9 Un miércoles cualquiera
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Un miércoles cualquiera
El tren entró en un túnel y Nina se sobresaltó al ver su propio reflejo en la ventanilla.
Tenía un aspecto horrible, con ojeras infinitas y el pelo lacio, sin vida, cayéndole a ambos lados de la cara.
Hacía meses que no tenía tiempo para un corte, ni para pasarse unas tenacillas, ni siquiera para peinarse.
Aquella mañana apenas le había dado tiempo a secárselo y había salido de casa con el gorro de lana sobre el pelo húmedo, pensando que ya se secaría con la calefacción del tren.
En realidad, si hubiera querido, podría haber hecho un esfuerzo.
La habían despedido la tarde anterior y, de repente, tenía todo el tiempo del mundo.
Pero, contra todo pronóstico, noviembre les había regalado otro día seco y soleado, y se le había ocurrido ir a ver a su abuela y pasar el día con ella.
En los asientos del otro lado del pasillo, un tipo de mediana edad había abierto una bolsa de papel marrón de McDonald's sobre la mesa y miraba vídeos en el móvil —sin auriculares, por supuesto— mientras le daba mordiscos a una hamburguesa.
El olor a comida rápida se le pegó a las fosas nasales y a la ropa.
“Hueles a hamburguesa”, le diría luego su abuela, husmeándole el abrigo.
Ventajas de viajar en tren.
El tren salió del túnel y unas ovejas pastando sustituyeron a su reflejo en el cristal.
Llevaba todo el día intentando no pensar en su despido. Su salida de la oficina el día anterior había sido gloriosa. Lo que no había sido era inteligente.
Aunque tampoco era como si tuviera otra opción. La habían despedido. ¿Qué podía hacer? ¿Suplicar? El cómo se hubiese ido de la oficina era irrelevante.
Tampoco necesitaban motivos para despedirla, porque llevaba en aquel trabajo menos de dos años. Podrían haberla despedido porque a su jefe no le gustaba su cara, y habría dado igual.
Menos mal que su contrato incluía un preaviso mutuo de un mes, y si no se cumplía, tenían que pagárselo. Así que tenía exactamente treinta días para encontrar un nuevo trabajo que pagara la misma barbaridad de dinero que el que acababa de perder.
Tenía suerte: los trabajos picando código no escaseaban en Londres. Estaba segura de que, si ponía su currículum en circulación, podría conseguir otro trabajo antes de que terminara la semana. Otro trabajo de horas infinitas pegada a una pantalla, igual de bien pagado y horrible que el anterior.
El problema no era ese. El problema era que se sentía incapaz de pasar por el proceso en ese momento, de atender doscientas llamadas de entrevistadores, de tener que “venderse a sí misma”, de volver a otro trabajo frío y sin alma, cuando lo único que quería era pasar todo el tiempo posible con su abuela.
En cuanto a su piso... no quería ni pensar en ello. Iba a ser imposible encontrar otro alquiler sin un contrato de trabajo.
Cerró los ojos un instante. Un día, pensó. Podía apartarlo todo durante un día. Un día de no hacer nada, de no pensar en nada. Después de tantos meses sin descanso, se merecía un día libre.
* * *
Llegó a la residencia justo después de la hora del almuerzo. Encontró a su abuela leyendo en su habitación, al lado de la ventana, y la convenció para dar un paseo por los jardines.
Tenían que aprovechar los escasos días soleados.
Salieron por la puerta de la residencia, su abuela apoyada en su brazo izquierdo, no sin antes charlar brevemente con Maggie, la recepcionista.
Empezaron a andar por el camino empedrado que serpenteaba entre los jardines.
Su abuela la escudriñó con los ojos entrecerrados.
—¿Qué ha pasado?
—¿Tiene que pasar algo para que venga a verte?
—Claro que no. Pero es miércoles... y es la una de la tarde.
Qué contar, qué no contar. No quería preocupar a su abuela, pero tampoco le iba a mentir.
—He dejado el trabajo —dijo por fin. En realidad, el trabajo la había dejado a ella, pero prefirió ahorrarse los detalles.
—Me alegro. No me gustaba nada ese trabajo. Te estaban explotando.
Avanzaron un poco más por el camino empedrado del jardín. Grupos de residentes tomaban el sol y charlaban animadamente sentados en los bancos, y su abuela saludaba a unos y a otros según se iban acercando.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó.
Nina aspiró y los pulmones se le llenaron de aire helado. Olía a invierno y a escarcha.
—Conseguir otro trabajo, supongo. Hay de sobra —dijo.
Encontraron por fin un banco libre al sol. Aquella tarde estaban muy solicitados.
Nina se descolgó la mochila que llevaba a la espalda y sacó de ella la manta para las piernas que había cogido de la habitación de su abuela, y dos termos con té que acababan de rellenar, uno para cada una.
—Sea por lo que sea —dijo su abuela—, me alegro de que estés aquí. ¿Quieres seguir escuchando la historia de mi bisabuela Rose?
Eso la sacó de su ensimismamiento.
Aquel día no le importaba si su abuela estaba delirando o no. Tenían el sol en la cara y toda la tarde por delante. Lo único que quería era escuchar a su abuela contarle una historia y olvidarse de todo lo demás.
Extendió la manta para que les tapara las piernas, y le tendió uno de los termos a su abuela.
Destapó el suyo y se quemó la lengua ligeramente con el primer sorbo de té. Luego volvió la cara hacia el sol y cerró los ojos.
No había ningún sitio en el mundo en el que prefiriese estar, y nada que le apeteciese más escuchar.
—Sí, por favor.