
Aquella mañana era Elise quien estaba detrás del mostrador de recepción. Era nueva —relativamente: llevaba ya un año trabajando allí—, tenía veintisiete años y se había casado seis meses antes con su novio de siempre.
La chica levantó el auricular del teléfono que había sobre el mostrador y se lo puso en la oreja, pero volvió a dejarlo en su sitio en cuanto la vio entrar por la puerta.
Elise la miró, tragó saliva y parpadeó un par de veces.
—Miss Addington... justo iba a llamarla por teléfono. ¿Puede esperar un momento aquí, por favor?
La recepcionista desapareció por el pasillo a paso rápido.
Nina se quedó allí, clavada en el sitio, frente al mostrador de recepción, con la vista fija en las letras pegadas en la pared, “POR FAVOR, TOQUE EL TIMbrE”, entre los brazos los pasteles que su abuela ya no se iba a comer.