Muerte de una influencer (Baker Street 1) 7 Una oferta peculiar
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7 Una oferta peculiar

Una oferta peculiar

Al día siguiente de su encuentro en Bond Street, un poco antes de la hora del té, el caballero llamó a la puerta de la casa de su tía, tal como había prometido.

Entregó su tarjeta al mayordomo, quien lo hizo pasar a una salita.

La tía de Rose ordenó a la criada que sirviera té y unas pastas, de las baratas.

No quería malgastar las de buena calidad; estaba esperando que su propia hija atrajera una buena cantidad de visitantes tras el baile de la noche anterior.

Después de interrogar a conciencia a Mr. Holmes durante diez minutos, se fue satisfecha, dejando a una de las criadas sentada en una silla en una esquina de la salita, de carabina.

El muchacho era un mero profesor de veinticinco años, sin fortuna ni familia. No había ninguna posibilidad de que su interés fuera romántico. Por lo que había podido sonsacarle, sentía más curiosidad intelectual por su sobrina Rose que otra cosa.

Supuso que tampoco tenía nada de malo que un académico visitara a su sobrina de vez en cuando. Quizás pudiera enseñarle algo útil para cuando llegara el día en que instruyera a sus nietos. No estaba de más tener una institutriz leída en la familia.

Mientras no fuese muy a menudo y se comiese todas sus pastas, por supuesto. No crecían en los árboles.

* * *

Rose se quedó mirando la puerta por la que había desaparecido su tía. Esperó unos segundos hasta que dejó de oír sus pasos. Suspiró y se volvió hacia su visitante.

—Lo siento mucho, Mr. Holmes —dijo en voz baja, para que la criada que cosía en una silla en la esquina no la oyese.

—No se preocupe, Miss Conway. Es normal que una tía se interese por las intenciones de los caballeros que visitan a su sobrina.

¿Es eso lo que era, un caballero? Quiso preguntarlo, pero no lo hizo.

No estaba muy versada en usos sociales ni acostumbrada a conducir una conversación de salita de té.

Sin embargo, el hombre que estaba sentado frente a ella en el delicado sofá de tía Enyd no parecía un caballero al uso, al menos no uno de los que frecuentaban los bailes londinenses.

Herederos ociosos, vestidos a la última moda y con pomada en el pelo.

Mr. Holmes tenía los dedos manchados de tinta y una arruga perpetua en el entrecejo, de fruncir el ceño, supuso, como la gente que piensa mucho.

—¿Ha encontrado el tratado de anatomía interesante, Miss Conway?

Rose se animó, y aunque ella no se diera cuenta, su cara se iluminó y le brillaron los ojos. Ese tipo de conversaciones no la intimidaban; era un terreno en el que se desenvolvía como pez en el agua. Prefería mil veces eso a las charlas inanes de los salones de baile.

—¡Casi no he dormido! Era incapaz de soltarlo.

A continuación, se enzarzaron en una conversación sobre las teorías sostenidas en el libro, los últimos descubrimientos anatómicos, y de allí pasaron a la química. Mr. Holmes era profesor auxiliar en la Universidad de Londres, que estaba situada en un edificio extraordinario en Burlington Gardens.

El año anterior habían permitido la entrada a mujeres por primera vez en su historia. Rose no pudo evitar una punzada de envidia.

—¿Le gusta enseñar?

Mr. Holmes pareció pensarlo un momento.

—Me gusta la ciencia. Mucho. Pero tengo que reconocer que prefiero las horas que paso en el laboratorio a impartir clase.

Le explicó que, como profesor auxiliar, repartía su tiempo entre el aula y sus propias investigaciones en el laboratorio. En ese momento estaba realizando un estudio sobre venenos conocidos (arsénico, cianuro, estricnina) y sus efectos fisiológicos y antídotos.

Rose se moría de envidia.

—¿Cuál es su edad, Miss Conway? —preguntó de repente Mr. Holmes.

No parecía que el hombre estuviese mucho más acostumbrado a los usos sociales que ella, porque aquella no era una pregunta apropiada por parte de un caballero. Sin embargo, no le importaba contestar, así que lo hizo.

—Tengo dieciocho años.

—Es usted muy joven para tener tantos conocimientos científicos... ¿Cuál es su formación?

Rose lanzó una mirada a la criada, que dormitaba en el rincón, con la labor de costura olvidada sobre el regazo. Se aclaró la garganta.

—Me gusta leer.

El hombre se echó ligeramente hacia atrás en el sofá, sorprendido con su respuesta.

—¿No tiene formación?

—Claro que tengo. —Rose se sonrojó, no sabía muy bien por qué—. En pintura, canto, baile. En labores de costura y en tocar el piano.

—¿Y cómo se le dan todas esas cosas?

Rose enrojeció aún más.

—No muy bien —murmuró.

Entonces pasó algo extraordinario. El hombre echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

La criada se despertó y se sobresaltó en su rincón, pero Rose no se dio cuenta.

Estaba observando a Mr. Holmes. No era un hombre bien parecido, aunque tampoco lo contrario: tenía la nariz demasiado afilada y los pómulos demasiado prominentes y, quizás, solo quizás, la frente demasiado alta.

Pero al reír todo cambió, y Rose pudo ver a un muchacho libre y feliz, aventurero; también pudo ver a alguien a quien le gustaba reír, con sentido del humor.

También pudo ver a un buen hombre, pues quien reía con aquella soltura y abandono —ante una declaración ante la cual muchos caballeros y no pocas damas se escandalizarían— tenía que ser un buen hombre, por fuerza.

Todas esas cosas pudo ver en solo un momento. Rose siempre había sido bastante perceptiva. Le gustaba observar a la gente y sus circunstancias, y sacar sus propias conclusiones.

Mr. Holmes se recompuso y siguió hablando.

—Escuche, estoy buscando a alguien para mis experimentos e investigaciones, alguien que me ayude en el laboratorio.

Hasta ahora no he encontrado a nadie aceptable para el puesto, pero me alegro: quiero que usted ocupe ese lugar.

Es inteligente, y con un poco de dirección, podría ser de gran ayuda.

¿Tiene buena letra? Tiene que ser capaz de tomar notas al vuelo, que yo le iré dictando.

Aparte de ocuparse del etiquetado, registro de datos, limpieza de material...

¿Qué le parece? Es un trabajo pesado y algo repetitivo, pero estaría presente en todos mis experimentos y puede aprender bastante.

Rose se quedó con la boca abierta ante el giro que había tomado la conversación. Se revolvió un poco en su asiento.

—¿Trabajar en su laboratorio? Eso sería... altamente inapropiado —tuvo que señalar.

Incluso ella sabía que de ninguna de las maneras una muchacha soltera podía trabajar de ayudante para un hombre. O trabajar, a secas; por lo menos alguien de su posición.

Lo de institutriz y acompañante era otra cosa: casi no era un trabajo, era un destino respetable.

—Además —se vio obligada a añadir, cuando Mr. Holmes no dijo nada más, solo se quedó mirándola fijamente—. Mi tía nunca lo permitiría.

Eso era cierto. Aunque hubiese sido algo normal, una mujer teniendo un trabajo capacitado (¡como si fuera un hombre!), su tía jamás lo habría permitido.

—¿Es su criada, acaso?

Rose volvió a ponerse roja.

—No. Soy la acompañante de mi prima Violet.

—¿Y en qué consiste? ¿Cuáles son sus funciones?

—Acompañarla a recados, en sus paseos, darle conversación, hacerle compañía...

—¿Y cuando su prima contraiga matrimonio? —la interrumpió Mr. Holmes.

Rose cogió la taza de té que descansaba en una bandeja, en una mesa frente a ellos. De repente tenía la garganta seca.

—La institutriz de sus futuros hijos.

Cuando los tuviese y alcanzasen la edad suficiente, claro. Mientras tanto, se quedaría en aquella casa como acompañante de su tía Enyd. Iba a morirse de aburrimiento.

Hubo unos momentos de silencio que incomodaron a Rose, durante los cuales el hombre sentado frente a ella la miró fijamente. Al fin, Mr. Holmes volvió a hablar.

—Entiendo —dijo, simplemente.

Era el destino de las mujeres pobres de buena familia. Todo el mundo lo sabía, y no era un mal destino tampoco.

Eso no quería decir que no estuviese decepcionada. Suspiró y se tomó un instante para imaginar el futuro que podría haber tenido de haber vivido en otras circunstancias, en otra vida.

Mr. Holmes juntó las yemas de los dedos, los índices unidos, tocándose el puente de la nariz.

Rose se quedó en silencio. Mr. Holmes parecía estar pensando, así que tuvo a bien no interrumpirle.

—Tiene razón, una dama soltera, sería inapropiado. No lo había pensado. Solo hay una solución, entonces —Mr. Holmes dio una palmada que sobresaltó de nuevo a la criada—. Tendrá que casarse conmigo.

* * *

—Oh Dios. —Nina se tapó la boca con las manos—. ¿Y qué pasó después? ¿Qué dijo la tía Enyd? ¿Aceptó Rose?

Ya había olvidado que su abuela le había desvelado el final un rato antes.

Que de hecho, de eso se trataba todo. Había olvidado que la casa en la que había crecido se llamaba Holmes House.

Y también había olvidado las escandalosas declaraciones de su abuela la semana anterior, hasta el punto de que estaba segura de que estaba perdiendo la cabeza.

Lo único que quería era saber cómo continuaba la historia. Y quería saberlo ya.

Su abuela tembló un poco, a su lado en el banco.

—Ya casi no hay sol y me estoy quedando helada... Será mejor que entremos. Enseguida van a servir la cena.

Estuvo a punto de decirle que se olvidara de la cena y del frío. Casi estuvo a punto de sacudir por los hombros a su abuela, una mujer de ochenta y seis años, para que terminara la historia que había empezado.

Hasta que miró el reloj y se dio cuenta de que llevaban allí horas. Su abuela tenía razón: estaban a punto de servir la cena. Esta vez no había oído la campana. Su atención estaba totalmente atrapada por la historia y se había olvidado de todo: del frío, del tiempo y hasta de dónde estaba.

Tomó aire y recuperó la cordura.

—Tienes razón, abuela. Está helando.

Se levantó del banco para ayudarla a entrar en la residencia, mientras en su cabeza aún seguían vívidos, como si fuesen reales, su tatarabuela Rose Conway y un tal Mr. Holmes, tomando el té tranquilamente sentados en una salita de una vivienda en Londres, en el siglo XIX.

* * *

Aquella noche no pudo dormir. Dio vueltas en la cama, temiendo la hora de levantarse al día siguiente, que cada vez estaba más cerca.

Ni siquiera se atrevió a mirar la hora en el móvil.

Se limitó a observar la franja naranja de la farola de la calle que se reflejaba en el techo, intentando dormirse, sin éxito.

Odiaba los lunes, siempre los había odiado, pero últimamente eran como una sentencia de muerte, el comienzo de una semana de horas infinitas.

Si los lunes no fuesen lo suficientemente horribles de por sí, llevaba un par de semanas terribles, sin poder concentrarse, justo ahora que la fecha límite del proyecto se acercaba amenazadoramente por el horizonte.

Circulaban rumores sobre quedarse sin vacaciones navideñas, sobre ir a trabajar en Nochebuena, Boxing Day y quién sabe si Navidad, y el jefe de proyecto se paseaba por la oficina gritando cosas como “¡ciento diez por ciento!”, “¡remando en la misma dirección!”, y agitando los brazos.

Eran tiempos inciertos. Que necesitaban concentración.

Algo que últimamente no tenía, con la historia que su abuela le estaba contando por entregas, semana a semana. Además de eso, le preocupaba su salud. Una cosa era una eventual pérdida de memoria, que no recordara un nombre o una fecha, ¿pero cuánto estaba durando aquello? ¿Tres semanas ya?

Y para rematar, por si fueran pocas cosas, había recibido otro email de su casero, recordándole que estaba esperando su respuesta: o aceptar la subida del alquiler con un contrato blindado de un año más, o comprar la covacha, o largarse con viento fresco.

Tenía que tomar una decisión antes de que acabase el mes.

No es que fuese una maravilla de piso, pero mudarse en ese momento era algo que no se podía permitir.

No tenía tiempo ni espacio mental. La sola idea de pasar por la búsqueda de un nuevo sitio donde vivir y una mudanza le daba ganas de llorar.

El mercado de alquiler estaba fatal, incluso para ser Londres, con pisos horribles y precios por las nubes.

De todas formas, poco podía hacer la noche de un domingo, a las —por fin flaqueó y miró el móvil— 23:57. Seis horas para levantarse. Suspiró, cerró los ojos y se obligó a dormirse.

Solo para soñar con bailes, caballeros de sombreros de copa y carruajes de caballos.