Muerte de una influencer (Baker Street 1) 1 Un buen día #2
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1 Un buen día #2

—Abuela, por Dios —respondió Nina, intentando hablar a través del nudo que tenía en la garganta.

La abuela Lu sonrió ligeramente.

—No me importa. He tenido una buena vida. Y además ha sido larga. No me puedo quejar.

Nina intentó mantener la compostura, pero se lo estaba poniendo difí­cil. Y no solía hacerlo.

Su abuela lanzó una carcajada débil.

—No me hagas mucho caso, sabes que me gusta dramatizar. Sobre todo cuando me despierto de la siesta.

Ni su abuela ni ella tenían el mejor humor a la hora de despertarse; en eso eran iguales. Todos sus desayunos los habían pasado entre gruñidos.

Pero lo de dramatizar no era cierto: su abuela había sido siempre la persona más pragmática del mundo. Lo suyo era todo lo contrario: desdramatizar, buscar soluciones. Si algo tenía remedio, se lo ponía. Y si no lo tenía, seguía adelante.

Su abuela volvió la vista hacia la ventana.

—No tenías que haber venido; hace un día de perros. No hemos podido salir a pasear en todo el día.

Siempre le decía lo mismo, pero sabía que iba a ir a visitarla una vez a la semana, como mínimo, como había hecho durante el último año y medio.

La lluvia no iba a pararla, como no lo había hecho la nieve el invierno anterior.

Lo único que había cambiado durante aquellos meses era que antes sus visitas eran los sábados y ahora los domingos.

No porque tuviese una vida social súper intensa —o una vida social, a secas—, sino porque últimamente tenía que trabajar también los sábados.

Últimamente tenía que trabajar todo el tiempo.

Intentó no pensar en el trabajo. Intentó no pensar en su vida en general.

—Echo de menos Holmes House —dijo de repente su abuela, la mirada perdida en las llamas de la chimenea.

Holmes House era la casa de sus abuelos, donde Nina había crecido y donde había vivido toda su vida, o al menos la vida que recordaba, hasta que se fue a la universidad.

También era la casa donde su abuela había nacido, y su madre antes que ella, y la madre de su madre. La casa había pertenecido a cuatro generaciones de mujeres de la misma familia, y ninguna de ellas se había movido de allí mientras vivió. Ninguna, excepto la abuela Lu.

Nina miró las llamas danzar en la chimenea artificial, tan diferente de las tres chimeneas de la casa de su abuela. Grandes, cálidas, capaces de calentar toda la casa. Y con leña de verdad.

—Yo también la echo de menos —dijo por fin, sintiendo la punzada de culpa que sentía cada vez que recordaba que su abuela no iba a pasar sus últimos años en su casa. Que había nacido allí pero no moriría allí.

Habría dado cualquier cosa por estar visitando a su abuela en su casa, y no en aquella residencia deprimente. Por muy acogedor que quisieran hacerlo todo, no era su casa. No era su hogar.

—Eres la última Holmes —dijo su abuela, de repente seria.

Nina la miró con curiosidad. Holmes era el apellido de la primera mujer de la familia que vivió en aquella casa —de ahí venía el nombre—, pero ninguna de sus descendientes había vuelto a llevarlo. En cuanto la primera se casó y adoptó el de su marido, se perdió para siempre.

Al menos en su familia, claro; en general era un apellido bastante común.

—Tienes que cuidar de la casa —dijo su abuela. Parecía agitada, y Nina empezó a alarmarse.

—Claro que sí, no te preocupes... ¿te encuentras bien?

No le gustaba el cariz que estaba tomando la conversación, desde hacía ya un rato.

—Tienes que cuidar de la casa —repitió su abuela, como si no la hubiese oído la primera vez. Luego la miró fijamente, los ojos azules brillantes, llenos de determinación—. Es hora de que sepas la verdad.

¿La verdad? Nina frunció el ceño. ¿A qué se refería? Estaba a punto de preguntárselo, cuando sonaron dos golpes en la puerta y se sobresaltó. Una trabajadora de la residencia entró sin esperar respuesta, con una bandeja entre las manos. La falta de intimidad de aquel sitio era irritante.

—¡Hora de cenar! —anunció la mujer con voz cantarina, como si cenar fuese un acontecimiento súper divertido, en vez de una de las principales comidas del día.

Normalmente las comidas se servían en el comedor común, pero los residentes podían pedir que se las trajeran a la habitación si estaban cansados, no se sentían bien o no tenían ganas de socializar. Se imaginó que su abuela lo había hecho antes de quedarse dormida.

—¡Muchas gracias, Patty! Estoy muerta de hambre.

Su abuela había perdido la intensidad de unos momentos antes y había recuperado su aspecto habitual, si no saludable, al menos más normal.

La ayudó a levantarse de la mecedora y a sentarse a la mesa. Los preparativos para la cena pronto ocuparon toda su atención, y la conversación anterior pasó a un lugar secundario de su mente.

* * *

No fue hasta que volvía a Londres, en un tren semivacío, cuando se dio cuenta de que nunca llegaron a terminar la conversación que habían dejado a medias. Después de la cena a su abuela le había entrado sueño de nuevo y Nina se había despedido hasta el siguiente domingo.

Mientras el tren perseguía la luna, volvió a escuchar a su abuela decir con tono misterioso, urgente: Es hora de que sepas la verdad.