Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 27 — Después de la llave
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Capítulo 27 — Después de la llave

Durante unos minutos, nadie supo qué hacer con una verdad completa.

Habían pasado toda la noche persiguiéndola, exigiéndola, protegiéndose de ella, mintiendo para retrasarla o arrancándosela unos a otros como si llegar al final fuese a producir algún tipo de alivio.

Pero cuando ya no quedó nada importante que discutir sobre Héloïse, cuando Constance hubo explicado la lima, la llave, el acónito, el estudio de Gabriel y los dos golpes con el sujetalibros, el salón de Les Ormes pareció más desordenado que antes.

Las preguntas habían desaparecido.

Los muertos seguían muertos.

Delacroix recogió las hojas sin ordenarlas.

Por primera vez en toda la noche no le importó cuál iba encima.

Geneviève se había sentado junto a una ventana.

No lloraba ya. Miraba el cristal negro con una quietud tan absoluta que Delacroix tuvo la impresión de que cualquier intento de consolarla habría sido una forma de violencia.

Thibault permanecía al otro lado del salón, encorvado, con los codos sobre las rodillas.

Éliane estaba cerca de él pero no demasiado.

Olivier y Corbin habían dejado de intercambiar aquella clase de miradas con las que dos hombres intentan calcular cuánto de una catástrofe puede convertirse todavía en procedimiento.

Vauclair seguía de pie.

Constance estaba sola.

Nadie la había apartado.

Era extraño.

Había dos asesinos posibles en la imaginación de la casa unas horas atrás, quizá cinco, quizá ocho dependiendo de quién estuviera recordando qué. Ahora solo había una mujer confesada y, sin embargo, nadie parecía saber dónde colocarla.

No era una desconocida.

Ese era el problema.

—El teléfono sigue sin funcionar —dijo Mariette.

La frase sonó casi indecente por su normalidad.

Delacroix levantó la mirada.

—¿Ha vuelto a probar?

—Sí.

—Entonces tendremos que esperar a Morel o enviar a alguien cuando haya suficiente luz.

Corbin miró hacia las ventanas.

—Podemos ir hasta la carretera.

—Dentro de poco.

Thibault levantó la cabeza.

—¿Dentro de poco?

—No voy a enviar a nadie a caminar de noche por una carretera mojada después de dos homicidios.

—Ya sabemos quién los cometió.

Delacroix miró a Constance.

—Precisamente por eso no tenemos ninguna urgencia que justifique una tercera estupidez.

Constance alzó apenas los ojos.

—No voy a hacer nada.

Thibault se volvió hacia ella.

No dijo nada.

La miró durante unos segundos y volvió a bajar la cabeza.

Constance pareció recibir aquello peor que cualquier acusación.

Delacroix lo vio.

También entendió que no debía intervenir.

Había relaciones que una investigación podía abrir y ninguna autoridad razonable tenía derecho a intentar repararlas después.

Vauclair se acercó a la mesa.

—Quiero revisar a Geneviève.

Ella respondió sin girarse.

—Estoy bien.

—Eso no lo decides tú.

Por primera vez durante toda la noche, Geneviève sonrió.

Muy poco.

—Mira quién ha aprendido algo.

Vauclair se quedó quieto.

La frase llegó.

Constance cerró los ojos.

El médico también la entendió.

—Déjame al menos tomarte el pulso.

Geneviève extendió una mano sin discutir.

Vauclair se sentó a su lado.

Delacroix volvió a los papeles.

El informe antiguo de Héloïse estaba allí.

La palabra cardíaco todavía ocupaba una línea que unas horas antes parecía conclusión.

Ahora parecía una disculpa incompleta.

Vauclair terminó.

—Está acelerado, pero no me preocupa.

Geneviève retiró la mano.

—A mí sí me preocupa.

—¿Qué?

—Que dentro de una hora vengan hombres y empiecen a preguntar.

Vauclair la miró.

—Eso ocurrirá.

—Lo sé.

—Entonces.

—No sé si puedo volver a contarlo.

Delacroix intervino desde la mesa.

—No tendrá que contarlo todo esta mañana.

Geneviève se volvió.

—¿No?

—Habrá declaraciones iniciales. Después más. La justicia tiene una virtud que esta familia parece haber despreciado durante años: le encantan los plazos.

Corbin soltó una respiración que pudo haber sido una risa.

—Eso es la descripción más amable que he oído del procedimiento.

—No estaba intentando ser amable.

Geneviève miró a Delacroix.

—¿Y Héloïse?

—¿Qué quiere saber?

—Qué dirán de ella.

La pregunta lo sorprendió.

—No lo sé.

—Dirán que murió envenenada por su tía.

—Sí.

—Dirán que fue por dinero.

Delacroix se acercó.

—Probablemente algunos.

Geneviève apretó los labios.

—No fue por dinero.

Constance levantó la cabeza.

La madre no la miró.

—No solo.

Delacroix se sentó frente a ella.

—No.

—Quiero que eso quede claro.

—Quedará claro en la investigación.

—No me refiero a la investigación.

La mujer lo miró.

—La gente.

Delacroix entendió.

Siempre había gente.

Después de los gendarmes, los abogados, los bancos y quizá un juez, llegaría la otra jurisdicción. Vecinos. Conocidos. Periódicos. Parientes lejanos que recordarían conversaciones inventadas. Personas que jamás habían visto a Héloïse explicarían quién había sido.

—No puedo controlar eso —dijo.

Geneviève asintió.

—Ya.

Constance cerró los ojos otra vez.

La palabra control parecía haber adquirido una presencia física en aquella casa.

Geneviève continuó:

—Ella no quería destruirnos.

—Lo sé.

—Quería dejar de ayudarnos a mentir.

Delacroix no respondió.

—Y yo la dejé sola.

La frase fue dicha sin lágrimas.

Eso la hizo más grave.

—Sabía que había algo mal —continuó—. No cuánto. No todo. Pero sabía suficiente para hacer preguntas. Y no las hice.

Delacroix la observó.

—Eso no la convierte en responsable de su muerte.

Geneviève levantó la vista.

—No me diga cosas que no he preguntado.

Delacroix inclinó la cabeza.

—Tiene razón.

—Quiero saber qué hacer con esa parte.

—No lo sé.

La respuesta pareció aliviarla más que cualquier consuelo.

—Gracias.

—De nada.

Constance habló desde el otro lado.

—Geneviève.

La mujer se tensó.

—No.

Una sola palabra.

Constance guardó silencio.

—No quiero que me expliques nada más esta noche.

—Solo quería…

—Ya sé lo que querías.

Constance bajó la mirada.

Geneviève respiró.

—Eso era siempre el problema.

La sala quedó inmóvil.

—Sabías lo que todos queríamos antes de que pudiéramos decirlo. Lo que podíamos soportar. Lo que nos convenía. Lo que había que escondernos.

Constance no respondió.

—No lo hagas ahora.

La asesina asintió.

Muy despacio.

—Bien.

Thibault soltó una risa rota.

Todos lo miraron.

—Es increíble.

Geneviève frunció el ceño.

—¿Qué?

Él levantó la cabeza.

—Incluso ahora le dices qué hacer y ella obedece como si eso arreglara algo.

—Thibault…

—No, madre.

La palabra sonó adulta de una forma que no había tenido durante el resto de la noche.

Se puso de pie.

—Quiero preguntarle algo.

Constance lo miró.

—Pregunta.

—No a Delacroix. A ti.

Delacroix se apartó un poco.

Thibault caminó hasta quedar frente a su tía.

—Cuando falsifiqué la primera firma, ¿por qué no me dejaste caer?

Constance cerró los ojos.

—Porque pensé que podía arreglarlo.

—Eso ya lo sé.

—Entonces.

—Quiero saber por qué.

Ella abrió los ojos.

—Porque te quería.

Thibault se quedó inmóvil.

—No.

—Sí.

—No me des eso.

—Es verdad.

—No basta.

Constance sostuvo su mirada.

—No sé darte otra cosa.

Thibault respiró por la nariz.

—Podías haberme obligado a reconocerlo.

—Sí.

—Podías haberle dicho a Héloïse.

—Sí.

—Podías haberle dicho a mi madre.

—Sí.

—Podías haberme dejado perder dinero.

—Sí.

—Podías haber dejado que alguien me denunciara.

Constance tardó más.

—Sí.

—Pero elegiste que no.

—Sí.

—Y después utilizaste su dinero para taparlo.

—Sí.

—Y cuando ella quiso detenerlo…

La voz se le quebró.

Constance bajó los ojos.

—Sí.

Thibault se apartó.

—Entonces no me salvaste.

La mujer cerró los ojos.

—No.

—Me quitaste la oportunidad de dejar de ser el hombre que necesitaba que lo salvaran.

Constance levantó la cabeza.

La frase pareció encontrar un lugar que Delacroix no había conseguido tocar durante toda la noche.

Thibault se alejó.

Éliane le puso una mano en el brazo.

Esta vez él no la rechazó.

Constance permaneció sentada.

—Lo siento.

Thibault no se volvió.

—No me sirve todavía.

—Lo sé.

—No digas que lo sabes.

Ella cerró la boca.

Delacroix pensó que quizá aquel era el primer acto de obediencia verdaderamente útil que Constance había realizado en años.

Mariette apareció con café nuevo.

Nadie se lo había pedido.

Lo repartió porque no sabía qué otra cosa hacer y porque algunas personas, cuando el mundo se rompe, ponen agua a hervir. Delacroix aceptó una taza. Vauclair también. Corbin pidió azúcar. Olivier se quedó mirando la suya sin beber.

Cuando Mariette llegó hasta Constance se detuvo.

Durante unos segundos ninguna de las dos habló.

—No hace falta —dijo Constance.

Mariette sostuvo la cafetera.

—Ya lo sé.

—Entonces.

—Quiero dejarla.

Sirvió una taza.

Constance la miró.

—Después de todo.

Mariette apoyó la cafetera en una mesa auxiliar.

—No lo hago por usted.

Constance asintió.

—Entiendo.

—Lo hago porque no quiero empezar a convertirme en alguien que decide qué merece cada persona según lo que hizo.

Delacroix levantó los ojos.

Constance también.

Mariette pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.

—No pretendía…

—Está bien —dijo Constance.

La doncella la miró.

—No. No está bien.

Constance bajó los ojos.

—No.

Mariette volvió a la cocina.

La frase quedó.

Olivier fue el siguiente en hablar.

—Mareuil Frères se acabó.

Thibault se volvió.

—¿Por esto?

—Por todo.

Olivier miró a Constance.

—Por lo que ya estaba antes.

Ella no respondió.

—El lunes habría sido malo —continuó—. Muy malo. Pero quizá habríamos vendido una parte. Cerrado otra. Negociado con acreedores. Perdido control.

Constance levantó lentamente la mirada.

—Lo sé.

Olivier negó.

—No.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué?

—No lo sabías.

—Claro que…

—Sabías que podía caer.

—Sí.

—No sabías qué quedaría después.

Constance guardó silencio.

—Ninguno lo sabíamos.

Olivier se acercó.

—Ese era el punto.

La mujer lo miró.

—Podíamos haber sobrevivido a perder una empresa.

Geneviève cerró los ojos.

Thibault bajó la cabeza.

Olivier continuó:

—Ahora no sé a qué vamos a sobrevivir.

Constance no respondió.

Delacroix bebió café.

Estaba demasiado fuerte.

Le pareció apropiado.

Corbin se acercó a la mesa de documentos.

—Hay una cuestión práctica respecto a las cuentas.