Capítulo 25 — Quince minutos #3
—La persona que hizo todo eso necesitaba volver con una explicación para haber estado fuera durante varios minutos. No podía decir «estaba en mi habitación» únicamente, porque alguien podía haberla visto cruzar. Necesitaba una referencia.
Constance lo miró.
—El cuarto.
—Sí.
—Que pude oír aquí.
—Exacto.
—Y después confundir con el jardín.
—Sí.
Ella abrió ligeramente las manos.
—Entonces su propia teoría admite que pude decir la verdad sin saberlo.
Delacroix sonrió.
—No.
La sonrisa desapareció de ella.
—¿Por qué?
—Porque cuando le pregunté por primera vez dónde había estado, no le pregunté qué hora era.
Constance se quedó inmóvil.
Delacroix continuó:
—Usted ofreció el cuarto espontáneamente.
Nadie habló.
—Dijo: jardín de invierno. Éliane estaba allí. Y oí el reloj dar el cuarto.
Constance sostuvo su mirada.
—Sí.
—No necesitaba darme esa referencia.
—Quería ser precisa.
—Precisamente.
Delacroix señaló el reloj.
—Quería fijar que a la una y cuarto estaba lejos del estudio.
Constance no respondió.
—Pero eligió como ancla un sonido que había oído en otro lugar.
—No.
—Y eso es algo que hace la gente cuando construye una coartada demasiado deprisa. Utiliza un hecho verdadero.
La expresión de Constance cambió apenas, pero Delacroix lo vio.
—Usted oyó el reloj.
—Sí.
—Solo que no desde donde dijo.
—No lo sabe.
—Lo comprobamos.
—Pudo estar una puerta abierta.
—Éliane la cerró para fumar.
—Pudo abrirse.
—Y entonces el salón habría olido a tabaco.
—Quizá.
Delacroix negó.
—Otra casualidad.
Constance apretó los labios. Delacroix regresó a la mesa, donde el tiempo de la reconstrucción seguía escrito: nueve minutos y cuatro de margen, suficientes para una conversación más larga con Gabriel, para dudar antes del segundo golpe y para quemar un sobre.
Suficiente incluso para permanecer unos segundos en el jardín y ver a Éliane de espaldas.
—Quince minutos —dijo.
Constance no levantó la vista.
—Eso tuvo.
—No.
—Y le sobraron.
—No.
—El problema es que en octubre tuvo tiempo para preparar una muerte que parecía natural.
Ella cerró los ojos.
—Esta noche no.
—No.
—Por eso Gabriel tiene dos golpes.
—No.
—Por eso cae la llave pequeña.
—No.
—Por eso la llave de Héloïse termina mal escondida entre otras.
—No.
—Por eso el llavero aparece debajo de su ventana.
—No.
—Y por eso su coartada utiliza un reloj que no podía oír.
Constance levantó la cabeza.
—¡No!
La palabra resonó y todos quedaron inmóviles. Thibault se puso de pie, Geneviève dejó escapar un sollozo y Constance respiraba con rapidez.
Por primera vez en toda la noche parecía haber perdido el control de la cantidad exacta de emoción que mostraba.
Delacroix no se acercó.
—¿Qué parte?
Ella lo miró.
—No fue así.
Nadie se movió.
Thibault abrió la boca.
Delacroix levantó una mano.
—Déjela.
Constance respiró.
—No fue así.
Repitió.
Más bajo.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Entonces dígame cómo fue.
La mujer cerró los ojos.
Durante un instante pareció que iba a hacerlo.
Thibault dio un paso.
—Tía.
Constance abrió los ojos y lo miró. Algo se quebró en su rostro; todavía no culpa, sino dolor. Después volvió hacia Delacroix.
—No.
La palabra ya no fue fuerte. Fue decisión.
—No voy a ayudarlo a construirlo.
Delacroix asintió.
—Bien.
Thibault se volvió hacia él.
—¿Bien?
—Sí.
—Acaba de decir…
—Ha dicho que mi secuencia no es exacta.
—Eso significa que sabe.
Constance cerró los ojos.
Delacroix miró al joven.
—Significa muchas cosas. No voy a terminar la frase por ella.
Thibault parecía a punto de romperse.
—¿Cuánto más necesita?
Delacroix miró a Constance.
Ella también esperaba la respuesta.
—Nada para saber quién mató a Gabriel.
El salón entero quedó quieto. Constance levantó lentamente los ojos mientras Delacroix continuaba; Geneviève se llevó una mano a la boca y Thibault quedó inmóvil.
—Casi.
—Sí.
—Entonces todavía existe una diferencia.
—Muy pequeña.
—Pero existe.
—Sí.
Delacroix tomó la llave recuperada.
No la sacó del sobre.
—Porque en octubre tenemos mecanismo, motivo, oportunidad, conocimiento y una pieza físicamente alterada, pero no tenemos todavía su acto observado ni una prueba química que conserve su nombre.
Constance respiró.
—Entonces no puede afirmar que fui yo.
Delacroix la observó.
—Puedo afirmar que mató a Gabriel para impedir que esa diferencia desapareciera.
La mujer quedó quieta.
—Y eso cambia el peso de todo lo anterior.
Constance no respondió.
Delacroix dejó el sobre sobre la mesa.
—Gabriel no murió porque supiera con certeza que usted había matado a Héloïse.
Se acercó un paso.
—Murió porque estaba a punto de demostrar que alguien la había matado con esta llave.
Otro.
—Y solo una persona en esta casa tenía una razón absoluta para saber que, si esa demostración avanzaba, terminaría en ella.
Constance lo miró.
El salón parecía contener la respiración.
Thibault no se movía.
Geneviève lloraba en silencio.
Mariette tenía las manos juntas delante del cuerpo, como siempre, pero ahora le temblaban.
Delacroix habló por última vez.
—Quince minutos no le alcanzaron para ser perfecta, Constance.
Ella cerró los ojos.
Delacroix miró el reloj.
—Solo le alcanzaron para ser usted.