8 Una despedida
Una despedida
—¿Cuál es tu problema, Nina?
Levantó la vista del monitor del ordenador. Llevaba ni sabía el tiempo sin pestañear, desplazándose arriba y abajo por la pantalla, revisando código, buscando el problema que le impedía avanzar.
El té que tenía sobre la mesa, en un vaso para llevar que había cogido esa mañana antes de entrar en la oficina, se le había quedado frío, prácticamente lleno y olvidado. Así de concentrada estaba.
El jefe de proyecto estaba de pie junto a su mesa y la miraba desde su altura, con los brazos en jarras y el ceño fruncido.
La oficina olía permanentemente a desinfectante de pino, lo cual era casi un milagro.
Allí se apilaban a diario un par de docenas de programadores durante doce, a veces catorce horas seguidas, en una oficina sin ventanas.
Se imaginó que alguien limpiaba de madrugada, gastando un par de botellas de desinfectante en los escritorios, porque todo estaba siempre impoluto cuando llegaban por las mañanas.
Nina se sintió en desventaja. No solo porque ella estaba sentada y el tipo de pie, cerniéndose sobre ella como una nube negra, sino porque tenía el cerebro reblandecido de mirar código sin pestañear las últimas tres horas. No estaba preparada para enfrentarse a lo que fuese aquello.
Parpadeó lentamente, intentando recuperar la visión.
—¿Qué?
No estaba segura de lo que le había preguntado. Ah, sí; que cuál era su problema. ¿Por dónde empezaba?
El tipo la apuntó con el dedo índice.
—Estás flojeando.
Él también flojeaba, pensó. En competencia. En inteligencia. En pelo. En higiene dental.
Para empezar.
Nina parpadeó de nuevo. No sabía cómo responder a aquello. Decidió dejarle hablar, ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.
La gente había dejado de teclear y todas las cabezas estaban giradas en su dirección. Podían disimular, por lo menos.
El jefe se acercó un paso más hacia ella. Le llegó una ráfaga de colonia, como la que usaban los adolescentes, con desodorante a juego. Bote negro con letras de neón verde. Intentó respirar por la boca sin que se notara mucho.
—¿Qué has estado haciendo los últimos días? ¿Las últimas horas? —bramó el tipo, desde arriba. Le dolía el cuello de mirarle.
Abrió la boca para responder: arreglando un montón de errores, suyos y de otros, para que, cuando el trabajo estuviese terminado, funcionara.
Había oído que siempre era una ventaja.
Pero no la dejó hablar.
Se dio cuenta —demasiado tarde, pero lo achacó a la concentración en la que había estado antes de que el tipo se acercase— de que aquello no era una conversación. Era un monólogo. Una perorata, más bien.
—¡No te veo moverte! ¡Llevas como dos horas en la misma posición!
Vale, un momento: para resolver un problema en el código una tenía que mirar la pantalla, no pasearse por la oficina murmurando con las manos en la espalda, como hacía él, para aparentar que tenía la cabeza llena de cosas súper importantes.
Su trabajo no era uno de los más movidos del mundo. Podían dar fe sus piernas y su espalda, que le dolían constantemente.
No dijo nada porque no tenía nada que decir, y además, daba igual lo que dijese. El tipo estaba en modo bronca. Ni siquiera iba a escucharla.
—¿Qué te pasa últimamente? Estás en Babia.
Eso era verdad. Estaba distraída, y si se descuidaba se ponía a pensar en su abuela sin venir a cuento. En que tenía que buscar un piso para mudarse. En todos sus desastres en general.
En Rose y Sherlock.
Pero también era verdad que, pasando doce horas al día en la oficina, cuando no trece o catorce, estar un poco distraída no iba a acortar sus horas de trabajo hasta ocho, que era lo que se suponía que debía trabajar.
O eso ponía en su contrato.
Inspiró profundamente.
—Mi abuela no se encuentra bien. Está...
—¡Me da igual! ¡No es mi problema! —la cortó el jefe, levantando los brazos.
Apuntó a la puerta de la oficina con el dedo índice y el brazo totalmente extendido.
—Fuera. Estás despedida.
Ninguno de sus compañeros de trabajo levantó la cabeza. La gente había vuelto la vista hacia sus pantallas y ahora estaban todos tecleando furiosamente. No se oía más que el sonido de veinte teclados a la vez. Nadie quería ser el siguiente.
Todos los meses echaban a alguien para mantenerles en tensión, meterles el miedo en el cuerpo, y ese mes le había tocado a ella. Sin más.
El proyecto no avanzaba, todo era un desastre —en buena parte porque él, que supuestamente era el jefe de proyecto, no tenía ni idea de cómo funcionaba nada—, y necesitaban cabezas de turco.
Nina se reclinó en su silla, y entonces pasó algo extraordinario: miró al tipo del labio superior sudado que acababa de despedirla y, en vez de rabia o angustia, sintió como si se hubiese soltado una válvula que dejaba escapar presión de su cuerpo.
De repente podía respirar. No se había dado cuenta de que no estaba respirando hasta ese momento. De repente podía respirar y el extraño dolor que tenía en el pecho desde hacía meses, en la zona derecha, bajo las costillas, desapareció.
—¡Perfecto! —dijo, más animada de lo que había estado en mucho tiempo.
Se levantó, cogió el bolso que tenía a los pies del escritorio y el vaso del té, y se dirigió a la salida, dejando el archivo abierto con el código en el ordenador, sin guardar, sin terminar.
Descolgó su abrigo del perchero que estaba junto a la puerta, y al darse la vuelta para echar un último vistazo a la cadena de montaje gris y sin ventanas, con luz fluorescente blanca —era el horror, de verdad— que era su ya extrabajo, vio que mucha gente la miraba con la boca abierta.
El jefe seguía en la misma posición en la que le había dejado, con los brazos en jarras y las cejas levantadas.
Otros compañeros ya se habían puesto a teclear y a sus asuntos.
Tenían unos plazos, al fin y al cabo.
Ella ya no.
Pensó en decir algo antes de irse, unas últimas palabras, un adiós o un hasta luego, pero al final decidió que ya había perdido demasiado tiempo allí dentro, y salió por la puerta para no volver más.