Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 27 — Después de la llave #2
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Capítulo 27 — Después de la llave #2

Thibault soltó una carcajada incrédula.

—Sébastien.

—No digo esta noche.

—Acabas de decirla esta noche.

Corbin se quitó las gafas.

—Es mi manera de evitar vomitar.

Eso consiguió una risa real.

Pequeña.

Brutalmente cansada.

Incluso Geneviève sonrió.

Corbin volvió a ponerse las gafas.

—Gracias.

Thibault se frotó el rostro.

—De nada.

Delacroix observó cómo el humor entraba y salía.

No borraba nada.

Solo recordaba que aquellas personas seguirían existiendo después del crimen.

Eso también importaba.

Vauclair se sentó frente a Constance.

—Quiero preguntarte algo.

Ella lo miró.

—Sí.

—Cuando hablamos después de la muerte de Héloïse, ¿sabías que yo había visto la herida?

—Sí.

—¿Por qué no intentaste convencerme directamente de que era el cristal?

Constance pensó.

—Porque ya lo habías pensado tú.

El médico palideció.

—Claro.

—Nicolas…

—No.

Vauclair levantó una mano.

—No necesito que me protejas tampoco.

Constance cerró los labios.

—Fui yo quien escribió el informe.

—Sí.

—Yo quien decidió que no justificaba una autopsia completa.

—Geneviève tampoco la quería.

Vauclair golpeó suavemente la mesa.

—Eso.

Constance lo miró.

—Eso haces.

—¿Qué?

—Acabas de repartir mi responsabilidad.

La mujer quedó inmóvil.

—No te la he pedido.

Vauclair respiró.

—Yo vi una herida y elegí una explicación cómoda porque había cristales cerca. Tú sabías lo que significaba y no dijiste nada. Son cosas distintas.

—Sí.

—Déjalas ser distintas.

Constance bajó la cabeza.

—Bien.

Vauclair la miró durante un rato.

—Y otra cosa.

—¿Qué?

—No vuelvas a decirme que Geneviève no habría soportado una autopsia.

Constance levantó los ojos.

—No iba a…

—Nunca.

La mujer asintió.

—Nunca.

Geneviève escuchaba.

No intervino.

Delacroix sintió otra vez aquella peculiar transformación de la casa.

Durante años Constance había sostenido a todos.

Ahora, uno por uno, le estaban devolviendo las partes que ella había tomado.

Responsabilidad.

Decisiones.

Consecuencias.

No era redención.

Era restitución.

Más tarde encontraron el segundo sobre.

Mariette apareció desde la despensa con un fragmento de papel roto detrás de una caja de harina. Conservaba parte de la firma de Corbin en la solapa.

—Esto sí —dijo el abogado.

Delacroix lo examinó.

La correspondencia con el sobre utilizado para sellar la llave era clara.

Lo guardó con el resto.

—Servirá.

Mariette asintió.

—¿Y el trozo de la chimenea?

—Probablemente el otro sobre.

—¿Lo guardamos?

—Sí.

Ella lo miró.

—Guarda usted muchas cosas que dice que quizá no sirven.

—Una de mis debilidades.

—La casa está llena de personas con debilidades peores.

Delacroix sonrió.

—Eso me tranquiliza.

Mariette regresó a la cocina.

Poco después anunció que había claridad suficiente para llegar a la carretera.

Delacroix miró las ventanas.

Tenía razón.

La noche había empezado a perder densidad. Los árboles seguían negros, pero el cielo detrás adquiría un gris ligeramente más claro.

—¿Quién irá? —preguntó Corbin.

Thibault se levantó.

—Yo.

Delacroix lo observó.

—¿Está seguro?

—Necesito caminar.

—No solo.

Olivier se puso de pie.

—Voy con él.

Thibault lo miró.

—No tienes por qué.

—Lo sé.

Aquella frase también había cambiado de significado.

Delacroix asintió.

—Lleguen hasta la primera casa o teléfono que encuentren. Digan que hay dos muertos y una confesión. No intenten explicarlo todo por carretera.

—¿Algo más?

—Sí.

Thibault esperó.

—Vuelvan.

El joven lo miró.

Una sombra de humor apareció.

—Pensaba aprovechar para emigrar.

—Después de falsificar firmas, mala elección temporal.

Thibault soltó una risa breve.

Después miró a Constance.

Ella no levantó los ojos.

Él tampoco dijo nada.

Salió con Olivier.

El aire frío entró unos segundos por la puerta de servicio y Delacroix sintió que aquella era la primera abertura real de Les Ormes desde que Gabriel los había encerrado.

Nadie se precipitó hacia ella.

Curioso.

Horas antes todos habían discutido por marcharse.

Ahora podían.

Y casi nadie quería hacerlo.

Delacroix cerró la puerta.

—¿Va a quedarse hasta que lleguen? —preguntó Éliane.

—Sí.

—No tiene obligación.

—Tampoco tengo un vehículo aquí.

Ella sonrió.

—Eso ayuda.

—Muchísimo.

Éliane se acercó al fuego.

—Gabriel.

Delacroix la miró.

—¿Qué ocurre?

—¿Fue justo con él?

La pregunta era complicada.

—No sé.

—Nos encerró.

—Sí.

—Nos amenazó.

—Sí.

—Mintió en algunas cartas.

—Sí.

—Y tenía razón.

Delacroix negó.

—Esas cosas no se cancelan.

Éliane frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

—Que tener razón sobre un asesinato no convierte en correcto encerrar personas y coaccionarlas.

—Pero si no lo hubiera hecho…

—Quizá nunca lo habríamos resuelto.

—Entonces.

—Entonces hizo algo imprudente e ilegal que condujo a la verdad y también a su propia muerte.

Éliane miró el estudio.

—Qué conclusión tan poco satisfactoria.

—Las más verdaderas suelen tener ese defecto.

—¿Lo condena?

Delacroix pensó.

—Condeno lo que hizo.

—No es lo mismo.

—No.

Ella asintió.

—Lo quería mucho.

—Lo sé.

—No de esa manera.

—También lo sé.

Éliane miró hacia la puerta del estudio.

—Héloïse sí.

Delacroix no respondió.

—Quizá por eso no pudo parar.

—Probablemente.

—¿Usted habría parado?

La pregunta lo sorprendió.

—Espero que sí.

—No parece muy convencido.

—Las personas suelen ser muy razonables respecto a obsesiones que no son las suyas.

Éliane sonrió.

—Eso sí parece algo que diría Gabriel.

—Empiezo a preocuparme.

Ella se apartó.

Delacroix entró en el estudio.

Gabriel seguía allí.

Vauclair había cubierto mejor el cuerpo. El bronce del sujetalibros permanecía aislado. Los dos vasos seguían sobre la mesa.

Delacroix se quedó en la puerta.

No había conocido mucho al hombre.

Eso hacía extraña la familiaridad adquirida durante la noche.

Había leído sus notas, caminado sus recorridos, reconstruido su herida de enero, repetido sus preguntas y terminado la investigación que él había iniciado.

Sobre el escritorio quedaba una fotografía de Héloïse.

Delacroix la tomó.

La joven estaba de pie en el jardín de Les Ormes. No miraba a la cámara. Alguien debía de haber dicho algo fuera de cuadro porque estaba sonriendo hacia un lado.

No parecía una víctima.

Eso también importaba.

Delacroix dejó la foto donde estaba.

—Lo encontró.

La voz de Constance sonó detrás.

No se había acercado demasiado.

Delacroix no se volvió enseguida.

—Casi.

—Gabriel habría dicho que sí.

—Gabriel tenía tendencia a cerrar sus conclusiones antes que las puertas.

Constance miró el cuerpo cubierto.

—No merecía esto.

Delacroix se volvió.

—No.

—Héloïse tampoco.

—No.

—Ya sé lo que va a decir.

—No iba a decir nada.

La mujer permaneció en el umbral.

—Es peor.

Delacroix la observó.

—¿Qué?

—Que ya no haya nada que explicar.

—Siempre hay cosas que explicar.

—No que sirvan.

Delacroix entendió.

Ella había llegado por fin a un problema que no podía solucionar con una nueva versión.

—No —dijo—. No que sirvan para cambiarlo.

Constance miró a Gabriel.

—Cuando lo golpeé la primera vez, todavía podía haber pedido ayuda.

Delacroix no respondió.

—Eso es lo que no puedo dejar de pensar.

—No lo intente.

Ella lo miró.

—¿Qué?

—No intente dejar de pensarlo.

Constance pareció desconcertada.

—¿Es su idea de castigo?

—No me corresponde diseñarlo.

—Entonces.

—Es una consecuencia.

La mujer bajó la vista.

—Él se movía.

—Lo dijo.

—Pude parar.

—Sí.

—Y no paré.

—No.

Constance respiró.

—Con Héloïse fue distinto.

—Sí.

—No la vi morir.

—No.

—Durante cinco meses pude… separar las cosas.

Delacroix la miró.

—¿La llave de la muerte?

—Sí.

—La preparación del resultado.

—Sí.

—Esta noche no pudo.

—No.

Miró al cadáver.

—Gabriel me obligó a verlo.

—Él no la obligó a golpearlo.

Constance cerró los ojos.

—No.

Delacroix esperó.

La mujer abrió los ojos.

—Gracias.

Él frunció ligeramente el ceño.

—¿Por qué?

—Por no permitir que convierta una frase en excusa.