Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 24 — Antes de la cena #2
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Capítulo 24 — Antes de la cena #2

—¿Dónde estaba el hilo?

—En una caja sobre una balda.

Mariette asintió.

—Había cajas de costura allí.

—¿Cuánto tarda en cogerlo?

—Un minuto.

—Después vuelve a su habitación.

—Sí.

—¿Mariette la ve en el corredor cuándo?

La mujer respondió.

—Después.

—¿Antes o después de que saliera del cuarto de ropa?

Mariette cerró los ojos.

—No la vi salir de ahí. Yo estaba escondida todavía. Cuando miré otra vez, ella ya estaba cerca de la Chambre des Tilleuls.

Delacroix se quedó quieto.

—¿Cerca de nuevo?

Mariette asintió.

La habitación cambió.

Constance frunció el ceño.

—No.

Mariette la miró.

—Sí.

—Me viste viniendo de mi habitación.

—No.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque su habitación está más allá.

Mariette se levantó. Ya no parecía asustada, sino concentrada.

—Usted venía desde la zona del cuarto de ropa y de la habitación de Héloïse hacia la escalera.

Delacroix levantó una mano.

—Despacio.

Tomó otra hoja.

Dibujó el corredor.

Chambre des Tilleuls.

Habitación de Constance.

Cuarto de ropa.

Escalera principal.

Puerta de servicio.

—Mariette, señale.

Ella lo hizo.

—Yo estaba aquí.

Junto a la puerta de servicio.

—Constance.

Marcó otro punto.

—Aquí.

Delacroix observó.

La posición no permitía saber de qué puerta exacta venía.

Pero sí demostraba algo: Constance había estado en el cuarto de ropa, lo admitía, había visto la caja y había visto la lima.

Y después Mariette la encontraba otra vez en el tramo que daba acceso al dormitorio de Héloïse.

—¿Volvió usted a entrar en la habitación? —preguntó Delacroix.

Constance lo miró.

—No.

—¿Volvió a la puerta?

—No.

—¿Pasó por delante?

—Sí. Para ir a la escalera tenía que hacerlo.

—Correcto.

Delacroix dejó el lápiz. Ahí estaba el límite: no podía demostrar un segundo ingreso y ni siquiera necesitaba que hubiera existido.

Si la llave seguía en la cerradura interior de una puerta abierta, bastaban segundos durante el primer ingreso.

O quizá Constance podía haberla retirado y manipulado en el cuarto de ropa, después devolverla.

No.

Eso empezaba a acercarse demasiado a un procedimiento que no necesitaba describir.

Delacroix se concentró en lo demostrable.

—Entonces tenemos esto.

Leyó sin adornar.

—Después de saber que el lunes podía destruir la empresa, comprometer a Thibault y exponerla a usted, sube.

Comprueba que Héloïse no está en su habitación.

Entra. Después entra en el cuarto donde hay herramientas de restauración.

Ve una lima fina fuera de la caja. Minutos después, Mariette la ve alejarse por el mismo tramo del corredor.

Héloïse sigue abajo y la habitación permanece sin vigilancia.

Constance sostuvo su mirada.

—Todo cierto.

—¿Y aun así sostiene que no tocó la llave?

—Sí.

—¿Ni la lima?

—Sí.

—¿Ni aplicó ninguna sustancia?

—Sí.

—Bien.

Thibault miró a Delacroix.

—¿Bien?

—Sí.

—¿Eso es todo?

—Eso es lo que dice.

—¿Y la cree?

Delacroix se volvió.

—No necesito decidir si creo una negación. Necesito ver si los hechos pueden sobrevivir sin ella.

Constance observó la hoja.

—Pueden.

—¿Cómo?

—Otra persona pudo entrar antes o después.

—Sí.

—Gabriel vivía aquí.

—Sí.

—Mariette tenía acceso.

—Sí.

—Éliane había estado dentro.

—Sí.

—Thibault podía subir.

—Sí.

—Entonces.

Delacroix asintió.

—El acceso no la hace única.

Constance dejó escapar una respiración.

—Gracias.

—Pero el motivo sí la reduce mucho.

La respiración se detuvo.

—Thibault tenía un motivo mayor.

—Thibault necesitaba que el lunes no descubriera lo que ya había descubierto.

El joven levantó los ojos.

Delacroix continuó:

—Usted necesitaba impedir que hiciera algo con ello.

Constance lo observó.

—Es una distinción conveniente.

—Es una distinción temporal.

Señaló la hoja.

—Héloïse ya sabía que Thibault había falsificado. Matarla no deshacía ese hecho. Pero el lunes era una acción futura: auditor, revocación, exposición, bancos, denuncia. Esa parte todavía podía impedirse.

Olivier frunció el ceño.

—Entonces el motivo más urgente no era ocultar la falsificación.

—No.

—Era impedir las consecuencias.

—Exacto.

Constance bajó la mirada.

Delacroix recordó las palabras de Gabriel.

No preguntar quién entró. Preguntar qué tocó ella.

Y la otra.

No basta con que pudiera. Preguntar qué haría si no pudiera arreglarlo.

El muerto había entendido a Constance mejor de lo que sabía.

—Usted dijo que necesitaba una semana.

—Sí.

—Héloïse dijo no.

—Sí.

—¿La volvió a buscar después de subir?

—No.

—¿Por qué?

Constance tardó.

—Porque estaba enfadada.

—¿Con ella?

—Sí.

—¿Cuánto?

—Mucho.

—¿Lo suficiente para no querer verla?

—Durante unos minutos.

—Después cenó con ella.

—Sí.

—¿Volvieron a discutir?

—Sí.

—¿Cambió Héloïse de opinión?

—No.

—¿Usted?

Constance levantó los ojos.

—Tampoco.

Delacroix se quedó quieto.

—¿Qué quería exactamente usted que cambiara?

—Que aplazara.

—¿Solo una semana?

—Sí.

—¿Y después?

—Habría buscado una salida.

—Otra solución.

—Sí.

—¿Otra forma de mover el problema?

La mujer apretó la mandíbula.

—Si quiere llamarlo así.

—¿Y si en una semana tampoco existía?

—No lo sé.

—Pero el lunes no podía ocurrir.

Constance cerró los ojos.

—Ya hemos hablado de esa frase.

—Sí.

—La está convirtiendo en una amenaza.

—No.

Delacroix bajó la voz.

—La estoy convirtiendo en un límite.

Ella abrió los ojos.

—¿Qué diferencia hay?

—Una amenaza se dirige a otra persona. Un límite se dirige a uno mismo.

La habitación permaneció en silencio.

—Usted no dijo «Héloïse no puede hacer eso». Dijo «el lunes no puede ocurrir».

Constance no respondió.

—Llevaba años resolviendo problemas antes de que llegaran a la familia. Deudas antes del embargo. Escándalos antes de la prensa. Créditos antes del vencimiento. Firmas después de la falsificación pero antes de que nadie preguntara. Siempre antes de la consecuencia.

Thibault bajó la mirada.

Geneviève estaba llorando otra vez, silenciosamente.

Delacroix continuó:

—El lunes era la primera consecuencia que no podía arreglar una vez empezara.

Constance lo miró.

—Y eso basta para usted.

—No.

—Entonces ¿por qué insiste?

—Porque explica el momento.

—¿Qué momento?

Delacroix señaló la palabra que había escrito al comienzo.

Antes de la cena.

—No necesitaba matarla durante una discusión. No necesitaba perder el control. Si alguien actuó entonces, actuó después de tener tiempo para entender exactamente qué ocurriría el lunes y antes de que Héloïse volviera a encerrarse.

Constance permaneció quieta.

—Eso no es rabia.

—No.

—Es decisión.

—Sí.

—Y cree que esa decisión fue mía.

Delacroix no respondió.

No todavía.

Corbin intervino.

—Hay una cuestión jurídica.

Thibault se dejó caer en el sillón.

—Por supuesto.

El abogado lo ignoró.

—Aunque consigamos demostrar que la llave fue alterada durante ese intervalo, todavía faltaría demostrar la sustancia.

Vauclair asintió.

—Sí.

—Sin eso, la llave puede explicar la herida, no la muerte.

—Correcto.

Delacroix miró al médico.

—¿Existe alguna manera de reducir esa incertidumbre sin muestras?

—Solo por exclusión y compatibilidad.

—Hágalo.

Vauclair tomó sus notas.

—Muerte súbita de una mujer joven sin enfermedad cardíaca conocida. No signos de lucha. Síntomas previos poco fiables. Lesión pequeña en mano. Posible deterioro progresivo dentro de la habitación. Ninguna evidencia de ingestión específica. Ninguna lesión letal externa.

—¿Puede una intoxicación explicar todo eso?

—Sí.

—¿Puede un colapso cardíaco natural?

Vauclair pensó.

—También, en teoría.

Geneviève levantó la cabeza.

—Entonces.

El médico continuó:

—Pero un colapso natural no explica por qué alguien manipuló la llave ni por qué Gabriel fue asesinado inmediatamente después de que esa llave se volviera evidencia.

Delacroix sostuvo su mirada. Ahí estaba la conexión que necesitaban.

La segunda muerte cambiaba el peso de la primera.

No demostraba químicamente el veneno.

Demostraba que alguien creía que la llave podía demostrar algo devastador.

—Exactamente —dijo Delacroix.

Corbin frunció el ceño.

—¿Está diciendo que el asesinato de Gabriel funciona como prueba retrospectiva del de Héloïse?

—No por sí solo.

—Pero.

—Si Gabriel muere por la llave, la llave deja de ser una rareza mecánica.

Vauclair asintió.

—Alguien la consideró peligrosa.

—Sí.

Thibault miró a Constance.

—Y alguien que sabía por qué.

Constance se volvió hacia él.

—No.

Él se quedó quieto.

—No hagas eso —dijo ella.

—¿Qué?

—Mirarme como si ya hubieras decidido porque te resulta más fácil que seguir sin saber.

Thibault tragó saliva.

—No me resulta fácil.

—Lo sé.

La respuesta fue suave, demasiado. Delacroix apartó la vista; no quería utilizar el afecto como evidencia.

—Hay algo más que debemos fijar —dijo.

Tomó las notas de Éliane.

—El hormigueo durante la cena.

La joven levantó la cabeza.

—Creí que ya lo habíamos eliminado.

—Lo hemos eliminado como marcador fiable de intoxicación.

—Entonces.

—Quiero que quede claro por qué.

Miró a Vauclair.

—Doctor.

—Es inespecífico. Puede deberse a muchas causas. Además fue reconstruido a partir de recuerdos posteriores, algunos corregidos después de la muerte.

—Y, sobre todo —añadió Delacroix—, si la manipulación ocurrió durante el intervalo posterior a la visita de Éliane, cualquier sensación anterior no pertenece al mecanismo.

Constance lo observó.