5 Ocho mil libras al mes
cKN
Ocho mil libras al mes
Nina abrió la puerta del minúsculo piso que alquilaba en Londres. Era un estudio microscópico, con el techo inclinado en la zona del dormitorio. Tenía que agacharse para poder meterse en la cama.
Todo estaba en un único espacio: zona de estar, cocina, cama. Todo menos el baño, afortunadamente. Eso hacía que el estudio siempre oliese ligeramente a comida. Aunque, sinceramente, no era como si cocinara allí, ni viviera, apenas. No tenía tiempo.
Echaba de menos su antiguo piso. Echaba de menos su antiguo trabajo.
Echaba de menos su antigua vida.
Cerró la puerta y echó la cadena de seguridad. Luego se sentó en la única silla, junto a la mesa plegable de la cocina, y se comió los noodles que había comprado de camino a casa, directamente del cartón.
No encendió la televisión, ni sacó el móvil del bolso para entretenerse. Ni siquiera se quitó el abrigo: había encendido la calefacción, pero aún tardaría un rato en hacer efecto. Se limitó a cenar en silencio, mirando a la pared.
El silencio era bienvenido. Imprescindible, incluso, dependiendo del tipo de día que hubiese tenido. Por eso, cuando tuvo que mudarse, eligió aquel estudio del tamaño de un armario en vez de un piso compartido.
Le daba igual lo pequeño que fuese. No imaginaba tener que hablar con nadie, tener charlas triviales, en un momento como aquel.
Necesitaba estar a solas con sus pensamientos.
Necesitaba reflexionar. Pensar.
Calmarse.
Había dejado a su abuela en el comedor de la residencia, cenando, y había cogido el tren de vuelta a Londres.
Los treinta y cinco minutos de tren hasta la estación de Waterloo, más media hora en metro, no habían servido para calmarla. Ni para aclararle las ideas.
Sabía que aquel momento podía llegar, pero no estaba preparada.
No estaba preparada para ver a su abuela, a pesar de sus ochenta y seis años, perder la cabeza.
Sabía que era una posibilidad, una de las “maravillas” de envejecer.
Muchos de su compañeros en la residencia vivían, de una manera u otra, en su propio mundo.
Estaba Mrs. Clerks, que creía que los trabajadores de la residencia eran oficiales nazis y venían a por ella.
Y luego estaba Mr. Lincoln, un perfecto caballero hasta que uno se daba cuenta de que llamaba a todo el mundo por el mismo nombre: Ada, el nombre de su difunta esposa, si era una mujer, y Harry, el nombre de su único hijo, si era un hombre.
Su abuela era una de las residentes con la cabeza mejor amueblada. Pero la edad era la edad.
Llenó el hervidor de agua y lo encendió para prepararse un té antes de acostarse, a ver si conseguía calentarse por dentro. Tenía el frío metido en los huesos.
Se bebió el té y se fue a la cama bajo un edredón nórdico y dos mantas. Por mucho que pusiera la calefacción, aquel piso no llegaba a calentarse nunca, el aislamiento era horrible, con corrientes de aire por todas partes.
Tenía los huesos doloridos y la cabeza palpitante. Un estado ideal para encarar la semana de sesenta horas que le esperaba en el trabajo.
En el fondo sabía que era una privilegiada, porque se dedicaba a la informática, algo bien pagado.
Aun así, había tenido que abandonar su trabajo de horario normal y jefes decentes para trabajar en un proyecto para una empresa de apuestas por internet.
Algo que siempre dijo que no haría. Pero estaba mucho mejor pagado que su antiguo trabajo.
Y cuando hace falta dinero —mucho y constante—, los escrúpulos saltan por la ventana.
La residencia de su abuela costaba dos mil libras a la semana, ocho mil al mes, redondeando. Podía parecer mucho, pero el coste era parecido en todas las que había visitado antes de decidirse, y esa era una de las mejores. La mejor que habían podido encontrar.
Era casi como estar en casa. Casi.
Su abuela le había dicho que no se preocupara, que aún tenía ahorros de cuando su abuelo estaba vivo, y que tenía dinero “de sobra”. Pero eso había sido al principio.
Claro que se preocupaba. ¿Cómo no iba a hacerlo?
Cuando se le acabara el dinero, tendría que vender Holmes House, si quería seguir allí. Era la ley: primero agotar todos los recursos, ahorros, pensiones privadas de ella y de su abuelo, y finalmente vender su casa, antes de que el estado empezara a pagar la factura de aquel lugar.
Aquello acabaría con ella, perder la casa que llevaba generaciones en su familia.
Así que Nina trabajaba todas las horas que le pedían, diez al día, doce, más los sábados, y aguantaba a un jefe insoportable, a unos compañeros zombificados —ella también se había zombificado en el proceso—, y se olvidaba de comer, y no recordaba lo que era el ocio ni salir con amigos ni sentarse a ver una serie, daba igual, porque todo lo que ganaba lo guardaba como una urraca, esperando el día en que recibiese la fatídica llamada de la directora de la residencia, diciéndole que su abuela se había quedado sin dinero.
Se había deshecho de todo lo que tenía, y no gastaba nada, si podía evitarlo.
Había dejado su antiguo piso de una habitación en Camden para mudarse a lo más barato que había encontrado: aquel estudio del tamaño de un armario.
No necesitaba más, en realidad, para el tiempo que pasaba allí, que era prácticamente nada.
Solo dormía allí, o lo intentaba, y al menos no tenía que compartir piso con nadie.
Ese era su límite: lo único que le faltaba era tener que fregar los platos o limpiar según un horario pegado en una nevera, y tener que interactuar con personas cuando llegase a casa por la noche, hecha polvo y sin ganas de hablar.
Ocho mil libras al mes era una brutalidad de dinero.
Más que su sueldo. Mucho más que su sueldo, y eso que era bastante alto.
Llevaba diecisiete meses ahorrando a la desesperada, todo lo que podía, más algunos ahorros que ya tenía de antes (no muchos).
No quería calcular las mensualidades que podía permitirse, pero, fueran las que fueran, sabía que eran demasiado pocas.
No quería ni mirar su cuenta de ahorros.
Eso era lo que la mantenía despierta noche tras noche: no el esfuerzo ni el sacrificio en sí, sino el temor, casi la certeza de que ni todo el esfuerzo ni el sacrificio del mundo servirían de nada. Su abuela iba a perder su casa, y ella no podría hacer nada por evitarlo.
Estuvo horas mirando el techo, intentando dormirse. Además de los problemas de dinero, no podía dejar de darle vueltas a aquella tarde, a todo lo que le había contado su abuela.
Al final concluyó que poco podía hacer por ella, salvo sujetarle la mano y seguir escuchando sus fantásticas historias.