Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 25 — Quince minutos
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Capítulo 25 — Quince minutos

Delacroix empezó por vaciar la pausa.

Quitó de la mesa las fotografías, las cuentas, el informe de Vauclair, las notas de Gabriel y hasta la llave recuperada. Dejó únicamente su reloj de bolsillo, una hoja en blanco y un lápiz.

Thibault lo miró.

—Después de ocho horas de papeles, ¿ahora no quiere ninguno?

—Ahora los papeles estorban.

—Empiezo a pensar que disfruta contradiciéndose.

—Muchísimo.

Delacroix abrió el reloj y lo colocó sobre la mesa.

—El asesinato de Héloïse necesitó preparación. El de Gabriel necesitó velocidad. Si los cometió la misma persona, esta noche no dispuso de tiempo para diseñar nada elegante. Tuvo que utilizar la casa tal como estaba, los objetos que encontró y los lugares que conocía.

Constance seguía sentada.

No apartaba la vista del reloj.

—Eso ya lo ha dicho.

—Sí. Ahora vamos a comprobarlo.

Delacroix miró a todos.

—No quiero recuerdos nuevos. Ya hemos exprimido suficientes. Voy a reconstruir exclusivamente con cosas que sabemos que ocurrieron.

Escribió el primer punto.

Gabriel entra al estudio con vida.

—Lo confirma Mariette pocos minutos después de comenzar la pausa.

Ella asintió.

Segundo.

Gabriel dispone de la llave pequeña del cajón y del llavero principal.

Tercero.

La llave original de Héloïse está sellada dentro del cajón.

Cuarto.

Alguien entra en el estudio antes de su muerte.

Corbin levantó una mano.

—Eso seguimos infiriéndolo.

—Dos vasos, una marca compatible con sujeción en la muñeca y un asesinato cometido a corta distancia sin lucha prolongada. No es demostración absoluta de conversación, pero sí la reconstrucción más coherente.

—Bien.

Delacroix añadió:

Gabriel abre el cajón.

—Eso sí sabemos que ocurrió porque el sobre desapareció y la pequeña llave apareció en el suelo junto al escritorio.

Vauclair asintió.

—El cajón volvió a quedar cerrado.

—Sí.

Quinto.

Gabriel recibe dos golpes.

Sexto.

Desaparecen la llave de Héloïse y el llavero principal.

Séptimo.

La llave de Héloïse termina entre llaves antiguas del corredor de servicio.

Octavo.

El llavero principal termina bajo la ventana de Constance.

Delacroix dejó el lápiz.

—Todo eso sucede entre el momento en que Mariette ve a Gabriel vivo y el momento en que yo encuentro el cuerpo.

Thibault miró el reloj.

—Menos de trece minutos.

—Sí.

—¿Y va a hacerlo?

—Voy a intentar hacerlo sin matar a nadie.

—Agradecido.

Delacroix miró a Vauclair.

—Usted será Gabriel.

El médico abrió los ojos.

—¿Yo?

—Tiene una constitución parecida.

—Ese es el criterio más desagradable que me han aplicado esta noche.

—Póngase detrás del escritorio.

Vauclair obedeció.

Delacroix pidió a Mariette un sobre vacío y una llave vieja cualquiera. Los colocó en el cajón del estudio. La pequeña llave real que había aparecido junto a la alfombra permanecía protegida; utilizaron otra semejante para representar el movimiento.

—Ahora necesitamos a la persona que entra.

Thibault se puso de pie.

—Yo.

Constance levantó la mirada.

Delacroix negó.

—No.

—¿Por qué?

—Porque usted mide casi veinte centímetros más que Constance y quiero evitar que después discutamos tiempos por longitud de piernas.

Thibault volvió a sentarse.

—Humillante pero válido.

Delacroix miró a Éliane.

—Usted.

Ella palideció.

—¿Yo?

—No tiene que golpear a nadie.

Vauclair levantó una mano.

—Esto empieza a tranquilizarme.

Éliane se acercó.

Delacroix la colocó fuera del estudio.

—Cronometro desde aquí. Entre caminando normalmente. No corra. Dígale a Vauclair que quiere hablar de Héloïse.

Éliane miró al médico.

—Esto es absurdo.

—Perfecto. Suena natural.

Thibault soltó una risa.

Delacroix accionó el reloj.

Éliane entró.

—Nicolas, quiero hablarte de Héloïse.

Vauclair la miró.

—Adelante.

—Quiero que me enseñes la llave.

Delacroix levantó una mano.

—No tan directo.

Éliane se detuvo.

—¿Entonces?

—Si quien entró era Constance y había pedido hablar de Héloïse, no podía llegar exigiendo una prueba sin despertar sospechas. Tenía que conversar.

Constance habló desde la puerta.

—Ya ha decidido que era yo.

Delacroix la miró.

—Estoy probando una hipótesis que debe sobrevivir al tiempo.

—Y utilizando a Éliane para interpretarme.

—Solo para caminar.

Constance no respondió.

Delacroix volvió a empezar.

Esta vez Éliane entró, se colocó junto al escritorio y habló durante treinta segundos. Vauclair simuló buscar fotografías. Después Delacroix le indicó que sacara la llave pequeña, abriera el cajón y extrajera el sobre.

Cincuenta y ocho segundos.

—¿Eso es todo? —preguntó Thibault.

—Todavía no.

Delacroix pidió a Éliane que tomara la muñeca de Vauclair como si quisiera detener el movimiento.

—Sin fuerza.

Ella obedeció.

La posición coincidía aproximadamente con la marca descrita por el médico.

Vauclair se volvió de forma instintiva.

El sujetalibros gemelo estaba sobre una mesa, preparado por Delacroix.

—Aquí alguien puede agarrarlo.

Éliane lo hizo.

—Y golpear.

No lo hizo.

—Después Gabriel cae. Segundo golpe. El atacante toma el sobre y registra los bolsillos.

Delacroix realizó esa parte con una chaqueta vacía colocada sobre una silla, para no obligar a nadie a representar el cadáver con entusiasmo excesivo.

Sacó dos objetos de los bolsillos.

—Pequeña llave del cajón.

La dejó caer.

—Llavero principal.

Lo guardó.

—Sobre.

Lo guardó también.

Cerró el cajón.

Paró el reloj.

Dos minutos y cuarenta y seis segundos.

Nadie habló.

Thibault miró la esfera.

—Eso es todo.

—Eso es el estudio.

Delacroix volvió al vestíbulo.

—Ahora quien sale tiene dos problemas.

Levantó dos dedos.

—El objeto que acaba de motivar el asesinato y un llavero que ha tomado del cuerpo.

Corbin frunció el ceño.

—¿Por qué tomar el llavero?

—Lo sabremos al terminar.

Delacroix miró a Mariette.

—Desde aquí al armario de servicio.

Ella señaló la ruta.

Delacroix accionó el reloj y caminó sin correr.

Vestíbulo.

Corredor.

Cocina.

Despensa.

Armario.

Un minuto y treinta y nueve segundos.

Abrió.

Sacó una llave cualquiera del sobre de prueba.

La dejó entre las viejas.

Volvió a cerrar.

Quince segundos.

—No necesita envolverla —dijo Corbin.

—Precisamente.

Delacroix miró el sobre vacío.

—El sobre sí es problema.

Thibault señaló la chimenea.

—Lo quema.

—Después.

Delacroix guardó el papel en el bolsillo.

—Ahora tiene que regresar a una parte de la casa donde pueda explicar su ausencia.

Miró a Constance.

—Usted dijo que subió a su habitación.

—Sí.

—Así que desde el armario vamos arriba por la escalera de servicio.

Mariette levantó la cabeza.

—Eso evita volver por el vestíbulo.

—Exacto.

Constance frunció el ceño.

—Yo dije que utilicé la principal.

—Lo sé.

Delacroix abrió el reloj otra vez.

Subió por la escalera de servicio.

Un minuto y doce segundos.

Salió al corredor superior.

Desde allí hasta la habitación de Constance, menos de treinta.

Entró.

—Ahora tiene el llavero de Gabriel.

Miró la ventana.

La abrió.

El aire frío de la madrugada entró de golpe.

—No necesita bajar al jardín, esconderlo bajo una alfombra ni llevarlo encima hasta el final de la noche.

Simuló arrojar.

—Solo abrir.

Un segundo.

—Y tirar.

Otro.

Thibault miró hacia el cristal.

—Cae al seto.

—Sí.

Constance lo observaba desde el pasillo.

—Eso no demuestra que lo arrojara yo.

—Todavía no.

Delacroix continuó.

—Después se lava las manos.

Fue hasta el lavabo.

Abrió el grifo.

Lo cerró.

—Cosa que usted declaró haber hecho.

—Sí.

—Y se sienta un momento.

Lo hizo.

—También declarado.

—Sí.

Delacroix miró el reloj.

Desde que Éliane había entrado en el estudio en la reconstrucción hasta aquel instante habían transcurrido seis minutos y treinta y ocho segundos.

Vauclair, desde abajo, levantó la voz.

—Sobra mucho.

—Muchísimo.

Delacroix salió al corredor.

—Ahora baja.

Tomó la escalera principal.

Un minuto escaso.

Se detuvo junto al reloj del vestíbulo.

—Y aquí oye el cuarto.

Nadie dijo nada.

Delacroix miró la esfera.

Después a Constance.

—No desde el jardín de invierno.

El rostro de ella permaneció inmóvil.

—Desde aquí.

—Está construyendo una historia.

—Sí.

—Finalmente lo admite.

—Todas las reconstrucciones lo son. La diferencia está en cuántos hechos necesitan inventar.

Bajó el último escalón.

—Esta necesita muy pocos.

Constance sostuvo su mirada.

—Y después, según usted, ¿qué hago?

—Eso quiero comprobar.

Delacroix señaló el jardín de invierno.

—Usted ya había dicho que estuvo allí y vio a Éliane.

—Porque estuve.

—Puede que sí.

Éliane levantó la cabeza.

Delacroix continuó:

—No necesita permanecer dos minutos completos. Puede entrar después de bajar, cuando ya ha hecho todo lo demás.

—¿Y el reloj?

—Ya lo ha oído en el vestíbulo.

—Entonces ¿por qué diría después que lo oí dentro?

Delacroix la miró.

—Porque necesitaba colocar una referencia temporal donde quería estar.

El silencio fue absoluto.

Constance se quedó quieta.

—Eso es una acusación.

—No. Es una explicación del único recuerdo horario espontáneo de toda su declaración.

—Pude confundirlo.

—Sí.

—Lo ha dicho usted mismo.

—Y esa confusión, casualmente, mueve el sonido desde un lugar donde podía oírse hacia otro donde no.

Constance respiró.

—Casualmente.

—Sí.

—Sigue sin demostrar intención.

—No necesito intención para demostrar que su reloj no confirma su presencia en el jardín.

Ella no respondió.

Delacroix miró a Éliane.

—Vuelva a su posición de aquella noche.

La mujer entró al jardín de invierno y se colocó junto a las ventanas.

Delacroix pidió que cerrara las dos puertas como antes.

Después hizo entrar a Constance.

Ella no se movió.

—¿Quiere que lo represente también?

—No.

Delacroix entró él mismo.

Desde el lugar donde Constance afirmaba haber estado podía verse a Éliane de espaldas.

Se acercó a la salida.

Abrió.

Cerró.

Volvió al vestíbulo.

—Entrar durante treinta segundos basta para verla.

Éliane salió.

—Y yo no tenía por qué verla a ella.

—Exacto.

Delacroix miró a Constance.

—Su declaración puede contener una parte verdadera.

—Qué generoso.

—Pudo entrar al jardín de invierno.

—Entré.

—Después de todo lo demás.

—No.

—Eso explica por qué usted recuerda a Éliane correctamente y el reloj incorrectamente.

Constance cruzó los brazos.