Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 27 — Después de la llave #3
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Capítulo 27 — Después de la llave #3

Delacroix sostuvo su mirada.

—No era por usted.

Constance asintió.

—Lo sé.

Se retiró.

Delacroix permaneció un momento más junto al estudio.

Cuando regresó al salón, Geneviève estaba de pie.

Había encontrado su abrigo.

—¿Adónde va?

—A la habitación de Héloïse.

Constance levantó los ojos.

Geneviève no la miró.

Delacroix preguntó:

—¿Quiere que alguien la acompañe?

—No.

Se detuvo.

—En realidad sí.

Miró a Mariette.

La antigua doncella se sorprendió.

—¿Yo?

—Sí.

Mariette dudó.

—Señora…

—Geneviève.

La mujer la miró.

—Creo que ya hemos tenido suficientes títulos esta noche.

Mariette bajó los ojos.

—Bien.

Subieron juntas.

Delacroix las vio desaparecer por la escalera.

Había algo justo en ello.

No madre y detective.

No madre y hermana.

La mujer que había elegido no saber y la mujer que había visto demasiado y callado.

Quizá entre ambas consiguieran abrir una habitación sin convertirla otra vez en un misterio.

Corbin se acercó a Delacroix.

—Cuando llegue la policía, ¿entregará todo?

—Sí.

—Incluidas mis declaraciones.

—Sí.

El abogado suspiró.

—Imaginaba.

—Puede empezar a practicar la parte en que explica por qué consideró regularizar documentos retroactivamente.

—Prefería que me dispararan.

—No parece que esta familia necesite más soluciones drásticas.

Corbin lo miró.

Después sonrió.

—Muy bien.

—Además, usted es abogado.

—Por eso precisamente sé lo que me espera.

—Una ventaja profesional.

—No lo llamaría así.

Se alejó.

Vauclair ocupó su lugar.

—Cuando todo esto termine, quiero revisar el informe de Héloïse.

—¿Para qué?

—Para saber exactamente qué ignoré.

Delacroix lo miró.

—Puede ser útil.

—También desagradable.

—Eso no lo vuelve menos útil.

Vauclair asintió.

—Y quiero que quede constancia de que la primera conclusión fue mía.

—Quedará.

—No de Constance.

Delacroix entendió.

—Sí.

—Ella influyó.

—Sí.

—Pero yo firmé.

—Sí.

Vauclair soltó aire.

—Bien.

—Doctor.

—¿Qué?

—No convierta responsabilidad en autoflagelación. Son primos cercanos y se confunden mucho.

Vauclair lo miró.

—¿Eso también es experiencia?

—Observación.

—Qué cómodo.

—Muchísimo.

El médico sonrió.

Poco después regresaron Thibault y Olivier.

Traían barro en los zapatos y a un hombre de una granja cercana que había aceptado ir en bicicleta hasta el puesto de gendarmería. Avisó que tardarían.

—Ya está —dijo Thibault.

Delacroix asintió.

El joven miró alrededor.

—¿Dónde está mi madre?

—Arriba.

—¿Con Constance?

—Con Mariette.

Pareció aliviarse.

Después miró a su tía.

Constance estaba donde siempre.

—¿Puedo hablar contigo?

Ella levantó la cabeza.

—Sí.

Thibault miró a Delacroix.

—A solas.

—No puede abandonar la casa.

—No he dicho eso.

Delacroix señaló el comedor.

—La puerta queda abierta.

Constance se levantó.

Caminaron juntos.

Delacroix evitó escuchar.

No fue difícil. Hablaron bajo.

Durante varios minutos solo se oyó el murmullo indistinto de dos voces.

Después Thibault dijo algo más fuerte.

—No.

Silencio.

Constance respondió.

No se entendió.

Thibault:

—Eso lo decidiré yo.

Después otra vez murmullo.

Delacroix miró hacia otro lado.

Cuando regresaron, Thibault estaba pálido pero tranquilo.

Constance parecía peor.

No se sentaron juntos.

No hacía falta saber qué se habían dicho.

Algunas conversaciones pertenecían a la solución.

Otras pertenecían a quienes tendrían que vivir después de ella.

Geneviève y Mariette bajaron casi media hora más tarde.

Geneviève llevaba algo en la mano.

Un sobre.

No el de la llave.

Uno antiguo.

Se acercó a Éliane.

—Esto es tuyo.

La joven palideció.

—¿Qué?

—Héloïse lo guardaba en el escritorio.

Éliane tomó el sobre.

No lo abrió.

—¿Es…?

—No sé.

Éliane miró a Geneviève.

—¿Quiere que…?

—Haz lo que quieras.

La joven sostuvo el sobre.

—No voy a quemarlo.

Geneviève asintió.

—Bien.

Nada más.

Pero Delacroix sintió que aquella frase cerraba una parte pequeña de la noche.

No todo tenía que arder.

El cielo continuaba aclarando.

Cuando finalmente se oyó un motor en la carretera, nadie reaccionó de inmediato.

Después Mariette fue a la ventana.

—Vienen.

Constance levantó la cabeza.

Delacroix la miró.

—Es el momento.

Ella se puso de pie.

Geneviève no se volvió.

Thibault sí.

Durante un instante pareció querer acercarse.

No lo hizo.

Constance tomó su abrigo del respaldo de una silla.

—¿Puedo?

Delacroix asintió.

Se lo puso.

Mariette abrió la puerta principal.

La cerradura giró sin dificultad con la llave recuperada del llavero de Gabriel.

El sonido fue pequeño.

Nadie habló.

Constance lo oyó.

También Delacroix.

Toda la noche había empezado con una puerta cerrada.

Terminaba con otra abriéndose.

Entró aire frío.

Después voces.

Pasos.

El mundo exterior.

Constance avanzó hacia la entrada.

Antes de cruzar se volvió.

No hacia Delacroix.

Hacia su familia.

—No voy a pedir que me perdonéis.

Geneviève permaneció de espaldas.

Thibault cerró los ojos.

Constance esperó.

Nada.

Asintió.

Era justo.

Después salió.

Delacroix observó la puerta abierta.

Habían resuelto el misterio.

No habían reparado nada.

Quizá aquella era la única conclusión que una casa como Les Ormes necesitaba aprender.