Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 25 — Quince minutos #2
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Capítulo 25 — Quince minutos #2

—O estuve allí desde el principio y me confundí con el reloj.

—Sí.

—Entonces seguimos con dos posibilidades.

—Por ahora.

Volvieron al salón.

Delacroix escribió los tiempos.

Estudio: 2 min 46 s.

Armario: 1 min 54 s con ocultación.

Escalera de servicio + habitación: 1 min 42 s.

Arrojar llavero + lavarse manos: menos de 1 min.

Bajar: menos de 1 min.

Entrar en jardín, ver a Éliane, volver: menos de 1 min.

Incluso añadiendo margen, vacilaciones y conversación más larga con Gabriel, cabía ampliamente en trece minutos.

Thibault miró la hoja.

—Nueve.

—La reconstrucción rápida, sí.

—Quedan cuatro.

—Suficientes para equivocarse.

Constance levantó la mirada.

—O para demostrar que cualquiera podía hacerlo.

Delacroix asintió.

—Cualquiera que supiera dónde esconder la llave entre llaves.

Mariette y Constance.

—Que tuviera una razón natural para subir después sin llamar la atención.

Constance.

—Que pudiera arrojar el llavero desde una ventana y hacer que apareciera precisamente debajo de ella.

Constance.

—Que hubiera pedido hablar con Gabriel antes de la pausa.

Constance.

—Y cuya referencia horaria dependiera de un sonido imposible desde el lugar donde dijo estar.

Nadie necesitó pronunciar el nombre.

Ella sí.

—Yo.

Delacroix la miró.

—Sí.

La palabra fue tranquila. No hubo exclamación ni hizo falta. Thibault cerró los ojos, Geneviève dejó caer la cabeza y Mariette parecía incapaz de respirar con normalidad.

Constance sostuvo la mirada de Delacroix durante varios segundos.

—Eso demuestra que podía hacerlo.

—Mucho más que eso.

—No.

—Sí.

—Todo el recorrido está construido alrededor de mí porque las pruebas ya estaban alrededor de mí.

—Las pruebas físicas están donde están.

—El llavero pudo colocarlo alguien.

—Sí.

—La llave podía esconderla Mariette.

—Sí.

—Gabriel podía haber recibido a otra persona.

—Sí.

—La marca de su muñeca no tiene nombre.

—No.

—El reloj puede ser un error.

—Sí.

—Entonces.

Delacroix se acercó a la mesa.

—Por separado, tiene razón.

Constance dejó escapar una respiración.

—Por separado.

Delacroix repitió.

—La llave bajo su ventana puede ser una incriminación.

Su mentira horaria, un error. Su petición de hablar con Gabriel, una conversación que nunca ocurrió.

Su desaparición durante la pausa, un hueco de memoria.

Su presencia en la Chambre des Tilleuls en octubre, una visita inocente.

La lima, casualidad. Sus conocimientos médicos, casualidad. El lunes, motivo compartido con otros.

Thibault levantó lentamente la cabeza.

Delacroix miró a Constance.

—El problema es que para que usted sea inocente, todas las casualidades tienen que escogerla a la vez.

Constance no respondió.

—Y todavía no es lo peor.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué falta?

—Gabriel.

—Ya hemos hablado de Gabriel.

—No de lo que sabía cuando usted entró.

—Yo no entré.

Delacroix tomó el cuaderno del arquitecto.

—Gabriel había escrito: «No preguntar quién entró. Preguntar qué tocó ella».

Lo abrió.

—Había relacionado la herida con la llave.

Pasó página.

—Había consultado las marcas de herramienta.

Otra.

—Sabía que algo debía haber cambiado entre octubre y enero.

Otra.

—Había anotado su experiencia como enfermera, su conocimiento del lunes y su función dentro de la familia.

Constance lo observó.

—También escribió «pero no basta».

—Sí.

—Entonces Gabriel tampoco sabía.

—No.

Delacroix cerró el cuaderno.

—Pero esta noche dejó de necesitar saberlo solo.

La frase quedó suspendida.

—Tenía a Vauclair.

El médico levantó la mirada.

—Me tenía a mí.

—Y tenía la llave original preparada para ser examinada de nuevo.

Delacroix miró hacia el estudio.

—Usted escucha que Gabriel va a enseñarme las fotografías y sus notas después de la pausa. Le pide hablar.

—Sobre Thibault.

—Eso dice.

—Es verdad.

—Entra al estudio.

—No.

—Gabriel le enseña la llave o le dice que la va a sacar.

—No.

—Y en ese momento comprende que el problema que dejó enterrado cinco meses atrás va a salir del cajón en menos de quince minutos.

Constance se puso de pie.

—No.

La palabra sonó distinta: ya no era la negación tranquila de antes; tenía cuerpo.

—Eso es lo que usted quiere que ocurriera.

—Es lo que explica por qué Gabriel muere entonces.

—Podía haberlo matado cualquiera con miedo a quedar acusado.

—Sí.

—Thibault.

El joven abrió los ojos.

—Gracias.

—Éliane.

Ella palideció.

—Corbin.

El abogado se tensó.

—Olivier.

Nadie respondió.

Constance continuó:

—Mariette. Incluso Vauclair, si temía que su error médico acabara destruyéndolo.

Vauclair la miró con tristeza.

Delacroix esperó.

—¿Ha terminado?

—Sí.

—Bien. Todos ellos podían temer algo que Gabriel supiera.

—Exacto.

—Solo una persona tenía que temer específicamente lo que había dentro de ese cajón.

Constance quedó inmóvil.

—La llave.

—Sí.

—Eso sigue sin ser exclusivo.

—No.

—Entonces.

Delacroix levantó el llavero recuperado.

—Por eso existe esto.

Ella miró el metal.

—¿Qué prueba?

—Su prisa.

—Nada más.

—Muchísimo.

Delacroix colocó el llavero sobre el paño.

—La persona que mata a Gabriel no se limita a robar la llave de Héloïse. Registra sus bolsillos y toma también este llavero. Si el único objetivo fuera abrir la puerta para huir, no hacía falta. Les Ormes tiene salidas secundarias.

—Podía no saberlo.

—Cualquiera que conociera bien la casa sí.

—Entonces quizá el asesino no la conocía.

Delacroix asintió.

—Y sin embargo conocía el armario exacto donde una llave antigua podía desaparecer entre otras.

Constance dejó de responder.

Thibault la miró.

Delacroix continuó:

—Eso elimina a casi todos los que no conocen la casa.

Mariette habló muy bajo.

—Y nos deja a nosotras.

Constance volvió hacia ella.

—Sí.

Delacroix miró a Mariette.

—Usted conoce el armario.

—Sí.

—Estuvo cerca de la zona de servicio durante la pausa.

—Sí.

—Podía esconder la llave.

—Sí.

—Y podía quizá matar a Gabriel.

Mariette palideció.

—No lo hice.

—Lo sé.

Constance se volvió bruscamente hacia Delacroix.

—¿Lo sabe?

—Sí.

—¿Ahora sí concede certezas?

—En esto, sí.

—¿Por qué?

Delacroix miró a Mariette.

—Porque el llavero apareció bajo su ventana.

Constance soltó una risa amarga.

—Eso me incrimina a mí, no la absuelve a ella.

—Exacto.

—Entonces pudo ponerlo.

—Pudo.

—Y ya está.

—No.

Delacroix acercó la hoja del segundo mapa.

—Mariette fue vista regresando por la zona de servicio después de que usted ya había bajado. Si hubiera querido incriminarla, necesitaba subir a su habitación, abrir la ventana, arrojar el llavero y volver sin que nadie la viera.

—Podía.

—Sí.

—Otra vez.

—Pero entonces no podía estar al mismo tiempo en la zona donde ella misma admite estar, ni explicar el sonido de la puerta que oyó, ni haber visto antes a Gabriel vivo.

Su recorrido se vuelve más largo, más inútil y exige que supiera que usted había dado una versión basada en subir a su habitación antes incluso de que la diera.

Constance se quedó quieta.

—No podía saber que usted utilizaría esa habitación como parte de su coartada.

El silencio sí golpeó. Mariette miró a Delacroix, Thibault a su tía, y Constance tardó en responder.

—Pudo escoger mi ventana por casualidad.

Delacroix negó.

—Entonces volvemos a las casualidades.

Ella no respondió.

—Y todavía falta algo más.

Constance cerró los ojos un instante.

—Siempre falta algo más.

—La chimenea.

Todos miraron hacia el fuego.

Delacroix tomó el fragmento de papel medio quemado.

—No puedo demostrar que esto pertenezca al sobre sellado.

—Entonces no sirve.

—Como prueba material concluyente, no.

—Otra casualidad.

—Quizá.

—Entonces.

Delacroix lo dejó.

—Pero durante nuestra reconstrucción, para llevar la llave hasta el armario y el llavero hasta su ventana, el asesino necesitaba volver por zonas donde podía deshacerse del sobre.

—Sí.

—Usted pasó de nuevo por el salón antes de que yo reparara en su ausencia.

—Sí.

—La chimenea estaba encendida.

—Como toda la noche.

—Exacto.

Constance soltó aire.

—Está construyendo una novela.

—No. Estoy quitando las partes que sobran.

Se acercó al reloj del vestíbulo.

—Y aquí está el error.

Todos miraron.