Muerte de una influencer (Baker Street 1) 63 El final
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63 El final

El final

—¿Sabe qué es lo mejor de todo? —Era una pregunta retórica, así que Nina ni se molestó en contestar—.

Lo mejor de todo es que no teníamos la certeza de que esos archivos existieran.

Fuera de alguna sospecha, no esperaba encontrar lo que encontramos, la verdad.

Los archivos ocultos de Sherlock Holmes.

El hombre se quedó un rato mirando al techo, en medio de su éxtasis.

Había muchas cosas que Nina quería decir, o mejor dicho, muchas cosas que se le ocurría escupir en ese momento. Pero Pearson estaba en su salsa, era su momento de demostrar lo listo que era, más listo que ella, y no quería interrumpirle.

Le había dejado hablar y, como los villanos de los dibujos animados, le estaba dando todo tipo de explicaciones.

—Como le decía, no sabíamos que esos archivos existían.

—Nina se preguntó por qué hablaba en plural.

Estaba segura de que estaba solo en todo aquello, él y los esbirros que le hubiesen ayudado en aquel trabajo inmundo—.

Pero entonces encontramos las cartas de su abuela.

Tengo que decir que he cambiado de opinión sobre Lucy Addington: si no fuese por esa carta tan detallada que le dejó, no sabríamos de la existencia de los archivos.

Mejor idea habría sido destruirla inmediatamente como le dijo su abuela, cosa que supongo que no hizo por razones sentimentales.

Pero no se lo puedo reprochar. La última persona que conoció a alguien que conoció a Sherlock Holmes en vida. Imagínese.

Pearson volvió a quedarse mirando al techo en uno de sus extasiados silencios, pero a ella se le había terminado la paciencia.

—¿Qué ha hecho con la carta? ¿Y con los papeles? —preguntó Nina, con la voz llena de rabia que no pudo ni quiso contener.

Se lo había preguntado antes y no le había contestado, aunque ya sabía la respuesta. Era obvia, después de su perorata.

—Destruirlos, por supuesto.

El tipo señaló la chimenea encendida y Nina desvió la vista hacia allí, como si pudiera ver las hojas de papel amarillento arder en aquel preciso instante.

De todas formas, su intuición le decía que no era verdad. Que un tipo megalómano como él, que se creía igual de inteligente —o más— que Sherlock Holmes, se habría quedado con los papeles para leerlos y releerlos en la intimidad de su hogar.

No estaba tan segura del resto de las cosas que le habían arrebatado.

—¿Y la fotografía?

El tipo sonrió un poco, se balanceó en su silla y juntó las yemas de los dedos frente a él, en un gesto cuidadosamente estudiado.

—También, por supuesto. La verdad es que no tenía ningún valor histórico, solo sentimental, pero era mejor estar seguros.

No tenía ningún valor. Sería para él. Para ella sí lo tenía. Lo mismo que las cartas de su abuela.

No le preguntó por ellas, porque estaba claro que habían corrido la misma suerte.

—Ahora mismo, en este momento, ya no hay ninguna prueba física de que Sherlock Holmes fuese real —dijo el hombre, regocijándose—. La historia la escriben los vencedores y los poderosos, Miss Addington, y usted no es ninguna de las dos cosas.

Ya no tenían nada más que hablar. Solo había un detalle que había quedado sin resolver. Se acordó de ello de repente; habían pasado tantas cosas los últimos días que prácticamente lo había olvidado.

—Una pregunta... ¿el tipo que entró a mi oficina hace un par de semanas y me dio un golpe en la cabeza? ¿Al que le clavé el dardo?

Pearson pareció incómodo por primera vez desde que había entrado a su despacho.

—La persona que entró en su oficina era... no muy eficiente, digamos. Vio a su recepcionista salir del edificio con una mujer y concluyó que la oficina estaba vacía. La violencia era totalmente innecesaria e inexcusable. Le pido disculpas por el desafortunado accidente.

Un desafortunado accidente había sido conocerle. Todo lo que había pasado después era consecuencia de su obsesión, no tenía nada de accidental.

Nina se levantó de la silla lentamente. No le quedaba nada más que hacer allí, y tenía que salir de aquel despacho si no quería cometer un delito.

Había conseguido que admitiese la destrucción de su oficina, el robo de los papeles, la carta, la foto. Daba un poco igual, porque no podía demostrar nada, pero al menos ya no le quedaban dudas de lo que había pasado.

Lo único importante era que Frederick Pearson pensaba que había ganado. Estaba allí, recostado en su silla, satisfecho de sí mismo. Y ella estaba al otro lado, derrotada.

Pero no se iba a dar por vencida. Él no era el único que tenía ases en la manga. Habría ganado una batalla, pero no la guerra.

O eso pensaba, hasta que se dio la vuelta para salir de su despacho y sus ojos se detuvieron en el paragüero que había junto a la puerta.

Dentro había un par de paraguas: uno negro grande con mango de madera oscura barnizada, y al lado de ese, un paraguas plegable azul.

Un paraguas plegable azul estampado con gatos blancos y negros.

—Miss Addington.

Se paró en seco. Le vino bien la pausa, porque no podía apartar los ojos del paraguas. Del paraguas que había dejado de venderse años atrás.

—¿Sí? —contestó, sin darse la vuelta. El mango azul tenía un pequeño agujero donde se había roto la cuerda. Una de las varillas estaba ligeramente doblada, podía verla desde allí.

—Ha sido... interesante conocerla. Siento que haya acabado mal para usted, pero son las reglas del juego —dijo el tipo a su espalda, en un tono de voz que traicionaba lo que acababa de decir, sin molestarse en disimular su alegría y regocijo.

Él, como ella, esperaba no volver a verla nunca más. Pero no podía evitar decir la última palabra.

Nina tomó aire, le echó un último vistazo al paraguas y salió por fin de allí.

Diría que para no volver más, pero estaba segura de que volverían a verse. Y de que no tardarían mucho en hacerlo.