Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 26 — Bajo llave #2
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Capítulo 26 — Bajo llave #2

—Y tomó el sujetalibros.

Constance negó.

—No todavía.

Delacroix la miró.

—Entonces.

—Él se volvió hacia el escritorio.

—¿Para qué?

—Creo que para llamar a usted.

—El teléfono no funcionaba.

—No el teléfono. Iba a salir.

—¿Y ahí?

Constance cerró los ojos.

—Vi el sujetalibros.

Nadie habló.

—Lo cogí.

Thibault se quedó completamente quieto.

—Y lo golpeó.

—Sí.

—Una vez.

—Sí.

Vauclair preguntó con voz baja:

—¿Y la segunda?

Constance no respondió inmediatamente.

Delacroix no la ayudó.

—Cayó.

La voz había cambiado.

—Seguía moviéndose.

Vauclair bajó los ojos.

—Entonces lo golpeé otra vez.

Geneviève lloró.

Thibault se puso de pie y salió del salón.

Nadie lo detuvo.

Delacroix lo oyó llegar al vestíbulo y quedarse allí.

No siguió.

Constance tampoco.

—¿Por qué la segunda vez?

Preguntó Delacroix.

La mujer sostuvo su mirada.

—Porque después de la primera ya no había nada que arreglar.

La frase fue tan fría que durante un segundo pareció monstruosa.

Después Constance cerró los ojos y añadió:

—Eso pensé.

Ahí apareció la persona.

No una asesina orgullosa.

Alguien atrapado en su propia lógica incluso mientras la destruía.

—¿Abrió el sobre?

—Sí.

—¿Con qué?

—Rompí el sello.

—¿Sacó la llave?

—Sí.

—¿Qué hizo con los sobres?

—Me los guardé.

—¿La llave pequeña del cajón?

—La utilicé para cerrar. Se me cayó. No me di cuenta.

Delacroix asintió.

—¿Registró a Gabriel?

—Sí.

—¿Por qué tomó el llavero principal?

Constance se quedó callada.

Aquella era una de las piezas que todavía no comprendían.

—No lo tomé por la puerta.

Mariette frunció el ceño.

—Entonces ¿por qué?

Constance miró sus propias manos.

—Registré sus bolsillos buscando cualquier cosa que hubiera guardado sobre Héloïse. Saqué la llave pequeña y el llavero casi al mismo tiempo.

Delacroix levantó la cabeza.

—¿Se dio cuenta de que se lo llevaba?

—No inmediatamente.

La respuesta encajaba mejor con la prisa de aquellos minutos que cualquier plan de fuga.

—¿Y cuando lo vio?

—Durante unos segundos pensé en marcharme por la entrada.

Mariette negó.

—Había otras salidas.

—Lo sé. Por eso comprendí que no lo necesitaba para salir. Llevarlo encima solo podía incriminarme.

—Y desaparecer durante la pausa, después de pedir hablar con Gabriel, habría sido prácticamente una confesión.

Constance asintió.

—Así que siguió con él.

—Hasta arriba.

—Y entonces me deshice de él.

—Antes escondió la llave de Héloïse.

—Sí.

Mariette cerró los ojos.

—En el armario.

Constance asintió.

—Lo conocía. Sabía que nadie miraría una llave allí.

La frase devolvió la lógica del primer crimen.

Nadie mira una llave.

—¿Cómo llegó hasta allí?

—Por la cocina.

—¿Vio a alguien?

—No.

—¿Quemó los sobres?

—Uno.

—¿Uno?

Delacroix frunció el ceño.

—El grande. El pequeño lo rompí y lo tiré en la despensa.

Mariette levantó la cabeza.

—Podría seguir allí.

—Quizá.

Delacroix no se movió.

Ya no importaba demasiado.

—Después subió.

—Sí.

—Por la escalera de servicio.

—Sí.

—Arrojó el llavero por la ventana.

—Sí.

—Se lavó las manos.

—Sí.

—¿Sangre?

—No tenía.

—¿Entonces por qué?

Constance miró sus dedos.

—Porque acababa de tocar a un muerto.

La respuesta fue más humana que cualquier otra.

—Después bajó.

—Sí.

—Oyó el reloj en el vestíbulo.

Constance cerró los ojos.

—Sí.

—Entró al jardín de invierno.

—Sí.

—Vio a Éliane.

—Sí.

—Y después me dijo que había oído el cuarto desde allí.

—Sí.

—¿Por qué?

La mujer tardó.

—Porque necesitaba estar en alguna parte.

Delacroix no dijo nada.

—Solo eso.

Constance se llevó una mano al rostro.

—Necesitaba haber estado en algún sitio durante esos minutos que no fuera con Gabriel. Oí el reloj al bajar, entré al jardín, vi a Éliane y… junté ambas cosas.

—En segundos.

—Sí.

—Como quien regulariza un documento después de que ya ocurrió algo.

Constance bajó la mano.

La comparación llegó.

—Sí.

Delacroix sostuvo su mirada.

La segunda muerte estaba completa.

Thibault volvió al salón.

Tenía el rostro húmedo.

No preguntaron si se había lavado o llorado.

Se sentó más lejos de Constance.

Ella lo vio.

No comentó.

Delacroix dejó pasar unos segundos.

Después preguntó:

—Héloïse.

La mujer quedó inmóvil.

Ahí estaba el verdadero umbral.

Confesar a Gabriel no equivalía a confesar a Héloïse.

Un crimen podía explicarse por pánico después de meses de obsesión.

El otro exigía una decisión anterior.

Constance miró la llave sellada.

—No.

Thibault cerró los ojos.

Delacroix no cambió el tono.

—¿No qué?

—No quiero hablar de ella.

—Tiene que hacerlo.

—No.

—Constance.

—Ya le he dicho que maté a Gabriel.

—Sí.

—Eso basta.

—No.

La palabra fue firme.

Por primera vez Delacroix dejó de conceder.

Constance lo miró.

—Gabriel murió por Héloïse.

—Sí.

—La llave que robó existía por Héloïse.

—Sí.

—El miedo que la llevó a golpearlo existía porque sabía lo que esa llave podía demostrar.

Constance apretó los labios.

—No puede separar un crimen del otro ahora que ha confesado el segundo.

—Puedo no ayudarlo.

—Puede.

—Entonces.

—Pero ya no estamos reconstruyendo solo para mí.

Delacroix señaló alrededor.

Geneviève.

Thibault.

Mariette.

Los demás.

—Ellos necesitan saber qué ocurrió.

Constance miró a su hermana.

Geneviève no apartó los ojos.

—Díselo —dijo.

Constance cerró los ojos.

—Geneviève.

—Dímelo.

—No.

—Dime si mataste a mi hija.

La frase no necesitó volumen.

Constance se quedó inmóvil.

Geneviève continuó:

—Llevo ocho años dejando que decidas qué puedo soportar.

La respiración de Constance cambió.

—Esta vez no.

Silencio.

—No me protejas.

Constance abrió los ojos.

Geneviève estaba llorando.

Pero la voz seguía firme.

—Dímelo.

La mujer la miró durante mucho tiempo.

Después bajó la cabeza.

—Sí.

Thibault emitió un sonido ahogado.

Éliane cerró los ojos.

Mariette empezó a llorar.

Delacroix no sintió victoria.

Nunca la había sentido especialmente en una confesión.

Solo el momento desagradable en que una explicación deja de ser hipótesis y se convierte en pasado.

Geneviève permaneció quieta.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Tú mataste a Héloïse?

Constance levantó los ojos.

—Sí.

Geneviève se puso de pie.

Durante un instante Delacroix pensó que iba a golpearla.

No lo hizo.

Se quedó delante de ella.

—¿Por qué?

Constance la miró.

—Porque el lunes iba a destruirlo todo.

Geneviève retrocedió como si la hubieran tocado.

—Era suyo.

—Lo sé.

—¡Era suyo!

—Lo sé.

—¡El dinero era suyo! ¡La vida era suya! ¡La decisión era suya!

Constance también se levantó.

—¡Y Thibault iba a ir a prisión!

—¡Quizá debía!

El grito sorprendió a todos.

Thibault palideció.

Geneviève se volvió hacia él.

—Perdóname.

Él negó.

—No.

La madre respiró.

—No. No voy a perdonarme de la verdad para protegerte otra vez.

Thibault bajó la cabeza.

Constance observó a su hermana.

—No sabes lo que habría pasado.

—¡Porque tú nunca me dejaste saber nada!

La frase rompió algo distinto.

Constance perdió por primera vez completamente la serenidad.

—¡Porque cuando sabías algo te deshacías!

Silencio.

Geneviève quedó inmóvil.

Constance respiraba con rapidez.

—Cuando murió Étienne, ¿quién pagó las deudas que no conocías?

Yo. Cuando aparecieron los papeles de la otra mujer, ¿quién evitó que terminaran en los periódicos?

Yo. Cuando Thibault empezó a firmar lo que no debía, ¿quién encontró la forma de que no os quitaran la empresa?

Yo. Cuando los bancos quisieron retirar crédito, ¿quién fue a sentarse con ellos? Yo.

Geneviève la miraba.

—Nadie me obligó.

Constance se golpeó el pecho con una mano.

—Nadie tuvo que hacerlo.

Delacroix no intervino.

Esto ya no era confesión.

Era una vida entera explicándose demasiado tarde.

—Siempre había una forma —continuó Constance—. Siempre. Más cara, peor, humillante, injusta, pero había una. Y Héloïse decidió que no.

La voz se quebró.

—Me miró como si todos aquellos años hubieran sido una enfermedad.

Geneviève lloraba.

—No te mató por eso.

Constance cerró los ojos.

—No.

—La mataste tú.

—Sí.

El silencio posterior fue brutal.

Thibault habló desde su silla.

—¿Por mí?

Constance no lo miró.

—No solo.

—Respóndeme.

Ella giró lentamente.

—En parte.

Él palideció.

—No.

—Thibault.

—No me hagas eso.

—No puedo cambiarlo.

—¡No mataste a Héloïse por mí!

Constance sostuvo su mirada.

—Pensé que te estaba salvando.

El joven se levantó.

—¡No!

—Sí.

—¡Yo falsifiqué las firmas!

—Lo sé.

—¡Yo debía responder!

—Lo sé ahora.

—¡Lo sabías entonces!

Constance no respondió.

Thibault se golpeó el pecho.

—¡Era mío!

Delacroix observó la inversión.

Durante años Constance había quitado consecuencias a las personas que amaba.

Ahora Thibault reclamaba una.

Demasiado tarde.

—¿Cómo lo hizo? —preguntó Delacroix.

Geneviève cerró los ojos.

Thibault se volvió, furioso.

—¿Tiene que hacerlo ahora?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque mañana habrá una investigación y una confesión emocional no sustituye hechos.

Thibault apretó los dientes.

Constance se sentó.

Parecía veinte años mayor que al comienzo de la noche.

—Después de hablar con Olivier subí.

—Sí.

—Vi a Éliane salir.

Éliane bajó la mirada.

—Entré en la habitación de Héloïse para buscarla.

—¿La llave estaba en la cerradura?

—Sí.

—¿La tocó?

Constance cerró los ojos.

—La saqué.

Geneviève se llevó una mano a la boca.

Delacroix mantuvo la voz neutra.

—Después fue al cuarto de ropa.

—Sí.

—Utilizó la lima.

—Sí.

No necesitó describir cómo.

Delacroix tampoco se lo pidió.

—¿Después aplicó una preparación tóxica?

—Sí.

—¿Acónito?

La mujer tardó.

—Sí.

Vauclair cerró los ojos.

Thibault miró al suelo.

Delacroix no pidió cantidades, ni preparación, ni detalles que no añadían verdad humana al crimen.

—¿Por qué esa sustancia?

—Porque sabía qué podía hacer.

—¿La tenía consigo?

—No.

—¿Estaba en Les Ormes?

Constance miró a Gabriel ausente, quizá recordando otra casa dentro de la misma.

—Había un pequeño armario de preparados antiguos y material de jardinería medicinal que Gabriel conservó durante las restauraciones. Algunas cosas venían de la propiedad anterior. Yo sabía que estaba.

Mariette frunció el ceño.

—¿En el taller?

—Sí.

Delacroix guardó el dato.

La policía podría comprobar lo que quedara.

—¿Cuánto tiempo necesitó?

Constance lo miró.

—Muy poco.

—¿Después devolvió la llave?

—Sí.

—A la cerradura.