Capítulo 26 — Bajo llave #3
—Sí.
—¿Limpió algo?
—La herramienta.
—¿La devolvió?
—Sí.
Mariette negó.
—La vi fuera.
Constance la miró.
—La dejé sobre la mesa.
—Por prisa.
—Sí.
La pequeña anomalía que Mariette había conservado durante cinco meses.
—¿Y luego?
—Volví a mi habitación. Terminé de cambiarme. Bajé.
—¿Con intención de comprobar si Héloïse usaría la llave?
Constance cerró los ojos.
—No hacía falta.
Ahí estaba la monstruosa sencillez.
—Sabía que cerraría.
—Sí.
—¿Durante la cena la observó?
—Sí.
—¿Los síntomas?
Constance negó.
—No sabía si aquello era por la llave.
Delacroix se quedó quieto.
Importante.
—¿Entonces el hormigueo no fue necesariamente causado por el veneno?
—No lo sé.
Vauclair asintió.
La limpieza cronológica sobrevivía.
—¿Pensó que podía fallar?
—Sí.
—¿Y qué habría hecho?
Constance miró sus manos.
—No lo sé.
Delacroix sospechó que era verdad.
Un crimen preparado no siempre incluía un plan completo para el fracaso.
—¿La vio subir por última vez?
—Sí.
—¿Sabía qué ocurriría al cerrar?
Constance tardó.
—Esperaba que ocurriera.
Geneviève se dio la vuelta.
No pudo seguir mirándola.
—¿Y se quedó abajo?
—Sí.
—¿Esperó?
—Sí.
—¿Cuánto?
—No sé.
—¿Oyó algo?
—No.
—¿Cuando Gabriel empezó a preocuparse?
Constance cerró los ojos.
—Fingí.
—¿Sorpresa?
—Sí.
—¿Subió con los demás?
—Sí.
—¿Vio la puerta cerrada?
—Sí.
—¿Qué sintió?
La pregunta sorprendió incluso a Delacroix.
No la había planeado.
Constance levantó los ojos.
—Alivio.
Thibault dejó escapar una respiración rota.
Constance empezó a llorar.
Sin ruido.
—Eso fue lo peor.
Nadie habló.
—No miedo. No horror.
Se cubrió la boca.
—Alivio.
Geneviève permanecía de espaldas.
—Pensé que el lunes no ocurriría.
La frase regresó.
Ahora ya no era ambigua.
El lunes no puede ocurrir.
Delacroix sintió una fatiga enorme.
—¿Y después?
Constance bajó la mano.
—Después vi a Geneviève.
La hermana no se volvió.
—Y a Thibault.
Él no levantó la cabeza.
—Y entendí lo que había hecho.
—¿Se arrepintió?
Constance tardó.
—Sí.
—¿Inmediatamente?
—No.
La honestidad dolió más.
—Primero pensé que todavía podía arreglarlo.
Delacroix cerró los ojos un instante.
Ahí estaba todo.
Incluso después de matar, la primera reacción había sido la misma.
Arreglar.
—¿Cómo?
—Que pareciera natural. Que nadie hiciera preguntas. Que el informe de Nicolas cerrara el asunto.
Vauclair levantó la cabeza.
—¿Me manipulaste?
Constance lo miró.
—No.
—Pero hablaste conmigo.
—Sí.
—Cuando pregunté por antecedentes.
—Sí.
—¿Intentaste convencerme de no pedir autopsia?
—No directamente.
—¿Qué hiciste?
Constance respiró.
—Te dije que Geneviève no soportaría más.
El médico palideció.
—Dios.
—No te dije que no hicieras pruebas.
—No hacía falta.
Vauclair se apartó.
Delacroix entendió otra pieza.
Constance no necesitaba ordenar.
Sabía qué pequeñas presiones aplicar.
No porque todos fueran títeres.
Porque llevaba años conociendo exactamente dónde cedía cada uno.
—¿Y Gabriel?
Preguntó Delacroix.
—Nunca aceptó.
—No.
—Por eso empezó a investigar.
—Sí.
—¿Lo temió desde el principio?
—No.
—¿Cuándo?
—En enero. Cuando empezó a hablar de la llave.
—¿Por qué no la destruyó antes?
Constance miró hacia el estudio.
—Porque ya no estaba en la cerradura. Gabriel la había guardado. No podía buscarla sin llamar la atención.
—¿Y cuando supo que se había cortado?
—Me asusté.
—¿Pensó en matarlo entonces?
—No.
—¿Nunca?
—No hasta esta noche.
Delacroix creyó esa respuesta.
La segunda muerte había sido distinta.
No planificada durante meses.
Improvisada cuando el viejo problema volvió a abrirse.
—Entonces Gabriel tenía razón en algo —dijo.
Constance levantó los ojos.
—¿Qué?
—No había reunido a un asesino dispuesto a matar otra vez.
Ella frunció el ceño.
Delacroix continuó:
—Reunió a una mujer que seguía convencida de que, cuando una consecuencia resultaba insoportable, podía intervenir antes de que ocurriera.
Constance cerró los ojos.
—No es lo mismo.
—No.
—¿Y eso es peor?
Delacroix la observó.
—Es más triste.
Thibault levantó la cabeza.
Constance también.
Delacroix añadió:
—Pero no menos culpable.
La mujer asintió.
Lentamente.
Como si hubiera esperado esa frase.
Geneviève se volvió por fin.
—¿Por qué no viniste a mí?
Constance la miró.
—¿Para decirte qué?
—Todo.
—No habrías podido hacerlo.
—¡No te correspondía decidirlo!
—Lo sé.
—¡No! No lo sabías. Eso es lo que acabas de decir. No lo sabías.
Constance quedó inmóvil.
Geneviève se acercó.
—Pensabas que todos éramos demasiado débiles para vivir nuestra propia vida.
—No.
—Sí.
—Quería protegeros.
—Eso era lo que te decías.
La frase atravesó la habitación.
Constance no respondió.
Geneviève bajó la voz.
—Héloïse no murió porque quisiera destruir a la familia.
Las lágrimas le caían.
—Murió porque fue la primera que te dijo que la familia no te pertenecía.
Constance cerró los ojos.
Thibault lloraba también.
Mariette miraba al suelo.
Delacroix permaneció apartado.
No había nada que añadir.
Después de un rato, Corbin preguntó:
—¿Qué hacemos ahora?
La pregunta devolvió al mundo cosas prácticas.
Constance abrió los ojos.
—Esperar a la policía.
Delacroix la miró.
—Sí.
—No voy a huir.
—Lo sé.
—¿Va a encerrarme?
La ironía era demasiado perfecta.
Nadie sonrió.
Delacroix miró hacia la puerta principal.
La llave había sido recuperada.
Podían abrir.
No lo hicieron todavía.
—No.
Constance inclinó la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque ya pasó toda la noche intentando mantener cosas bajo llave.
La mujer sostuvo su mirada.
—No voy a ayudarla una vez más.
Silencio.
Constance bajó los ojos.
Delacroix recogió la llave de la Chambre des Tilleuls, todavía sellada.
Dos muertes.
Una llave.
Una familia que había convertido el secreto en una forma de amor.
Y una mujer que, cada vez que algo amenazaba con romperse, había intervenido antes de permitir que los demás descubrieran si podían sobrevivir.
Héloïse había querido abrirlo todo.
Las cuentas.
Las firmas.
Las responsabilidades.
El lunes.
Constance había hecho lo contrario.
Había guardado cada consecuencia bajo otra cerradura.
Hasta que ya no quedaron puertas suficientes.
Delacroix miró hacia las ventanas.
Afuera, la oscuridad empezaba a adelgazar.
Muy poco.
Pero suficiente.
La noche de Les Ormes estaba terminando.
Y por primera vez desde que Héloïse de Mareuil cerrara la Chambre des Tilleuls cinco meses atrás, nada importante quedaba bajo llave.