Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 28 — Al amanecer
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Capítulo 28 — Al amanecer

La policía llegó con el día.

No exactamente con el amanecer, porque el amanecer había empezado antes, tímido y gris, mientras Constance cruzaba la puerta principal acompañada por dos gendarmes y un hombre que no dejaba de secarse los zapatos en el felpudo como si aquella noche pudiera resumirse en barro.

Pero cuando aparecieron los primeros vehículos en la avenida de Les Ormes y el ruido de motores sustituyó al silencio acumulado durante horas, Delacroix comprendió que la casa ya no les pertenecía.

Eso le produjo alivio.

También una especie de vacío.

Los hombres entraron con cuadernos, impermeables húmedos, instrucciones breves y la eficacia ligeramente torpe de quienes llegan después de que lo importante ya ha ocurrido.

Miraron a Gabriel. Miraron el sujetalibros.

Miraron la llave de Héloïse, los sobres, el fragmento quemado, el llavero recuperado bajo la ventana de Constance y las hojas cubiertas con la letra de Delacroix.

Preguntaron qué podía tocarse, qué no, quién había estado dónde, quién había descubierto el cuerpo, quién había movido una silla, quién había abierto la ventana, quién había encontrado cada pieza.

Delacroix respondió.

Después volvió a responder.

Y después descubrió que podía dejar de hacerlo.

Un inspector llegado desde Senlis tomó el mando con una mezcla razonable de cansancio y desconfianza profesional.

Se llamaba Maurice Delorme, tenía bigote demasiado pequeño para su cara y una forma de mirar los papeles que sugería que consideraba cualquier explicación superior a tres frases una agresión personal.

—Entonces la señora de Mareuil ha confesado ambos homicidios.

—Sí.

—¿Delante de todos?

—Sí.

—¿Y ha descrito el mecanismo del primero?

—Sí.

Delorme miró la llave.

—Extraño.

—Mucho menos de lo que parecía ayer.

—Ya.

El inspector levantó la pieza dentro de su envoltorio.

—¿Y esto mata a una mujer?

Delacroix lo miró.

—No por sí solo.

—Pero dice que…

—Le recomiendo empezar por leer las notas.

Delorme observó el montón.

Después a Delacroix.

—Esperaba que me dijera que no hacía falta.

—Lo siento.

El inspector suspiró.

—Los detectives privados deberían venir con un secretario.

—No soy detective privado.

—Eso empeora bastante las cosas.

Delacroix sonrió.

Le cayó bien.

No lo bastante como para quedarse.

Las primeras declaraciones comenzaron en el comedor.

Corbin insistió en que quería dar la suya completa y sin privilegios especiales.

Aquella decisión parecía haberle devuelto cierto equilibrio.

Olivier Brissac pidió autorización para llamar a París en cuanto repararan la línea, no para hablar con bancos sino con su esposa.

Vauclair entregó sus notas originales sobre Héloïse y aclaró, antes de que nadie pudiera preguntárselo, que estaba dispuesto a revisar formalmente su primer informe.

Mariette se sentó frente a un agente y confesó sus robos otra vez.

Delacroix la oyó decir:

—Sí, también eso.

El agente levantó la cabeza.

—¿También qué?

—Da igual. Es una noche larga.

Delacroix siguió andando.

Thibault estaba en la biblioteca.

Solo.

Había encontrado una botella, pero no la había abierto. La sostenía por el cuello mientras miraba los libros.

—No parece usted un hombre que vaya a beberla —dijo Delacroix.

Thibault levantó la vista.

—Estoy intentando decidir.

—Eso es nuevo.

—Puede irse al diablo.

—También.

El joven dejó la botella.

—No quiero beber.

—Entonces hemos resuelto un problema.

—Uno de los pequeños.

Delacroix se acercó a la ventana.

La lluvia había limpiado el jardín. Los árboles parecían más oscuros contra el cielo claro.

—¿Va a declarar?

—Sí.

—¿Todo?

Thibault soltó aire.

—Las firmas también.

Delacroix lo miró.

—Bien.

—No diga bien.

—¿Por qué?

—Porque parece orgulloso.

—No tengo motivos.

—Exacto.

Thibault apoyó ambas manos en la mesa.

—Corbin dice que podría ir a prisión.

—Es posible.

—Constance mató a Héloïse para evitarlo.

—En parte.

—Y ahora voy a presentarme y decir que falsifiqué las firmas.

—Sí.

El joven soltó una risa sin alegría.

—Es casi ofensivo.

Delacroix esperó.

—¿Sabe qué pensé cuando me lo dijo?

—No.

—Que si acabo en prisión, todo habrá sido inútil.

Delacroix no respondió.

Thibault lo miró.

—Después entendí que no. Todo ya era inútil.

La frase quedó entre ellos.

—Héloïse murió. Gabriel murió. Mi tía… —Se detuvo—. Constance hizo lo que hizo. Que yo evite las consecuencias no arregla ninguna de esas cosas.

Delacroix asintió.

—No.

—Y si vuelvo a dejar que alguien me las quite, quizá no haya aprendido nada.

—Eso sería una pena.

Thibault lo miró.

—Podría intentar ser un poco más cálido.

—Estoy exhausto.

—Se nota.

Delacroix sonrió.

Thibault también.

Después el joven miró otra vez la botella.

—No sé quién soy sin alguien corrigiendo mis errores.

—Puede averiguarlo.

—Eso suena terriblemente parecido a un consejo.

—No se acostumbre.

—Tranquilo.

Delacroix salió.

Encontró a Éliane en el vestíbulo.

Seguía llevando consigo el sobre que Geneviève había encontrado en la habitación de Héloïse.

—No lo ha abierto.

—No.

—¿Va a hacerlo?

Éliane lo miró.

—No sé.

—Eso parece popular esta mañana.

—¿Usted qué haría?

Delacroix pensó.

—Depende de qué crea que hay dentro.

—Creo que es una carta para mí.

—Entonces probablemente la abriría.

—¿Aunque pudiera doler?

—Las cartas rara vez mejoran cerradas durante cinco meses.

Éliane sostuvo el sobre.

—Héloïse estaba enfadada conmigo.

—Sí.

—Con razón.

—No sé.

—Yo sí.

Se quedó mirando su nombre escrito en la parte delantera.

—Quemé la otra porque pensé que así podía controlar qué quedaba de mí en su historia.

Delacroix no dijo nada.

—Bastante apropiado, ¿no?

—Mucho para esta casa.

Éliane sonrió.

—No voy a quemar esta.

—Bien.

—Aunque no me guste.

—Especialmente.

Ella asintió.

Se alejó hacia el jardín de invierno.

Delacroix siguió hasta la escalera.

La Chambre des Tilleuls estaba abierta.

Por primera vez desde que había llegado, nadie la custodiaba como si fuera una caja fuerte.

Geneviève estaba dentro.

Sentada en la cama.

Tenía una fotografía en las manos.

Delacroix se detuvo en la puerta.

—Puedo volver después.

—No.

Ella señaló la silla.

—Siéntese.

Delacroix obedeció.

Durante unos segundos no hablaron.

La habitación, con luz de mañana, había perdido casi toda su cualidad misteriosa. Las paredes eran claras. Las cortinas tenían un dibujo discreto de ramas. El escritorio parecía pequeño. La cerradura, ridícula.

Delacroix la miró.

Geneviève también.

—Cinco meses —dijo.

—Sí.

—Cinco meses pensando en esa puerta.

—Sí.

—Y todo estaba fuera.

—Casi todo.

La mujer sostuvo la fotografía.

—¿Sabe qué recuerdo ahora?

—No.

—Que Héloïse se quejaba de esa cerradura desde hacía años.

Delacroix sonrió.

—Eso habría sido útil ayer.

Geneviève lo miró.

Después soltó una risa.

Pequeña.

Sorprendida de sí misma.

—Lo sé.

Volvió a mirar la foto.

—Decía que Gabriel tenía que cambiarla porque un día iba a dejarla encerrada.

Delacroix observó la llave ausente.

—No estaba del todo equivocada.

Geneviève dejó escapar aire.

—Eso ha sido horrible.

—Sí.

—Y gracioso.

—También.

—No debería reírme.

—No veo por qué.

—Mi hija está muerta.

Delacroix la miró.

—Y también hacía bromas.

Geneviève se quedó quieta.

Después asintió.

—Sí.

Volvió a sonreír.

—Era bastante cruel cuando quería.

—He oído testimonios.

—Gabriel la adoraba por eso.

—Eso explicaría algunas cosas.

Geneviève dejó la fotografía sobre la cama.

—¿Quiere verla?

Delacroix la tomó.

Héloïse tendría unos diecisiete años. Estaba sentada sobre una barandilla con una falda poco adecuada para la postura y una expresión de desafío hacia quien sostenía la cámara. Detrás aparecía Constance, mucho más joven, señalándole el suelo con gesto severo.

Delacroix miró a Geneviève.

—Interesante.

—¿Qué?

—Constance ya intentaba evitar caídas.

La mujer cerró los ojos.

No se rió esta vez.

—Sí.

Delacroix dejó la fotografía.

—Lo siento.

Geneviève negó.

—No. Está bien.

Miró la imagen.

—Eso es lo difícil.

—¿Qué?

—Que no todo fue mentira.

Delacroix esperó.

—Constance quería a Héloïse.

—Sí.

—Quería a Thibault.

—Sí.

—Me quería a mí.

—Sí.

Geneviève levantó los ojos.

—Sería más fácil si no.

—Mucho.

—Podría odiarla.

—Todavía puede.

La mujer frunció el ceño.

—¿Y eso sería justo?

—No sé si el odio necesita trámite.

Geneviève soltó una respiración.

—Usted siempre consigue responder sin ayudar demasiado.

—Intento no quitarle trabajo a los demás.

Ella lo miró.

La frase llegó a ambos.

Constance.

Resolver.

Decidir.

Geneviève sonrió.

—Bien.

Delacroix se levantó.

—Quiero preguntarle algo.

—Sí.

—¿Va a vender Les Ormes?

Geneviève miró alrededor.

—No es mía.

—Era de Gabriel.

—Sí.

La realidad apareció de nuevo.

Había una sucesión.

Familias.

Documentos.

Papeles.

—No sé qué pasará con la casa.

—Entonces otra respuesta de moda.

—Parece contagioso.

Delacroix se acercó a la puerta.

Geneviève habló antes de que saliera.

—Señor Delacroix.

Él se volvió.

—Gracias.

—No me dé las gracias.

—Ya me dijo eso anoche.

—Sigue siendo válido.

—No es por encontrar a Constance.

Delacroix esperó.

—Es por no convertir a Héloïse en una pista.

Él no respondió inmediatamente.

—Era bastante más difícil que una pista.

Geneviève sonrió.

—Sí.

Delacroix salió.

Abajo, el inspector Delorme lo interceptó con una carpeta.

—Necesito una última cosa.

—Temía que dijera eso.

—Una declaración firmada.

—Eso no es una cosa. Es una mañana entera.

—Será breve.

No lo fue.

Delacroix relató desde su llegada.

El inspector interrumpió cada vez que aparecía una palabra vaga.

—¿“Poco después” cuánto es?

—No sé.

—Entonces no escribiremos poco después.

—Empieza a caerme mejor.

—No se acostumbre.

Cuando llegaron a la llave, Delorme levantó una ceja.

—¿De verdad nadie pensó en examinarla así en octubre?

Vauclair, que pasaba cerca, se detuvo.

—No.

El inspector lo miró.

—¿Por qué?

El médico respondió antes que Delacroix.

—Porque ya creíamos saber para qué servía.

Delorme frunció el ceño.

—Para cerrar.

Vauclair asintió.

—Exactamente.

El inspector escribió algo.

Delacroix observó.

Aquella era probablemente la explicación más precisa del fracaso.