Muerte de una influencer (Baker Street 1) 1 Un buen día
2%
Muerte de una influencer (Baker Street 1)

Muerte de una influencer (Baker Street 1)

Por L. M. Perona

© inepub.com

1 Un buen día

cAJ

Un buen día

Cuatro meses antes

POR FAVOR, TOQUE EL TIMbrE.

El mensaje estaba impreso en una hoja de papel con letras mayúsculas enormes que ocupaban casi todo el folio, y metido en una de esas fundas de plástico perforadas en el margen.

Lo habían pegado a la pared junto al mostrador de recepción, debajo de un timbre blanco, como los de las cabeceras de las camas de hospital.

Nina se acercó e hizo lo que el cartel en letras mayúsculas le pedía.

Se quedó observando las plantas tras el mostrador de recepción, el hervidor de agua para el té y las tazas de colores.

El mostrador era de madera oscura con superficie de granito negro, más propio de un hotel que de una residencia de ancianos.

Residencia de ancianos. ¿Se seguía llamando así a esos lugares? ¿De qué otra forma podrían llamarse?

Hogar de ancianos. De la tercera edad. Hogar para personas en la última etapa de su vida.

Lugar donde van a morir los sueños.

Basta, pensó Nina, cansada y harta de sí misma.

No le gustaba aquel lugar, se llamara como se llamara, y le daba igual el aspecto que tuviese por dentro.

Aunque había que reconocer que se habían esforzado en que aquello no pareciese un hospital ni tuviese un aspecto clínico: nada de verde ni gris aséptico. La decoración era alegre y cálida, con plantas por todas partes y cuadros con paisajes ingleses colgando de las paredes.

Era una casa señorial reconvertida, no muy diferente de las otras cuatro que había visitado antes de elegir aquella, pero era la que más había cuidado los detalles y la que más se asemejaba a una casa normal por dentro. Y la que tenía los mejores jardines.

Esperó pacientemente a que llegase la recepcionista de turno esa tarde.

Siempre había que esperar frente al mostrador para registrar la visita: uno no podía pasar directamente, aunque supiera el número de habitación y el camino, aunque conociera de memoria los horarios de comidas y entretenimientos porque había hecho ese camino al menos una vez a la semana durante diecisiete meses exactos.

Aunque había personas que habían recorrido ese camino durante años y seguían teniendo que esperar al otro lado del mostrador a que apareciese alguien. Después de tocar el timbre.

Desvió la vista hacia el expositor de plástico con folletos que había sobre el mostrador.

Una pareja de pelo y dientes blancos posaba sonriente en la portada.

No les echó más de sesenta años, veinte menos de la edad media de los habitantes de aquel lugar.

De hecho, estaban más cerca de la edad de la mujer que en ese momento se acercaba sonriente por el pasillo y, apurando, de la suya propia.

Maggie, la recepcionista, tenía cincuenta y nueve años y tres nietos, llevaba treinta trabajando en la residencia y había visto a los Rolling Stones doce veces en concierto, empezando en el verano del ochenta y dos en Wembley.

Una acaba conociendo a casi todo el mundo allí después de diecisiete meses.

Maggie se metió detrás del mostrador e intercambiaron las frases de rigor sobre el tiempo.

No había mucho misterio: hacía un tiempo horrible, húmedo y oscuro, pero era lo normal para finales de octubre, casi noviembre.

El cambio de hora del día anterior les había robado a todos una hora de luz y las ganas de vivir.

Mientras la mujer tecleaba con dos dedos en el teclado del ordenador de recepción, Nina volvió a desviar la vista hacia el folleto publicitario de la pareja sonriente de pelo blanco.

¿A quién querían engañar? Nadie que tuviera el aspecto de la gente de la foto se iba a mudar allí de forma voluntaria, cuando todavía les quedaban años saludables por delante.

Aquel lugar, por muy cálida que fuera la decoración y muy chulos que fuesen los jardines, era la última opción. La última estación, por así decirlo.

Uno terminaba allí cuando ya no había más alternativas.

Duro, sí. Cierto, también.

Maggie habló y la sacó de su espiral de pensamientos negativos.

Era aquel sitio: en cuanto cruzaba el umbral, su negatividad se disparaba. Aunque tampoco hacía falta mucho. Negatividad era, aquellos días, su segundo nombre.

—Puedes pasar, cielo —dijo la mujer, tras registrar su nombre en el programa de visitas del ordenador. Luego levantó la cabeza y sonrió, el monitor azul reflejado en los cristales de sus gafas—. Hoy está teniendo un buen día.

Un buen día, reflexionó Nina mientras avanzaba por el pasillo en dirección a la habitación de su abuela.

Durante aquellos diecisiete meses, la definición de “buen día” había ido cambiando.

Al principio, un buen día era encontrarse a su abuela tal como era antes de entrar en aquella residencia.

En aquel momento, un buen día era cuando recordaba su nombre.

Tomó aire e intentó no dejarse llevar por la desesperación. Estaba exagerando. Solo se había olvidado de su nombre un par de veces. Su abuela seguía siendo su abuela y, de momento, los días buenos, por mucho que estirase la definición, iban ganando.

* * *

Nina se detuvo ante la puerta de la habitación. Respiró hondo, echó los hombros hacia atrás y forzó una sonrisa, en un ritual que, de tanto repetirlo, se había vuelto automático.

Llamó a la puerta un par de veces, y cuando nadie contestó entró directamente en la habitación de su abuela.

La estancia estaba en penumbra. Aún no había anochecido, pero el día era oscuro y lluvioso, uno de esos en los que nunca termina de hacerse del todo de día.

Nina encendió la lámpara de pie.

—Abuela.

Sentada en su mecedora, con los ojos cerrados, su abuela parecía más muerta que viva.

Se horrorizó al instante de su propio pensamiento, pero no pudo evitarlo.

En aquel lugar, mucha gente tenía ese aspecto, ese no saber exactamente si estaban vivos o muertos, a no ser que estuviesen andando, hablando, riéndose.

Demasiado quietos o con los ojos cerrados, y a una se le salía el corazón por la boca.

Nina miró a su alrededor. Más que una habitación, aquello era un miniapartamento, con su propia salita con chimenea —de gas y con una pantalla protectora, por supuesto; no era cuestión de dejar a los ancianos encender sus propios fuegos, y sobre todo, a solas con sus propios fuegos—, una mesa con cuatro sillas, un sofá de dos plazas, la mecedora en la que estaba sentada su abuela y una pequeña estantería con una televisión.

El dormitorio estaba en una estancia aparte, y el baño, adaptado para personas con problemas de movilidad, era bastante grande.

La abuela Lu lo había decorado con lo poco que había podido llevarse y que no seguía acumulando polvo en su casa: una docena de libros, marcos con fotografías por todas partes, sus cosas de coser y un par de plantas.

Nina cogió una de las fotos, su preferida: ella misma, de niña, con el ceño fruncido, flanqueada por sus abuelos, ambos sonrientes, frente a la puerta de su casa.

Tenía cuatro años y era su primer día de escuela.

Su abuelo Howard se había empeñado en montar el trípode para sacar una foto de los tres juntos, después de tomar una de ella sola.

“Es un acontecimiento”, había dicho. La Nina de cuatro años, con la mochila de Las Supernenas a la espalda, no estaba muy convencida del asunto y nunca le había gustado madrugar; de ahí el ceño fruncido.

Su abuelo había muerto apenas un par de meses después de tomar aquella foto, y ese era uno de los últimos recuerdos que conservaba de él.

Desde entonces, habían sido su abuela y ella, solas contra el mundo.

Los veintiocho años que las separaban de la fotografía habían convertido a Nina en una adulta y a su abuela en una anciana.

—Nina.

Se dio la vuelta, sobresaltada. La abuela Lu había abierto los ojos en su mecedora y la miraba mientras ella observaba la foto.

No le gustaba su aspecto. Sabía que acababa de despertarse, pero no tenía buena cara.

Se la veía demacrada y cansada, como si hubiera dormido mal.

Pero si a Nina le afectaba la época del año, la falta de luz, el cambio de hora, no quería ni pensar cómo podía hacerlo con una anciana de ochenta y seis años.

Aunque esa anciana fuese en otro tiempo su formidable abuela Lu, o Lucy, aunque casi nadie la había llamado nunca por ese nombre.

Era Lu para todo el mundo. Incluso sus alumnos —había sido maestra de escuela durante casi cincuenta años— la habían llamado siempre Mrs. Lu, en lugar del más formal Mrs. Addington.

Poco tenía de formidable ahora aquella mujer encogida, con un vestido de flores y una mullida bata de forro polar que Nina le había regalado las Navidades pasadas para combatir el frío.

No es que lo hiciese en aquella habitación, más bien al contrario.

“Pero cuando te haces vieja cada vez tienes más frío”, le había dicho su abuela, “y ya nunca vuelves a calentarte los huesos”.

Volvió a dejar el marco en la estantería. Se inclinó para darle un beso en la mejilla a su abuela.

—¿Qué tal estás? ¿Te tratan bien?

Siempre era lo primero que le preguntaba, aunque sabía que aquel sitio era uno de los mejores.

—Me tratan estupendamente. Ven a sentarte junto al fuego.

Nina se sentó en el sofá, junto a la mecedora de su abuela. Le cogió la mano entre las suyas, y se preocupó cuando la encontró helada.

La abuela Lu era mucho más que su abuela: era la única familia que tenía, la única familia que había conocido, aparte de los primeros cuatro años de su vida que tuvo con su abuelo Howard.

Y la estaba perdiendo. Lo sabía con solo cogerle la mano, mirarla a la cara.

Y lo peor era que su abuela también lo sabía.

Poco quedaba de la mujer vivaracha y activa que había sido siempre, y que apenas año y medio antes había entrado en aquel lugar.

El cambio se había hecho evidente, sobre todo, los últimos dos meses.

Su abuela había empezado a deteriorarse en cuanto terminó el verano, y Nina no podía hacer nada por evitarlo.

Cada vez le costaba más moverse, y se pasaba casi todo el día durmiendo.

—Ya no me queda mucho —dijo, confirmando sus pensamientos.