10 La discusión
cWD
La discusión
Después de la extraña propuesta en la salita de su tía, Mr. Holmes se retiró sin decir nada más, para que Rose pudiera considerar su oferta.
Su tía no la interrogó sobre la visita, convencida ya de que no iría a ninguna parte.
Sobre todo observando a su sobrina, que parecía preocupada y más sombría de lo normal.
Lo cual quería decir que, si tenía ideas románticas sobre el caballero —algo que, de todas formas, no había parecido tener tampoco antes de la visita—, se habían esfumado.
Esa misma noche, en su habitación, Rose intentó concentrarse en la lectura que tenía delante, pero no pudo. Llevaba media hora intentando leer la misma página.
No podía creer lo que le estaba pasando. A ella, a quien nunca le pasaba nada.
No podía dejar de darle vueltas a lo que le había propuesto Mr. Holmes.
Matrimonio, ni más ni menos.
Al principio lo había desechado, como la excentricidad que parecía; que era. Mr. Holmes se había despedido minutos después de su fantástica propuesta, o proposición, o lo que fuese aquello, y ella se había quedado con el ceño fruncido, sin saber qué hacer ni qué decir.
“Tendrá noticias mías”, le había dicho antes de irse, ya con el sombrero y el bastón en la mano.
¿Noticias suyas? ¿Noticias de qué?
¿Acaso no veía que lo que le había propuesto tan a la ligera era una locura?
Y no era que le pareciese una locura porque esperase recibir una proposición romántica en el futuro.
No, no era tan inocente como para no saber que las posibilidades de una propuesta de matrimonio de cualquier tipo eran nulas en su caso.
A no ser que tuviese un pariente rico del que no hubiese oído hablar jamás que le dejase una dote en su testamento.
No. Era la acompañante de su prima Violet, y algún día sería la institutriz de sus hijos. Punto. Era su destino, y ya se había hecho a la idea. No le convenía empezar a fantasear con otras opciones.
Tampoco le parecía un mal trato. Le dejaba tiempo para sus estudios, no mucho, eso era cierto; tenía que estar siempre a disposición de Violet, ayudándola a escoger sus vestidos, acompañándola a todas partes...
Y también solía hacer algún recado de vez en cuando para la tía Enyd, cuando su doncella no estaba disponible.
No quería pensar en cuando tuviese cuatro o cinco chiquillos a su cargo.
Probablemente tendría dos horas seguidas para dormir, con suerte.
Pero el trabajo que hacía Mr. Holmes era interesantísimo.
No podía pensar en algo más placentero que dedicarse a ello todo el día.
Bueno, no todo el día: si se convertía en su esposa, supuso que tendría ciertas obligaciones que cumplir, quizás más de las normales, porque Mr. Holmes no parecía un hombre acomodado y dudaba que tuviese más servicio que un mayordomo y un ama de llaves, y no estaba segura del ama de llaves.
Una cocinera, como mucho. Aun así, podría dedicar horas durante el día a sus estudios y...
Sacudió la cabeza. ¿De verdad lo estaba considerando? ¿Quién aceptaba una propuesta de matrimonio para tener un trabajo? Y más aún, ¿quién lanzaba una propuesta de matrimonio solo para conseguir una ayudante?
Aunque también era verdad que Mr. Holmes había dicho, contrariado, que le estaba costando mucho conseguir a la persona adecuada. Quizás para él casarse con ella solo por eso era un pequeño sacrificio. Tampoco lo sabía. No le conocía de nada.
No le conocía de nada. Repitió la frase una vez más en su mente, para que se le metiese entre ceja y ceja. No era como si no se concertasen matrimonios todos los días, pero aun así... ¿Era un buen hombre? ¿Qué sabía de él? Nada. Absolutamente nada.
Pero si aceptaba su propuesta, tendría su propio hogar. Su propia casa, sin depender de la limosna y la buena voluntad de otras personas, aunque fuesen familiares.
Cerró por fin el libro que no estaba leyendo y apoyó la cabeza en el escritorio, la frente sobre la madera fría. No iba a resolver aquello ella sola, por mucho tiempo que pasase dándole vueltas.
Sacó de un cajón papel, su pluma y el tintero, y comenzó una carta.
29 de abril de 1879,
Mr. Holmes...
* * *
—Le dijo que tenía que hablar con él urgentemente, porque necesitaba discutir los términos de su acuerdo matrimonial antes de tomar una decisión —la abuela Lu sonrió ligeramente—.
Siempre fue muy directa, Rose, no se andaba por las ramas, o eso me dijeron.
El bisabuelo Sherlock guardó esa carta toda su vida.
Le ponía de buen humor sacarla y leerla de vez en cuando.
El bisabuelo Sherlock.
Era como si alguien le hubiese echado un cubo de agua fría sobre la cabeza y la hubiese devuelto a la realidad. En todo aquel tiempo que llevaba contándole la historia, era la primera vez que su abuela se refería a Sherlock como su bisabuelo.
En su caso, ¿qué sería? ¿El tatarabuelo Sherlock?
Dios.
Aquello estaba durando demasiado.
Por mucho que la historia le interesase y que quisiese escuchar el final, en algún momento tenía que admitir el hecho de que estaban hablando de un personaje de ficción.
Ficción. Sherlock Holmes no existía ni había existido nunca; no era más que el producto de la fértil imaginación de un escritor. Y su abuela no solo hablaba de él como si hubiese sido real, sino como si fuese parte de su familia.
Su bisabuelo, ni más ni menos.
La ligereza del día, su propósito de no pensar en nada, se vino abajo.
De repente la realidad le cayó encima, todo se le cayó encima: el año y medio trabajando sin descanso, el trabajo que había perdido, el piso del que la iban a echar. Su abuela, en aquella residencia, cada vez más débil, cada vez más alejada de la persona que había sido.
Todo era demasiado, y el peso sobre sus hombros la venció por momentos.
Había conseguido ahorrar un montón aquel último año y medio, pero la residencia de su abuela era tan cara que apenas le iba a llegar para unos meses.
No era suficiente. ¿Qué iba a hacer? Iban a tener que vender la casa.
Estaba desesperada. No podía hacer nada.
La situación se le había escapado de las manos, y no podía hacer nada.
Nina se frotó la frente con la mano, como si fuera una lámpara mágica de la que sacar ideas, o un genio. Pero, evidentemente, no funcionó.
—Abuela —dijo, en tono cansado—. Esto tiene que acabar.
Su abuela la miró, sorprendida.
—¿Qué es lo que tiene que acabar?
—Esto, todo esto —Nina hizo un gesto con las manos, abarcándolas a ambas—, este disparate de Sherlock Holmes. Estoy preocupada por ti. Creo que deberíamos ver a un médico.
Su abuela la miraba con el ceño fruncido.
—¿Un médico? ¿Para qué? ¿Te encuentras mal?
Nina emitió un sonido a medio camino entre una risa y un gemido de desesperación.
—El médico no es para mí.
Su abuela se recolocó la manta de cuadros sobre las rodillas.
—No digas tonterías. Me encuentro perfectamente. Bueno, quitando el hecho de que tengo ochenta y seis años y mi vida se acaba. Pero eso más o menos se veía venir, no creo que le sorprenda a nadie.
A Nina le dieron ganas de llorar de rabia, de desesperación, de tristeza y de impotencia. De lo injusto que era todo, el hecho de estar perdiendo a su única familia, y el hecho de que su cabeza estuviese perdiéndose antes que su cuerpo. Respiró hondo e intentó no derrumbarse.
—Por favor, abuela, deja de decir eso. Sabes que no es a eso a lo que me refiero. Estoy preocupada con toda esta historia de Sherlock Holmes. Todo esto ha ido demasiado lejos. Quiero que veas a un doctor y que te examine la cabeza.
—¡Qué! —gritó su abuela, indignada.
Nina se mordió el labio. No tenía que haber dicho “cabeza”. Se le había escapado sin querer. Tenía que haber dicho “memoria”, o algo más sutil. Un neurólogo.
Su abuela intentó levantarse sola del banco, cosa que hacía ya semanas que no podía hacer.
Tiene que ser horrible, pensó de repente Nina, querer hacer una salida dramática, estar enfadada y querer darse media vuelta y marcharse, y no poder.
Se levantó para ayudar a su abuela. La cogió del brazo y se dirigieron de nuevo al edificio de la residencia, después de recoger la manta y los termos con el té, ya vacíos.
Ella fue la primera en romper el silencio.
—Abuela, no te enfades.
—No estoy chocheando —respondió su abuela, entre dientes, mientras se apoyaba en ella para poder andar.
—No he dicho que estés chocheando. —El dolor de cabeza con el que se había despertado aquella mañana empeoró de repente, y empezó a sentir pinchazos detrás de los ojos—. Pero Sherlock Holmes no existió, abuela. Todo esto no tiene sentido.
Su abuela se volvió a mirarla.
—¿Ahora lo sabes todo, es eso? ¿Te has hecho mayor, y ya sabes más que yo y yo estoy loca? ¿Ahora eres tú la adulta?
Nina movió la cabeza a uno y otro lado.
Te has hecho mayor.
Tenía treinta y dos años; hacía mucho tiempo que se había hecho mayor.
Pero de todas formas daba igual, porque cuando su abuela le hablaba en ese tono, volvía a tener otra vez nueve años y acababa de romper el jarrón del salón por jugar donde sabía que no debía.
—Abuela...
Decidió dejarlo correr. Al fin y al cabo, ¿qué daño hacía? Si su abuela quería pretender que Sherlock Holmes había sido su abuelo, o bisabuelo, o se había inventado alguna historia extraña para explicar el nombre de su casa familiar, ¿quién era ella para quitarle la ilusión? ¿Qué necesidad tenía?
Demasiado tarde, pensó, mirando a su abuela mientras avanzaban por el pasillo. Tenía los labios apretados en una fina línea. Nina se sintió fatal.
—Abuela... —volvió a empezar, sin saber cómo seguir—. No me hagas caso. Perdóname. Con todo el lío del trabajo estoy con los nervios de punta. No quería insinuar que estabas... indispuesta.
—Indispuesta —murmuró su abuela, irritada.
Llegaron a su habitación en silencio.
—Quiero descansar un rato —dijo su abuela, despachándola.
Nina miró su reloj. Era todavía pronto para la cena, supuso que una siesta no le vendría mal.
Pero no podía irse todavía, no dejando a su abuela disgustada.
Decidió contarle el problema que tenía con el piso. No quería que se preocupara, pero también era una forma de justificarse, de que entendiera por qué aquel día tenía menos paciencia de lo normal.
—Siempre puedes volver a casa —le dijo su abuela, cuando terminó de contarle sus penurias.
A casa. Se refería a Holmes House, evidentemente. Deshabitada, fría, cubierta de polvo y probablemente en necesidad de reparaciones. Y a casi una hora de Londres en un tren atestado de gente, que costaba una fortuna y que se retrasaba cada dos por tres.
Quién sabe, quizás fuese la solución. Un par de semanas de descanso, hasta que decidiese qué hacer con su vida.
—Gracias, abuela. Lo pensaré.