Capítulo 26 — Bajo llave
Constance no confesó.
No inmediatamente.
Después de la última frase de Delacroix permaneció sentada con los ojos cerrados y las manos abiertas sobre el regazo, como si hubiese vuelto deliberadamente a la postura con la que había pasado gran parte de la noche.
El gesto no era casual. Delacroix lo entendió enseguida.
Recuperar la posición era recuperar una pequeña parte del control.
Thibault seguía de pie.
—Tía.
Constance no respondió.
Geneviève lloraba sin ruido. Éliane había apartado la mirada. Corbin parecía haberse vuelto de piedra dentro de su traje. Olivier Brissac mantenía los labios apretados y observaba el suelo. Mariette no se movía.
Vauclair fue el único que miró a Delacroix. La pregunta estaba en su cara: ¿y ahora? Delacroix tampoco lo sabía exactamente.
En los libros, imaginó, quizá aquel era el momento en que el culpable empezaba a explicar cada detalle con una precisión servicial.
La vida era menos considerada. La gente no confesaba porque el argumento hubiera alcanzado una estructura estética satisfactoria.
Confesaba cuando el coste de seguir sosteniendo una mentira superaba al de dejarla caer.
Constance abrió los ojos.
—No tiene prueba química.
—No.
—Nadie me vio tocar la llave.
—No.
—Nadie me vio utilizar la lima.
—No.
—Nadie puede demostrar que hubiera nada sobre el metal.
—No directamente.
—Y no tiene una sola persona que me viera entrar al estudio de Gabriel.
—No.
Thibault se volvió hacia Delacroix, desesperado.
—¿Va a seguir concediéndole cada cosa?
—Sí.
Constance lo miró.
—Entonces sabe que todavía puede estar equivocado.
—Sí.
Aquello la sorprendió más que cualquier acusación.
—¿Y aun así?
—Aun así sé que mató a Gabriel.
—No puede saberlo.
—Puedo.
—Por una reconstrucción.
—Por muchas cosas.
—Circunstancias.
—Sí.
—Eso no es saber.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Para usted tampoco lo era cuando entró en su estudio.
La expresión de Constance cambió muy poco, pero fue suficiente. Delacroix continuó.
—Gabriel no tenía una demostración completa. Tenía una llave, fotografías, una herida coincidente y una intuición correcta. Usted no sabía qué iba a encontrar yo después de la pausa.
Constance permaneció quieta.
—No sabía si podía probar la sustancia.
Silencio.
—No sabía si podía fechar la manipulación.
Thibault la miró.
—No sabía si Mariette iba a hablar.
Mariette bajó la vista.
—Ni siquiera sabía si las marcas de la llave podían atribuirse con certeza a una herramienta.
Constance respiró lentamente.
—Pero mató a Gabriel.
Nada.
—No porque él hubiera demostrado que usted mató a Héloïse.
Delacroix se acercó a la mesa.
—Porque temió que pudiera hacerlo.
Constance lo observó.
—Y esa es la parte que usted no puede explicar con una incriminación ajena.
—Sí puedo.
—Adelante.
—Alguien podía querer que pareciera culpable.
—Y para conseguirlo mata a Gabriel justo cuando usted había pedido hablar con él, roba el objeto que la relacionaba con el crimen anterior, esconde ese objeto en un lugar que usted conoce, arroja el llavero bajo su ventana, fabrica una contradicción imposible en su declaración y confía en que, además, Mariette revele que usted estuvo en la habitación de Héloïse junto a las herramientas.
Constance guardó silencio.
—Es mucho trabajo para un enemigo que nadie ha conseguido identificar.
—No significa que no exista.
—No.
—Entonces.
—Significa que la historia alternativa necesita más decisiones deliberadas que la principal.
Constance miró hacia la chimenea.
—Eso no es justicia.
—No.
Delacroix respondió con calma.
—Es razonamiento.
Corbin levantó ligeramente la cabeza.
Constance volvió hacia él.
—Usted debería entender la diferencia.
—La entiendo.
—¿Y permitiría que me acusaran con esto?
El abogado tardó.
—Permitir no es la palabra.
—Respóndame.
Corbin tragó saliva.
—Diría que hay un conjunto muy serio de indicios.
—Indicios.
—Sí.
—No pruebas.
Delacroix intervino.
—La llave es una prueba.
Constance lo miró.
—De que fue alterada.
—Sí.
—No de quién.
—El llavero de Gabriel es una prueba.
—De que estuvo debajo de mi ventana.
—Sí.
—No de quién lo arrojó.
—El reloj demuestra que su relato de la pausa es falso en un punto material.
—Que mi memoria falla.
—El propio Gabriel está muerto después de que usted solicitara hablar con él.
—Eso no prueba que lo hiciera.
—No.
Constance soltó una respiración.
—Entonces no tiene nada definitivo.
Delacroix la observó durante varios segundos.
—No contra Héloïse.
La mujer levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Contra Gabriel, sí.
Thibault frunció el ceño.
—¿Qué falta?
Delacroix miró el llavero recuperado.
Después hacia la ventana de Constance.
—La lluvia.
Nadie entendió.
Vauclair fue el primero en acercarse.
—¿Qué ocurre con la lluvia?
Delacroix tomó el llavero con el paño.
—Cuando lo encontramos, estaba mojado.
—Había llovido.
—Sí.
—Entonces.
—La cara superior estaba mojada.
Vauclair lo observó.
—¿Y la inferior?
Delacroix giró el paño.
—Mucho menos.
Corbin frunció el ceño.
—Estaba protegido por el seto.
—Parcialmente.
Delacroix miró a Mariette.
—¿Cuándo empezó a llover con fuerza?
La mujer pensó.
—Antes de la cena ya había llovido un poco. Pero fuerte… durante la noche.
—¿Durante la pausa?
—No tanto.
Constance lo observó.
—¿Qué intenta hacer?
—Nada todavía.
Delacroix miró a Vauclair.
—Cuando salimos a buscarlo, la lluvia acababa prácticamente de parar.
—Sí.
—Y el llavero llevaba allí muy poco.
—Eso ya lo sabemos.
—Sí.
Delacroix lo dejó.
No era la prueba absoluta que la frase había prometido.
Tampoco necesitaba fingirlo.
—No importa.
Constance casi sonrió.
—¿Entonces?
—Nada que encontremos ahora va a convertir esto en una fotografía del instante.
Se sentó frente a ella.
—Así que voy a preguntarle una sola vez.
Thibault dejó de respirar casi visiblemente.
Geneviève levantó la cabeza.
Constance sostuvo su mirada.
—¿Mató a Gabriel Fontenay?
La habitación quedó completamente inmóvil.
Constance tardó tanto que el silencio dejó de ser expectativa y se convirtió en respuesta.
Después dijo:
—Sí.
Thibault dio un paso atrás. Geneviève emitió un sonido pequeño, Mariette cerró los ojos, Olivier bajó la cabeza y Corbin se sentó. Vauclair no se movió; Delacroix tampoco. Constance siguió mirándolo.
—Sí.
Repitió.
No más fuerte.
—Lo maté.
Thibault negó.
—No.
Ella se volvió hacia él.
—Thibault.
—No.
—No hagas esto.
—¿Qué cosa?
—Obligarme a repetírtelo para que empiece a parecerte real.
Él la miró con una expresión que Delacroix no quiso interpretar.
—¿Por qué?
Constance cerró los ojos.
—Porque Gabriel no iba a parar.
—¡Eso no es una razón!
—Lo sé.
—¡Entonces por qué!
Delacroix levantó una mano.
—Déjela hablar.
Thibault se volvió hacia él.
—¡Es mi tía!
—Precisamente.
El joven respiró con dificultad.
Volvió a sentarse.
No dejó de mirar a Constance.
Ella tardó unos segundos.
—Entré en el estudio.
Delacroix no interrumpió.
—Le dije que quería hablar de Héloïse.
—¿Sobre Thibault?
—Al principio sí.
Thibault cerró los ojos.
—Le hablé de lo que ella quería hacer con sus poderes y sus derechos dentro de la empresa. Quería saber hasta dónde había llegado Gabriel con los documentos.
—¿Por qué?
Constance miró a Delacroix.
—Porque necesitaba saber qué había encontrado.
—¿De la llave?
—No al entrar.
La respuesta pareció sorprenderlo.
—Entonces.
—Entré porque quería medir el peligro.
La frase era completamente suya y Delacroix la entendió: Constance había ido a evaluar un problema, como siempre.
—¿Qué ocurrió?
Constance miró hacia la puerta abierta del estudio.
—Gabriel estaba muy… satisfecho.
Thibault soltó una risa amarga.
—Satisfecho.
—No feliz. No he dicho feliz.
Constance lo miró.
—Creía que por fin tenía algo que nadie podría volver a descartar.
Delacroix preguntó:
—¿La llave?
—Sí.
—¿Se la enseñó?
—Primero las fotografías.
—¿Y después?
—Abrió el cajón.
La reconstrucción se cerró un poco más.
—Sacó el sobre.
—Sí.
—¿Lo abrió?
Constance negó.
—No. Dijo que no quería romper el sello sin usted.
—Entonces la llave siguió dentro.
—Sí.
—¿Qué le dijo?
Constance respiró.
—Que la marca no era natural. Que usted lo vería. Que Vauclair había admitido que la herida no tenía por qué ser del cristal. Que Mariette estaba a punto de decir algo.
Mariette palideció.
—¿Sabía lo mío?
—No exactamente.
—Entonces.
—Sabía que habías visto algo.
Delacroix miró a Constance.
—¿Gabriel se lo dijo?
—Dijo que usted había hablado con ella a solas y que, cuando terminara la noche, ya no quedaría ningún lugar donde esconderse.
—¿Eso fue lo que la decidió?
Constance cerró los ojos.
—No.
—¿Qué?
—La llave.
Silencio.
—Cuando la sacó del cajón, comprendí que todavía existía.
Thibault frunció el ceño.
—Sabías que existía.
Constance lo miró.
—Sabía que Gabriel la había conservado. Pero no había entendido hasta esa noche lo que podía ver en ella.
Delacroix asintió.
—Las marcas.
—Sí.
—¿Pensó que podía demostrar el veneno?
—No lo sabía.
—Pero no quiso comprobarlo.
Constance bajó la mirada.
—No.
Ahí estaba.
El mismo patrón.
El mismo límite.
No esperar.
No permitir que la consecuencia empezara.
—¿Qué hizo?
Constance se tomó tiempo.
—Le pedí la llave.
—¿Directamente?
—Le dije que aquel objeto no demostraba nada y que estaba destruyendo a todos por una obsesión.
—¿Y él?
—Dijo que si no demostraba nada, yo no tenía ninguna razón para preocuparme.
Thibault soltó aire.
Delacroix imaginó a Gabriel.
La respuesta encajaba.
—¿Intentó coger el sobre?
—Sí.
—¿Él la sujetó?
—Al revés.
Constance miró a Vauclair.
—Yo lo agarré de la muñeca cuando apartó la mano.
El médico bajó la mirada.
La marca.
—Después.
Constance respiró.
—Me dijo que saliera.
—¿Y?
—No lo hice.
—¿Discutieron?
—Sí.
—¿Elevó la voz?
—No mucho.
—¿Gabriel?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Constance cerró los ojos.
—Que Héloïse había muerto porque todos nosotros habíamos preferido proteger lo que debía caer.
Geneviève se llevó una mano al rostro.
Thibault bajó la cabeza.
—Y que, si yo había tocado esa llave, se aseguraría de que lo supiera todo el mundo antes de que terminara la mañana.
Delacroix guardó silencio.
—¿Él sabía?
—No.
—¿Pero usted creyó que iba a saberlo?
—Sí.