4 La bisabuela Rose
La bisabuela Rose
Nina soltó una carcajada.
—Abuela, sabes que solo queda una hora para la cena, ¿verdad?
Su abuela tenía los ojos cerrados, la cara vuelta hacia el sol. La vio sonreír ligeramente.
—Siempre fuiste una listilla. Déjame que termine, querida. Te aseguro que es una historia que vas a querer escuchar.
Solo había dos personas más en el jardín, dos ancianos sentados en el banco de al lado, hablando de lo mucho que les habían decepcionado sus hijos y de la última vez que habían ido a visitarles.
Estaban haciendo una apuesta a ver quién tardaba más en recibir una visita, si sus orejas no la engañaban.
Que creía que no, porque hablaban a gritos.
Un par de urracas, con su plumaje blanco y negro brillando al sol, daban pequeños saltitos sobre el césped.
Nina sacó los guantes del bolsillo, se los puso y siguió escuchando.
—Como iba diciendo: todo empezó en 1879. En aquella época, la abuela de mi madre, mi bisabuela Rose, tenía dieciocho años. Era una muchacha hermosísima, con el cabello largo del color de la miel y los ojos azules como el mar.
No hacía falta que lo imaginase: conocía de sobra a Rose Conway, luego Rose Holmes.
Su fotografía sepia, sentada en una silla con su única hija en las rodillas, descansaba enmarcada en la repisa de la chimenea del salón de la casa de su abuela, junto a tantos otros antepasados que su abuela no olvidaba y a los que se refería como “la familia”.
La chimenea era el lugar de honor, reservado para quienes ya no estaban, como su bisabuelo, que había muerto en la Segunda Guerra Mundial, o un hermano de su abuela, que no sobrevivió a la epidemia de polio.
Rose fue la primera habitante de Holmes House. La suya no podía ser una historia larga, porque si no recordaba mal había muerto bastante joven. Aun así, Nina se dispuso a escuchar. No quería volver a interrumpir a su abuela. Si se había remontado a 1879, la historia tenía pinta de ser larga.
—En aquella época, cuando las hijas de la familia entraban en edad de casarse, sobre los diecisiete años, aunque ahora sea escandalosamente pronto, toda la familia se trasladaba a Londres para la temporada de bailes y eventos sociales. Si una era lo suficientemente rica, claro.
No hacía falta que le explicase en lo que consistían las temporadas en Londres. Había suficientes libros, películas y series sobre la época para que todo el mundo lo supiera.
—Tu tatarabuela Rose no lo era, desgraciadamente.
Rica, quiero decir. Su padre era un caballero, nobleza rural, y todavía podía vivir de las rentas, pero el futuro que le esperaba a Rose, hija única, no era muy halagüeño.
Sin dote, poco podía hacer en la vida. Pero tenía una prima por parte de madre que sí tenía dinero, Violet, y que le tenía mucho cariño.
Así que su padre consintió en que la acompañase el año que debutó en Londres.
Evidentemente, Rose no tenía grandes vestidos, ni dote, ni nada que la hiciese deseable en los círculos en los que se movía Violet.
Pero nada de aquello importaba: Rose era feliz simplemente acompañándola, sentada junto a las madres y tías, mientras su prima Violet bailaba con lo más granado de la sociedad británica.
Su abuela sonrió, nostálgica. Nina se sorprendió intrigada por la historia que le estaba contando.
Le había contado muchas a lo largo de su vida, pero ninguna empezaba así.
Sonó la campanita que indicaba que faltaba media hora para la cena.
La cena se servía a las cinco y media de la tarde, demasiado pronto para todos los estándares, pero no para aquel lugar: la mayoría de residentes se retiraban a dormir a las ocho.
Y eran absolutamente puntuales con la hora de las comidas: no se servían ni un minuto antes ni uno después.
No tenían más remedio: tenían a medio centenar de ancianos ingleses a su cargo.
Más les valía ser puntuales, si no querían que se amotinasen.
Su abuela siguió con la historia.
—Tu tatarabuela Rose, además de guapa, era muy inteligente.
Le gustaba leer, le encantaban los problemas matemáticos y la ciencia.
Nada de tocar el piano, cantar o coser para Rose.
Había aprendido, qué remedio, pero no se le daba especialmente bien.
De todas formas, no le importaba, porque ya estaba casi segura de que su destino era ser algún día, en pocos años, institutriz de los niños de alguna de las mujeres más afortunadas y ricas; probablemente de su propia prima Violet.
Así que el estudio no estaba tan mal visto, en su caso.
»Era la primavera de 1879, y Rose estaba acompañando a Violet en uno de sus paseos matinales por Bond Street.
Rose dejó a su prima y a la criada en una de las tiendas, mirando lazos para sombreros, y se escapó un momento para entrar en la librería de al lado.
Era una librería de libros de segunda mano, lo único que se podía permitir.
Pero tuvo un percance cuando intentó comprar un libro de ciencia.
—¿Un percance?
Su abuela se había animado mientras contaba la historia y el color había vuelto a sus mejillas, a pesar del frío.
—El dueño de la librería no quería venderle el libro, porque contenía “contenido inapropiado para una señorita”.
—¿Contenido inapropiado?
—Era un libro de anatomía.
Su abuela rió por lo bajo.
—La cosa no acabó ahí, claro. El librero intentó venderle algo más adecuado, según él, una de aquellas novelas góticas románticas que tanto se llevaban en aquella época.
Rose —que tampoco le hacía ascos a esas novelas, todo hay que decirlo— estaba empeñada en llevarse el libro que le hacía falta para completar su formación.
Enfrascados en aquella disputa estaban, cuando un hombre que había entrado en la tienda sin que ninguno de los dos se diese cuenta dijo que quería comprar el libro.
El librero, aliviado, se lo vendió al recién llegado, mientras Rose se quedó con la boca abierta, tan enfadada que era incapaz de articular palabra.
Su abuela movió la cabeza de un lado a otro, sonriendo divertida.
—Dios, habré escuchado esta historia mil veces.
Nina no la había oído nunca. Y con todas las historias que le había contado su abuela, no entendía el porqué.
Casi podía ver Bond Street como era en aquella época, con tiendas de sombreros, bastones, objetos antiguos, libreros…
No como ahora: cadenas de ropa barata y de comida aún más barata. Igual a todas las calles del mundo.
—Bueno, el caso es que el hombre salió de la tienda, y Rose, indignada, salió detrás de él.
El comprador era un muchacho de veinticinco años, vestido con un traje oscuro de tres piezas, sombrero de copa, guantes y el bastón de caminar que llevaban todos los jóvenes de la época.
Rose le reprendió vivamente por haber comprado el libro delante de sus narices.
“Señorita”, le dijo el hombre, “el librero nunca se lo habría vendido. Olvídelo”.
Y entonces le tendió el libro. “Tome usted”, dijo.
“Yo ya tengo un ejemplar, no necesito otro”.
»Rose cogió el libro y se quedó con la boca abierta, sin poder reaccionar.
El hombre se tocó el ala del sombrero de copa y se dio la vuelta para marcharse.
Rose salió de su estupor y le detuvo. Quería pagarle el libro.
Tenía, de hecho, el dinero todavía en la mano.
El hombre se negó, “de ninguna manera”, dijo.
Ella insistió. Entonces él le dijo que se consideraría pagado si le dejaba invitarla a un té.
Rose, evidentemente, tuvo que negarse. No podía alejarse mucho de su prima Violet ni de la criada que las acompañaba de carabina —todavía estaban en la tienda, eligiendo lazos—, y además tampoco era algo adecuado en aquella época.
Entonces él le preguntó su nombre, dónde se alojaba, y si podría ir a visitarla a casa de su tía.
Nina abrió la boca, sorprendida. Sabía lo que significaba eso en aquellos tiempos. Una visita. Estaba uno casi a mitad de camino hacia el altar.
—Rose sabía que aquello no iba a ir a ningún sitio, pero se sentía intrigada por el desconocido y, además, quería darle las gracias adecuadamente, así que aceptó que le hiciera una breve visita al día siguiente.
Simplemente para darle las gracias, lo remarcó varias veces.
El hombre le dio su tarjeta, hizo una reverencia y se alejó calle adelante, perdiéndose entre la gente, mientras Rose se quedaba parada en medio de la calle, con el libro bajo el brazo y la tarjeta del hombre en la mano, mirándola embobada.
—¿Y qué ponía en la tarjeta? —preguntó Nina, impaciente.
Ya casi era de noche. Habían encendido las farolas del jardín, y los dos ancianos que ponían verdes a sus familias se habían ido un rato antes.
Nina acababa de mirar la hora y sabía que les quedaban apenas diez minutos para que sirvieran la cena, el tiempo justo para levantarse del banco y volver al comedor.
Pero solo quería saber eso, solo quería que su abuela respondiera a esa pregunta, y luego ya podían dejar la historia para otro día.
Su abuela la miró, satisfecha del suspense que había creado, y para ver el efecto que tenían sus palabras.
—En la tarjeta ponía: Sherlock Holmes, Profesor auxiliar de química.