Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 28 — Al amanecer #2
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Capítulo 28 — Al amanecer #2

No habían ignorado la llave.

La habían entendido demasiado pronto.

Cuando terminaron, Delorme cerró la carpeta.

—Puede irse.

—Gracias.

—Aunque quizá tengamos que volver a llamarlo.

—Eso empeora bastante el agradecimiento.

—Hago lo que puedo.

Delacroix se levantó.

Su abrigo estaba donde lo había dejado horas antes.

Al ponérselo descubrió que olía a humo, café y humedad.

Les Ormes.

Mariette apareció con una pequeña maleta que no era de él.

—¿Esto?

—Del señor Fontenay.

—Entonces no.

—Pensé que quizá…

—No.

La mujer asintió.

—Claro.

—¿Se queda?

Mariette miró hacia el pasillo.

—Hasta que llegue la familia de Gabriel.

—¿Y después?

—No sé.

Delacroix sonrió.

—También.

Ella entendió.

—Sí.

Se quedaron unos segundos en silencio.

—Voy a devolver lo que robé.

—Eso parece sensato.

—Todo lo que pueda.

—Mejor.

—Algunas cosas las vendí.

—Entonces tendrá una conversación desagradable.

—Varias.

—Está siendo una mañana productiva.

Mariette sonrió.

Después se puso seria.

—Héloïse me habría denunciado al final.

Delacroix la miró.

—¿Cree?

—Sí.

—Usted dijo que pensaba darle una salida.

—Una salida no significa que fuera a dejarlo sin consecuencia.

Delacroix asintió.

Mariette miró hacia arriba.

—Era más justa que yo.

—No haga de ella una santa ahora.

La mujer soltó una risa.

—No.

—Sería otra manera de no verla.

Mariette lo pensó.

—Sí.

Delacroix abrió la puerta principal.

El aire de la mañana entró frío.

La avenida estaba mojada. A lo lejos, uno de los gendarmes hablaba con Olivier. Corbin fumaba junto a un coche. Thibault permanecía bajo un árbol, sin sombrero, mirando el suelo.

Delacroix salió.

No tenía prisa.

Después de una noche entera encerrado con personas que querían marcharse, descubrió que caminar por una avenida abierta podía resultar extrañamente lento.

Thibault levantó la cabeza al verlo.

—¿Se va?

—Eso parece.

—¿A París?

—Probablemente.

—¿Probablemente?

—Estoy probando una nueva filosofía.

El joven sonrió.

—¿Funciona?

—Todavía no.

Thibault metió las manos en los bolsillos.

—Quería decirle algo.

—Adelante.

—Cuando declare, voy a decirlo todo.

—Ya me lo había dicho.

—Sí. Pero ahora se lo digo para no poder cambiar de opinión.

Delacroix lo observó.

—No soy notario.

—Gracias a Dios.

—Corbin está cerca si necesita uno.

Thibault miró hacia el abogado.

—Prefiero prisión.

Delacroix sonrió.

Después el joven se quedó serio.

—¿Cree que Héloïse me habría perdonado?

La pregunta llegó demasiado pronto para tener una respuesta útil.

—No lo sé.

Thibault asintió.

—Ya.

—Pero creo que habría preferido que se hiciera cargo.

El joven tragó saliva.

—Eso sí.

—Sí.

—Era insoportable.

—He oído eso también.

Thibault sonrió.

—Le habría caído bien.

Delacroix miró hacia la casa.

—Creo que sí.

Siguió andando.

El coche que debía llevarlo hasta Senlis todavía no estaba preparado, así que caminó hacia la verja.

A mitad de la avenida oyó pasos detrás.

Era Vauclair.

—Espere.

Delacroix se volvió.

El médico respiraba con cierta dificultad.

—Estoy envejeciendo.

—Una conclusión médica impecable.

Vauclair ignoró el comentario.

—Quería preguntarle algo antes de que se vaya.

—Sí.

—¿Cuándo supo que era Constance?

Delacroix pensó.

La pregunta parecía sencilla.

No lo era.

—No hubo un momento.

—Vamos.

—De verdad.

—El reloj.

—La volvió muy sospechosa.

—La llave bajo la ventana.

—Más.

—La confesión.

—Ahí dejé de sospechar.

Vauclair frunció el ceño.

—Eso es hacer trampa.

—Entonces antes.

Delacroix miró la casa.

—Quizá cuando entendí que el primer crimen no había sido un ataque.

—¿Qué quiere decir?

—Era una solución.

Vauclair se quedó quieto.

Delacroix continuó:

—Una mala palabra para un asesinato, pero encajaba con ella. No necesitaba estar furiosa. Necesitaba creer que había un problema que nadie más podía resolver.

El médico asintió lentamente.

—Y Gabriel.

—Fue lo mismo con menos tiempo.

—¿Cree que habría matado otra vez?

Delacroix miró hacia Les Ormes.

Constance ya no estaba visible.

—No sé.

—Después de dos veces.

—No me gustan las personas convertidas en mecanismos.

Vauclair pensó.

—Justo.

—Además, ahora ya no puede decidirlo ella.

—No.

El médico extendió la mano.

Delacroix la estrechó.

—Cuídese.

—Intentaré no aceptar invitaciones de hombres que encierran sospechosos en mansiones.

—Parece prudente.

—Aprendo.

Vauclair volvió.

Delacroix siguió hasta la verja.

Allí encontró el automóvil.

El conductor dormitaba apoyado sobre el volante.

Delacroix golpeó suavemente el cristal.

El hombre despertó con un salto.

—Monsieur.

—Buenos días.

—¿Nos vamos?

Delacroix miró hacia atrás.

Les Ormes parecía otra vez una casa de campo.

Piedra clara.

Tejado de pizarra.

Ventanas altas.

Nada en su fachada sugería dos muertos.

Quizá las casas tenían esa ventaja sobre las personas.

Podían conservar sus secretos sin parecer enfermas.

Pensó en Héloïse cerrando la puerta.

No la vio como la habían reconstruido durante horas.

No vio la mano.

Ni la llave.

Ni la herida.

La imaginó antes.

Bajando las escaleras con una carpeta bajo el brazo, enfadada, decidida a hacer el lunes algo que todos los demás consideraban insoportable.

Dejar que las consecuencias existieran.

Eso había sido, al final, lo más revolucionario de ella.

No quería destruir a su familia.

Quería dejar de salvarla de sí misma.

Gabriel había tardado cinco meses en entender que la respuesta no estaba en quién había entrado o salido.

Quizá Héloïse había entendido algo parecido mucho antes.

Hay lugares de los que uno no necesita escapar.

Solo dejar de protegerlos.

Delacroix abrió la puerta del coche.

Antes de entrar, oyó una voz.

—Señor Delacroix.

Geneviève estaba en los escalones de Les Ormes.

No había corrido.

No parecía querer que regresara.

Solo levantó una mano.

Delacroix hizo lo mismo.

Después entró.

El coche empezó a avanzar.

Las ruedas pasaron sobre la grava húmeda con un sonido suave.

La verja estaba abierta.

Cuando la cruzaron, Delacroix miró una última vez hacia atrás.

Les Ormes desapareció poco a poco entre los árboles.

La noche había terminado.

La puerta estaba abierta.

Y esta vez nadie tenía necesidad de cerrarla.