2 Holmes House
Holmes House
Nina volvió la cara hacia el sol y cerró los ojos un instante. Aunque los débiles rayos de noviembre no servían para calentarle la cara congelada, al menos agradeció la luz sobre sus párpados.
Llevaba tres semanas lloviendo sin parar.
Veintiún días, uno detrás de otro. Era imposible salir de casa sin empaparse, por mucho que llevase paraguas, botas de goma, impermeable, gorro o lo que fuese.
Entre eso, la oscuridad de noviembre y el frío, se le estaban quitando las ganas de vivir. Más todavía, si eso era posible.
Pero el tiempo había cambiado radicalmente en los cincuenta minutos de trayecto en tren, y al bajarse en la estación de Tunbridge Wells la recibió un cielo azul, sin rastro de nubes.
La aplicación del tiempo, que miraba religiosamente antes de salir de casa, no mentía: un sol redondo y amarillo para todo lo que quedaba de día. Pequeños milagros.
Abrió los ojos y se encontró frente a la casa de su abuela.
Sonrió sin darse cuenta: como siempre, la sola visión de Holmes House le aligeró el corazón.
Era una casa de campo sencilla, de dos plantas, con paredes de piedra y tejado de pizarra, sin pretensiones.
Nada que ver con las mansiones que habían construido en los alrededores en los últimos años.
Pero era su casa.
Ya no importaba que hubiese pasado una semana trabajando de lunes a sábado, doce y catorce horas al día, persiguiendo unos plazos imposibles de cumplir.
Tampoco importaba el correo que había recibido de su casero unos días antes para avisarle de que iba a subirle el alquiler de su estudio en Londres, un treinta por ciento.
Si no estaba de acuerdo, tenía que vaciar el piso y desalojar antes del día uno del mes siguiente.
Aunque el casero también le había ofrecido comprar el estudio, muy amablemente, por una cifra que solo de pensarla le daba la risa floja.
Pero todo eso no importaba, porque bastaba con poner un pie en Holmes House, en el camino de piedra que llevaba hasta la casa, y todas las penas desaparecían.
Aunque eso tampoco era del todo cierto; ya no. Faltaba un elemento esencial: ver a la abuela Lu abrir la puerta pintada de verde antes de que pudiera llegar a ella y llamar. El humo saliendo por la chimenea. El olor a galletas, a té recién hecho.
Dejó su paraguas plegable, aún mojado por la lluvia de Londres, abierto junto a la casa para que se secase. Lo dejó justo en medio del camino para que no se le olvidase al salir.
Intentó no fijarse mucho en el jardín, antaño orgullo de su abuela, ahora embarrado, invadido por las malas hierbas y con los rosales secos.
Abrió la puerta con dificultad, y cuando consiguió pasar al interior se dio cuenta de que la causa del atasco era la cantidad de correo que se había acumulado al pie de la puerta, por dentro.
Miró el montón en el suelo, con el ceño fruncido. ¿Tanto tiempo hacía que no iba por allí? Juraría que había pasado menos de un mes desde la última vez.
También era verdad que la mayoría eran catálogos gordísimos.
Aunque su abuela había descubierto las bondades de comprar por internet, seguía pidiendo los catálogos impresos, porque decía que estaba harta de mirar pantallas.
Recibía uno de cada tienda que aún los editaba, a veces varios, cada cual más voluminoso.
Los recogió del suelo y les sacudió el polvo. Seguro que le hacía ilusión que se los llevase. Desde que se había mudado a la residencia no podía comprar nada porque no tenía dónde poner las cosas, pero al menos podía ojearlos.
Arrugó la nariz. La casa olía a humedad, a cerrado. Abrió las ventanas del salón y luego las de la cocina, para que circulase el aire.
El sol del mediodía entró en la casa, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el ambiente. Nina empezó a toser. Ácaros por todas partes. Cogió el trapo del polvo de debajo del fregadero. Primero el salón, luego le daría un repaso a la cocina.
O quizás debería subir antes a la planta de arriba y abrir también las ventanas…
Ojeó las escaleras con el trapo en la mano y miró su reloj.
¿Le daba tiempo? De allí iba a visitar a su abuela.
La residencia estaba en Sevenoaks, a medio camino entre Londres y la casa, a media hora de tren de ambos sitios.
Subió a la planta de arriba y abrió las ventanas de las tres habitaciones. En realidad eran dos y media: una de ellas era pequeña y casi siempre la habían usado para guardar maletas y cajas vacías.
La casa estaba fría, desangelada; el último año y medio vacía no le había sentado bien. Por mucho que limpiase el polvo y airease, no podía quitarse de encima el aspecto de casa en declive, deshabitada. Prácticamente abandonada.
Aquella casa sin su abuela dentro era una incongruencia. Era lo único en lo que podía pensar mientras pasaba el trapo del polvo distraída por todas las superficies.
Todo se había ido al garete un día de primavera del año anterior.
Un sábado maravilloso, soleado, con veinte grados y cielos azules, uno de esos días en los que parecía que nada malo podía pasar.
A media tarde Nina recibió la llamada de una de las vecinas: su abuela se había caído por las escaleras.
Solo fueron los últimos tres peldaños, “una caída tonta, en realidad no ha sido para tanto”, como le diría luego.
Pero sí había sido para tanto, y para más.
Se había torcido el tobillo y se quedó un par de horas tirada en el suelo, sin poder comunicarse ni con ella ni con nadie, el teléfono móvil cargándose fuera de su alcance.
Afortunadamente, la encontró una vecina y amiga suya con quien había quedado para tomar el té esa tarde y, aparte de un esguince, todo había quedado en un susto.
Pero podía haber sido peor, mucho peor, como le dijo el médico. Podía haberse golpeado la cabeza o haberse roto la cadera.
Lo que Nina no sabía —su abuela no se lo había contado para no preocuparla, pero se lo dijo la vecina— era que no era la primera vez que pasaba.
Las demás veces no había sido en las escaleras, pero daba igual: todas las caídas eran peligrosas. Si se hubiese caído desde más alto, la caída habría sido fatal. El médico le dijo que no era aconsejable que su abuela siguiese viviendo sola, y menos en un sitio con escaleras.
Lo primero que pensó Nina fue irse a vivir con ella, habilitar el salón de la planta baja como dormitorio para su abuela, pero eso no solucionaba el problema: mientras ella trabajaba en Londres, su abuela seguiría pasando todo el día sola.
Así fue como su abuela acabó en la residencia de Sevenoaks, a medio camino entre Londres y Holmes House. Allí, por lo menos, había enfermeras todo el día para vigilar que no le pasase nada, y las comidas estaban incluidas. No tenía que preocuparse de cocinar ni de limpiar.
Los residentes tenían cierto nivel de independencia y libertad para ir y venir, pero su abuela había perdido movilidad a una velocidad alarmante y, desde el día que se mudó a la residencia, ya no había vuelto a pisar su casa.
Desde entonces no había día, ni hora, ni minuto en que los remordimientos no la asaltasen: su abuela la había criado y cuidado toda su vida, y ahora que le tocaba devolverle el favor, la había dejado tirada.
Por más que se repitiera que no había otra solución posible, ni que su abuela le asegurase que estaba estupendamente en la residencia (no había querido ni oír hablar de mudarse con ella: “Tú tienes tu vida, Nina”, le había dicho; “no la detengas por mí”), los remordimientos seguían allí, clavados en el corazón.
Intentaba ahogarlos trabajando sin descanso, todas las horas del día.
Era lo mínimo que podía hacer por su abuela.
En fin. No podía perder el tiempo en lamentaciones.
No quería que se le hiciese tarde. Solo le dio tiempo a limpiar el polvo por encima, ni siquiera pudo pasar la aspiradora.
La casa necesitaba una limpieza profunda y periódica, pero no tenía tiempo, era imposible.
Hacía semanas que solo tenía el domingo libre y lo dedicaba a visitar a la abuela Lu.
Pero algo tenía que hacerse.
Abrió la aplicación de notas en su teléfono y añadió a su lista siempre creciente de cosas por hacer contratar a alguien para cortar el césped, arreglar el jardín y hacer una limpieza a fondo de la casa.
La lista era ya más larga que su brazo y sabía que era imposible que llegase a tacharla entera, pero bueno. Lo apuntaba todo allí para sentirse menos culpable. Un uno por ciento menos culpable.
Volvió a cerrar las ventanas y bajó las escaleras malditas hasta la cocina.
Miró el reloj de pared, colgado justo encima de la ventana del fregadero, que milagrosamente todavía funcionaba: era un plato de loza con los números pintados, un tenedor en la manecilla de las horas y un cuchillo en la de los minutos.
¿Le daba tiempo a hacerse un té? La casa estaba helada y ella también.
Y aún le quedaba mucha tarde —y otro viaje en tren— por delante.
Cogió el tarro de cerámica con forma de cabeza de vaca donde su abuela guardaba el té. Lo abrió —agarrando la tapa por los cuernos— y frunció el ceño.
Lo agitó un poco, mirando el contenido. Solo quedaban media docena de bolsitas de té. Juraría que la última vez estaba más lleno; lo había rellenado ella misma unos meses atrás. O eso creía.
Solía hacerse un té mientras limpiaba la casa, pero hacía semanas que no tenía tiempo. No se acordaba de cuándo había sido la última vez que había abierto el tarro del té con forma de cabeza de vaca.
Volvió a taparlo y lo dejó en su sitio en la encimera de la cocina. Sacó las llaves de la casa del bolsillo de sus vaqueros, abrió la puerta de la cocina, que daba al jardín trasero, e inspeccionó la cerradura.
No sabía si eran imaginaciones suyas, pero parecía que había rasguños y rayones cerca del ojo de la cerradura.
La casa tenía dos entradas: la trasera, por la cocina, que era la que casi siempre usaban, y la principal, pavimentada, que daba a la carretera, por donde llegaban las visitas y el correo.
Toda su vida había usado la puerta de la cocina porque estaba más cerca del pueblo y de la estación y el camino era más corto, pero ahora solía alternar, para echar un vistazo a las dos entradas de la casa.
Además, para entrar por la puerta de atrás había que cruzar el jardín trasero y, con lo que había llovido esos días, había un barrizal importante.
No quería visitar a su abuela con el calzado y los bajos de los pantalones llenos de barro.
No vio huellas de ningún tipo, pero había llovido hasta un par de horas antes. Si alguien había entrado en la casa en el último mes, las huellas eran historia.
Volvió a cerrar la puerta trasera con llave y se dirigió al salón. Paseó la mirada por la estancia con ojo crítico.
Tuvo una sensación extraña, y no era la primera vez. La sensación de que había cosas fuera de lugar, movidas de sitio.
Para empezar, el resto de fotografías enmarcadas que su abuela no había podido llevarse: ¿Estaban en un orden distinto? No estaba segura.
Y los cojines del sofá, si no se equivocaba, la última vez los había dejado apilados en una de las butacas... ¿O no?
Por muy vieja que fuese la casa —y apenas tenía doscientos años, las había en el pueblo muchísimo más antiguas—, fantasmas no tenía. Al menos que ella supiera.
Pero la casa, que antes estaba aislada en medio de un campo, ahora estaba rodeada de mansiones de —relativa— nueva construcción, llenas de familias con adolescentes pijos acostumbrados a hacer de las suyas sin consecuencias.
Y Holmes House llevaba año y medio deshabitada, y todo el mundo conocía a su abuela en el pueblo y sabía que ya no vivía allí.
Nina suspiró y miró su reloj. Se le estaba haciendo tarde, tenía que volver a coger el tren para ver a su abuela.
Pero por muy ocupada que estuviese, tenía que sacar tiempo para pasarse por la casa más a menudo, airearla, limpiar y que la gente viese que no estaba abandonada.
Que, aunque fuese de vez en cuando, había gente pululando por allí.