Muerte bajo llave (Los misterios de Armand Delacroix nº 47) Capítulo 24 — Antes de la cena
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Capítulo 24 — Antes de la cena

Delacroix borró la hora de la muerte.

No literalmente. Seguía escrita en tres hojas, en el informe de Vauclair y en la memoria de todos los presentes.

Entre las once y medianoche. Aquella franja había gobernado la investigación desde octubre, había repartido coartadas, sostenido sospechas y convertido la Chambre des Tilleuls en una caja imposible.

Pero cuando Delacroix extendió una nueva hoja sobre la mesa, no escribió once, ni medianoche, ni siquiera la hora en que Héloïse había subido por última vez.

Escribió:

Antes de la cena.

Thibault, que llevaba varias horas desarrollando una relación personal con cada hoja nueva que aparecía sobre la mesa, la miró con desconfianza.

—¿Volvemos atrás?

—Por fin.

—Llevamos toda la noche yendo atrás.

—No. Llevábamos toda la noche empezando demasiado tarde.

Delacroix dejó el lápiz.

—Si el mecanismo que acabamos de reconstruir es correcto, la muerte de Héloïse no se prepara después de la cena.

Para entonces ya es demasiado arriesgado.

La familia está reunida, el servicio circula, ella lleva documentos consigo y su habitación puede quedar ocupada en cualquier momento. El mejor intervalo es anterior.

Constance permanecía sentada frente a él. No preguntó cuál; probablemente ya lo sabía.

—Quiero reconstruir desde el momento en que Héloïse termina de cambiarse con Éliane hasta que todos se sientan a cenar.

Éliane se incorporó.

—Otra vez.

—Sí.

—¿Desde mi habitación?

—Desde la de Héloïse.

Ella asintió.

Delacroix tomó el reloj de bolsillo.

—No necesitamos minutos exactos. Necesitamos orden.

Miró a Éliane.

—Usted dijo que llegó a la Chambre des Tilleuls alrededor de las siete y algo.

—Sí.

—¿Héloïse estaba ya cambiándose?

—Había empezado.

—¿Cuánto permaneció?

Éliane pensó.

—Veinte minutos. Quizá algo menos.

—¿Qué hicieron?

—Hablamos. La ayudé con el vestido. Discutimos un poco.

—¿Por Thibault?

—Por la carta. Y por lo que ella estaba descubriendo.

—¿Cerraron la puerta desde dentro?

—Héloïse la cerró.

—La llave ofreció resistencia.

—Sí.

—No vio herida.

—No.

—No sangre.

—No.

—No queja de pinchazo.

—No.

Delacroix miró a todos.

—Eso queda fijado.

Constance cruzó ligeramente las manos.

—Hasta donde Éliane recuerda.

Delacroix la miró.

—Exacto.

No permitiría que una frase correcta se volviera sospechosa solo por proceder de ella.

—Después, ¿quién abrió?

—Héloïse —dijo Éliane—. Terminamos. Ella abrió y yo salí.

—¿La llave quedó puesta?

Éliane cerró los ojos.

—Creo que sí.

—¿Por dentro?

—Sí.

—¿La puerta quedó abierta?

—Un poco.

—¿Héloïse permaneció dentro?

—No mucho.

—¿Adónde fue?

Éliane intentó recordar.

—Dijo que iba a buscar un papel. Puede que a la biblioteca.

Gabriel ya no estaba para confirmar.

Delacroix miró las declaraciones antiguas.

—Mariette.

La mujer levantó la cabeza.

—¿Sí?

—¿Vio a Héloïse abajo antes de la cena?

—Sí.

—¿Cuánto después de que Éliane dejara la habitación?

Mariette miró a Éliane.

—No sé.

—Orden.

—Después.

—¿Dónde?

—Primero cerca de la biblioteca. Luego en el vestíbulo.

Delacroix anotó.

—Entonces existe un periodo en que Héloïse ya no está en su habitación.

—Sí.

Miró a Constance.

—¿Y usted dónde estaba?

La mujer respiró.

—No puedo darle una cronología exacta de cada minuto.

—No se la pido. Ya sabemos que discutió con Héloïse aquella tarde.

—Sí.

—¿Antes de que ella se cambiara?

—Sí.

—¿Cuánto antes?

—Quizá una hora.

—¿Dónde?

—En el pequeño salón de arriba primero. Después terminamos en el corredor.

—¿El motivo?

Constance miró hacia Geneviève.

—Las cuentas.

—Más.

—Héloïse me dijo que el lunes revocaría todos los poderes y entregaría la documentación a un auditor independiente.

—¿Sabía ya que había firmas falsificadas?

—Sí.

—¿Que una era de Thibault?

—Sí.

—¿Sabía que podía haber consecuencias penales?

—Sí.

—¿Para él?

—Sí.

—¿Para usted?

Una pausa.

—Sí.

—¿Y que Olivier acababa de explicarle que si los bancos conocían la situación podían dejar de sostener a Mareuil Frères en cuestión de días?

Olivier intervino.

—Esa conversación fue algo después.

Delacroix levantó la mirada.

—Antes de la cena.

—Sí.

—¿Antes o después de que Constance subiera a cambiarse?

Olivier pensó.

—Después.

Constance lo miró.

—¿Seguro?

—Creo que sí.

—No.

La negación salió rápida.

Delacroix no dijo nada.

Olivier frunció el ceño.

—¿No?

—Hablamos antes de que yo subiera.

—Yo recuerdo que llevabas otro vestido.

Constance quedó quieta. Era una cosa pequeña, muy pequeña, y Delacroix se inclinó.

—¿Qué vestido?

Olivier pareció incómodo por la pregunta.

—No sé describirlo.

Thibault murmuró:

—Por fin un hombre sensato.

Olivier lo ignoró.

—Era más claro.

Geneviève levantó la cabeza.

—Constance llevaba gris durante la tarde.

Olivier señaló.

—Ese.

—¿Y en la cena?

—Negro.

Todos miraron a Constance.

Ella permaneció inmóvil.

—Entonces habló con Olivier antes de subir —dijo Delacroix.

—Eso creo.

—Usted acaba de decir que sí.

—Sí.

—¿Por qué intentó colocarlo después?

Constance sostuvo su mirada.

—No intenté colocarlo en ninguna parte. Lo recordaba al revés.

Delacroix dejó pasar un segundo.

—Bien.

No iba a convertir cada fallo de cinco meses en una mentira.

Pero el orden importaba. Mucho.

—Entonces reconstruimos: usted discute con Héloïse. Sabe que el lunes retirará sus poderes y sacará las cuentas fuera de la familia. Después habla con Olivier.

Miró al empresario.

—Repita esa conversación.

Olivier se tomó tiempo.

—Constance me preguntó cuánto margen tendríamos si Héloïse retiraba sus garantías.

—¿Qué respondió?

—Que dependía de cómo lo hiciera. Si daba aviso, quizá podríamos negociar. Si simplemente comunicaba que ya no respaldaría determinadas operaciones y un auditor empezaba a pedir papeles, los bancos podían reaccionar muy deprisa.

—¿Días?

—Sí.

—¿Una semana?

—Con suerte.

—¿Y entonces Constance dijo?

Olivier miró a la mujer.

—Que necesitaba una semana.

—¿Después?

—Que el lunes no podía ocurrir.

Constance cerró los ojos.

—Y después dije que había que conseguir que esperara.

—Sí.

Delacroix observó a Constance.

—De modo que antes de subir a cambiarse usted ya sabía que el problema no era abstracto.

—Nunca dije que lo fuera.

—Sabía que tenía quizá cuarenta y ocho horas para convencer a Héloïse.

—Sí.

—Y acababa de fracasar.

—En una conversación.

—¿Esperaba otra?

—Sí.

—¿Aquella noche?

—Sí.

—¿Antes de la cena?

—Si podía encontrarla.

—Por eso entró en su habitación.

Constance tardó.

—Sí.

Thibault movió la pierna.

Delacroix lo vio, pero no lo detuvo.

—Ahora llegamos a lo importante. Usted sube.

Tomó el lápiz.

—¿Por qué?

—A cambiarme.

—¿Sola?

—Sí.

—¿Por la escalera principal?

—Sí.

—¿Ve salir a Éliane?

Constance pensó.

—Creo que sí.

Éliane levantó la cabeza.

—¿Dónde?

—En el piso de arriba. Tú ibas hacia la escalera.

—¿Hablamos?

—No.

Éliane frunció el ceño.

—No lo recuerdo.

—Yo tampoco con claridad.

Delacroix intervino.

—No importa. Lo que importa es que, si Constance vio a Éliane alejarse, sabía que Héloïse podía haber terminado de cambiarse.

Constance lo miró.

—Sí.

—Llega a su propia habitación.

—Sí.

—¿Entra?

—Sí.

—¿Cuánto tarda en cambiarse?

—No sé.

—¿Diez minutos?

—Quizá.

—¿Antes o después entra en la Chambre des Tilleuls?

Constance permaneció quieta.

Mariette la observaba.

—Antes de terminar de cambiarme.

Delacroix levantó ligeramente la cabeza.

Aquello era nuevo.

—Explíquelo.

—Llegué a mi habitación, dejé unas cosas, me quité el chal. Quise hablar con Héloïse antes de vestirme para la cena porque pensaba que después habría demasiada gente.

—Entonces salió otra vez.

—Sí.

—Fue hasta la Chambre des Tilleuls.

—Sí.

—La puerta estaba abierta.

—Sí.

—Entró.

—Sí.

—Héloïse no estaba.

—No.

—¿Cuánto permaneció?

—Segundos.

—¿Llamó?

—Sí.

—¿Una vez?

—Dos, quizá.

—¿Miró el baño?

—No había baño interior.

—¿Armario?

Constance la miró.

—No.

—Es una pregunta.

—No.

—¿Escritorio?

—Lo vi.

—¿Papeles?

—Había.

—¿Los leyó?

—No.

—¿Tocó la cerradura?

—No.

—¿La llave?

—No.

Las respuestas salieron firmes.

Delacroix asintió.

—Después sale.

—Sí.

—¿Y vuelve directamente a su habitación?

Constance tardó. Mariette levantó los ojos y Delacroix lo sintió: ahí.

—No.

Geneviève se volvió hacia su hermana.

Thibault dejó de mover la pierna.

—¿Adónde fue?

Constance miró a Mariette.

La antigua doncella parecía haber contenido aquella parte durante cinco meses sin siquiera entender que la contenía.

—Al cuarto de ropa.

Silencio.

Delacroix no hizo ningún gesto.

—¿Por qué?

—Buscaba hilo.

Thibault soltó una risa breve e incrédula.

Constance se volvió.

—Se había soltado una costura interior del vestido.

—Por supuesto.

—¿Quieres venir a comprobarlo cinco meses después?

—No me tientes.

Delacroix levantó una mano.

—¿Entró al cuarto?

—Sí.

Mariette palideció.

—Yo estaba…

—Más tarde —dijo Constance—. No te vi.

Delacroix tomó el lápiz.

—Ese es el cuarto donde estaba la caja de herramientas.

—Sí.

—¿La vio?

Constance guardó silencio.

—Ahora sí quiero una respuesta precisa.

—Sí.

La palabra cayó.

Mariette cerró los ojos.

Geneviève dejó escapar una respiración.

—¿Estaba abierta?

Constance pensó.

—Creo que sí.

—Antes dijo que no recordaba.

—Ahora sí.

—¿Por qué ahora?

—Porque estamos reconstruyendo lo que hice, no preguntándome de golpe si vi una caja hace cinco meses.

Una respuesta razonable.

Otra.

Delacroix siguió.

—¿Vio la lima?

Constance respiró lentamente.

—Sí.

Thibault se levantó.

—No.

Constance lo miró.

—Siéntate.

—No.

—Thibault.

—¡No me digas que me siente!

Geneviève se puso de pie también.

—Por favor.

Thibault miró a su madre, después a Constance, después a la hoja sobre la mesa.

—Cada vez que llegamos a algo, resulta que lo recuerdas después.

Constance no elevó la voz.

—Porque cada vez me pregunta por algo distinto.

—¡La caja! ¡La lima! ¡La habitación!

—Sí.

—¿Qué más vas a recordar dentro de diez minutos?

Constance se quedó callada. La pregunta fue más dolorosa que agresiva. Delacroix esperó mientras Thibault volvía a sentarse, no porque se lo hubieran pedido, sino porque las piernas parecían haber dejado de servirle. Después miró de nuevo a Constance.

—La vio.

—Sí.

—¿Fuera de la caja?

—Sí.

—¿La tocó?

—No.

—¿Segura?

—Sí.