3 Una historia
Una historia
—Nina, tienes mala cara.
Fue lo primero que le dijo su abuela al entrar por la puerta. Lo cual, viniendo de una mujer de ochenta y seis años, daba una idea de lo hecha polvo que estaba aquellos días.
Nina se inclinó a darle un beso en la mejilla y luego se desplomó en el sofá.
Extenuación empezaba a ser su segundo nombre.
Estaba helada y muerta de cansancio. Dejó que el calor y el olor a lavanda de la habitación la envolvieran, y sintió que volvía poco a poco a la vida. O al menos recuperó la circulación en brazos y piernas.
—Te he traído unos catálogos de casa.
Los sacó de la bolsa de tela que llevaba al hombro y los dejó en la mesita baja que su abuela tenía al lado de la mecedora, donde descansaba una bandeja con dos tazas de té y un platillo repleto de galletas que no había visto al entrar. Estuvo a punto de ponerse a llorar de la emoción.
—Espero que todavía esté caliente —dijo su abuela, cuando la vio mirar el té con ojos acuosos—. He llamado para que lo traigan cuando me has avisado de que estabas a punto de llegar.
Nina cogió una de las tazas de té y tomó un sorbo. Cerró los ojos, dejando que el líquido le calentase los huesos.
—Está perfecto.
Cogió un par de galletas del plato y se las comió casi sin respirar.
Su abuela la miró con los ojos entrecerrados.
—¿Has comido?
Tuvo que pararse a pensarlo. La verdad era que se le había olvidado completamente.
El día se le había escapado entre las manos, como solía pasarle últimamente. No era el primer día que se olvidaba de comer, ni sería el último.
—Sí —mintió, y tomó otro sorbo de té, para no tener que mirar a su abuela. Nunca había podido mentirle, ni cuando era una adolescente y llegaba un sábado por la noche más tarde de su hora, ni ahora, con treinta y dos años.
—Trabajas demasiado —dijo, con tono de reproche—. No me gusta tu trabajo.
“A mí tampoco”, estuvo a punto de decir. Pero en vez de eso le dio un mordisco a la tercera galleta.
Intentó recordar cuánto había trabajado el día anterior, sábado. ¿Diez horas? ¿Doce?
Daba igual.
—Es un proyecto interesante —musitó, y bebió otro sorbo de té.
Definitivamente, no sabía mentirle a su abuela. Pero tampoco podía decirle la verdad. Como tampoco le dijo la verdad cuando cambió de trabajo, o de piso.
Su abuela la miró fijamente, intentando averiguar lo que no estaba diciendo en voz alta.
Decidió cambiar de tema, no solo porque ese era espinoso, sino porque había algo más importante que todo eso. Algo que no había podido quitarse de la cabeza desde la semana anterior.
—Abuela... —Recogió un par de migas de galleta que se le habían caído en el pantalón y las dejó en el platillo del té. No sabía cómo sacar el tema—. El otro día... lo que dijiste justo antes de que llegase la cena, “es hora de que sepas la verdad”. ¿A qué te referías?
Su abuela suspiró y echó la cabeza hacia atrás en la butaca. Se quedó un par de segundos mirando al techo.
—La semana pasada no tenía mi mejor día. La culpa es del cambio de hora. No sabía que iba a afectarme tanto. —Desvió la vista hacia la ventana—. ¿Cuánto crees que queda de sol?
Nina miró el reloj de su móvil. Eran casi las tres de la tarde.
—Una hora, más o menos.
Su abuela la miró y levantó las cejas.
—Lo suficiente para estirar las piernas.
* * *
El sol caía sobre los jardines de la residencia, iluminando la hierba verde y los árboles sin hojas.
El frío de noviembre se metía en los huesos, pero su abuela se había abrigado hasta la asfixia y ahora sonreía, con el sol en la cara.
Se habían sentado en uno de los bancos de madera desperdigados por los jardines que rodeaban la residencia.
Tenían una manta de cuadros tapándoles las piernas.
Su abuela se había empeñado en bajar una manta lo suficientemente grande para las dos, y la verdad, ahora lo agradecía.
A pesar del frío no se estaba mal allí, al aire libre. Nina respiró hondo, aspirando el aire helado.
No recordaba la última vez que se había sentado a contemplar la vida.
—Déjame que te cuente una historia...
Su abuela y ella se miraron y sonrieron a la vez.
—¿Te acuerdas de cuando te contaba historias junto al fuego cuando eras una niña?
¿Cómo no iba a acordarse? Y no solo junto al fuego: a veces también cuando llegaba de la escuela, o cuando estaba aburrida un domingo por la tarde y estaba lloviendo a cántaros.
Su abuela y ella hacían galletas o pasteles en la enorme cocina de la casa mientras le contaba una de sus historias y ella la escuchaba, fascinada.
Tenía historias para todo, interesantes y de un tiempo que parecía tan lejano que siempre se había preguntado si algunas no eran inventadas.
Historias de los viejos tiempos, de cómo era la vida antes en Holmes House, de cómo era la familia que ella nunca había conocido.
Y siempre empezaba de la misma forma, “déjame que te cuente una historia…”
—¿De dónde sacabas tantas historias? No me digas que no te inventaste alguna sobre la marcha...
—¡Era todo verdad! —dijo su abuela, fingiendo ofenderse—.
A mi madre le encantaba contarme anécdotas de su niñez, de su juventud.
Más las historias que le contaban su madre y su abuelo, que murió cuando ella tenía quince años.
—Su abuela jugó con los bordes de la manta que les tapaba las piernas—.
Si las historias no se cuentan, se pierden, y es como si nunca hubieran existido.
Como si la gente que sale en ellas no hubiera existido.
Mientras las historias sigan circulando, pasando de unos a otros, las personas que las protagonizaron siguen vivas, de alguna manera.
Nina sintió un nudo en la garganta. Siempre se había lamentado de que su abuela fuese su única familia, pero en su egoísmo no se había dado cuenta de que, desde que murió el abuelo Howard, ella también era la única familia de su abuela.
Por muy grande que fuese su círculo social —y lo era, su abuela tenía tantos grupos de amigas que había perdido la cuenta—, no tenían más familia.
A la hora de la verdad, solo se tenían la una a la otra.
Lo que su abuela no dijo era que no había nadie a quien pasarle ya las historias. Ella era la última... y probablemente se perderían.
En ese momento se prometió a sí misma que no iba a permitirlo. Que, de alguna manera, todas aquellas historias no iban a perderse. Todavía no sabía cómo iba a hacerlo, pero algo se le ocurriría. Era una promesa.
—Hay una historia que no te he contado nunca —dijo su abuela y, si no se equivocaba, parecía... ¿nerviosa? ¿Su abuela? ¿Desde cuándo?
—¿Por qué ahora? —preguntó Nina. Tenía un agujero en el estómago. No sabía si su abuela le había contagiado los nervios, o simplemente era la incertidumbre, el no saber qué iba a escuchar.
—Estaba esperando a que estuvieras preparada. —Perdió la vista en el horizonte, pensativa—. Pero quizás haya esperado demasiado... ya da igual, porque no queda mucho tiempo.
Nina decidió que con “no queda mucho tiempo” se refería al tiempo que quedaba hasta la hora de la cena. Mejor pensar eso que la alternativa.
—En fin —su abuela suspiró y luego la miró de nuevo, esta vez vivaracha, sonriente, con las mejillas sonrosadas, como la abuela que recordaba antes de la caída y de irse a vivir a aquel lugar—. Como iba diciendo: déjame que te cuente una historia...